En un rincón de la Bogotá fría, donde el asfalto retumba con el eco de las promesas de siempre, una pantalla táctil se enciende.
No hay fusiles, no hay pancartas de tela rancia ni discursos de plaza pública que huelan a naftalina. Hay, en cambio, un par de dedos ágiles que digitan a la velocidad de la luz, coreografías perfectamente sincronizadas en video y un flujo interminable de estéticas pasteles que esconden una de las insurgencias digitales más fascinantes de la Colombia contemporánea.
Son las *kpopers*. Una comunidad que la política tradicional —esa que habita en los clubes sociales y los debates encartonados— siempre miró con un desdén paternalista, reduciéndolas a adolescentes obsesionadas con ídolos de Seúl.
Qué equivocados estaban. Hoy, ese inmenso engranaje de fandoms se ha convertido en el verdadero motor que intenta despertar del letargo a la campaña presidencial de Iván Cepeda.
Mientras el comité central del candidato debate tesis de alta política en oficinas cerradas, las bases de la resistencia digital se mueven bajo sus propias reglas. El campo de batalla es X (antes Twitter), TikTok e Instagram.
La estrategia no es el insulto visceral, la moneda de cambio común de la ultraderecha encarnada en figuras como Abelardo de la Espriella.
La táctica de estas jóvenes es el artivismo puro: utilizar el arte, el diseño, la música y el humor para subvertir el algoritmo.
Entrar a los hashtags de la oposición no para pelear, sino para inundarlos. Donde antes había mensajes de odio o desinformación, ahora aparecen videos en alta definición de bandas como BTS, Stray Kids o Ateez bailando de manera impecable, acompañados de infografías rigurosas que explican las propuestas de reforma agraria o paz territorial de Cepeda.
Hackean la atención. Obligan al contrincante a mirar su contenido si quiere posicionar sus tendencias.
Es una guerrilla cultural pop donde la munición son los memes potentes y la verdad fáctica, todo envuelto en filtros rosados y el ya famoso «corazón coreano» hecho con los dedos índice y pulgar.
«Nos va a tocar a nosotras tomar las riendas», repiten en sus canales privados de mensajería, que ya suman miles de integrantes coordinados.
Saben que la campaña oficial peca de parsimonia, pero no se sientan a quejarse; asumen el rol de creadoras de contenido político de vanguardia.
Para ellas, las letras de canciones como *Guerrilla* de Ateez o *Silver Spoon* de BTS, que hablan de romper muros, de salarios indignos y de una sociedad que oprime a los jóvenes, no son simple entretenimiento de exportación.
Son bandas sonoras de su propia realidad en un país que históricamente les ha cerrado las puertas.
Ante el asombro del mundillo político, hombres y mujeres maduros de la izquierda tradicional intentan emular los gestos y dinámicas de este ejército digital para conectar con el electorado joven, aunque a veces el resultado raye en lo tierno o lo anacrónico.
Pero detrás del color y la música, el trasfondo es severamente serio. Estas activistas no reciben cheques ni financiamientos ocultos.
Su único dividendo es el agotamiento mental al final de la jornada y la convicción de que se están jugando el futuro.
Al final del día, el artivismo *kpoper* en Colombia demuestra que las nuevas generaciones no están despolitizadas; simplemente mudaron de lenguaje.
Entendieron las lógicas de las plataformas digitales mucho mejor que cualquier estratega de traje y corbata.
En un país que se debate entre las narrativas del miedo y la transformación social, este enjambre digital ha decidido disputar el poder píxel a píxel, recordándole a toda una nación que la resistencia también puede tener estética de videoclip y ritmo de pop coreano.
Esto abre la puerta de ganar influencia desde las artes y lo digital.
