Etiqueta: cultura

  • CRÓNICA DE FERIA: CALI LEE NO ES UN PLAN TRANQUILO

    Entramos al Cali Lee y salimos con libros, posters y una crisis existencial bien editada. Esto no es solo una feria: es un acto de resistencia con olor a papel nuevo.

    1. BIBLIO GHETTO: ARTE Y PALABRAS
    “Biblioteca y tienda literaria”. Benedetti, Borges y Clarice Lispector en posters que piden pared propia. Ilustraciones hermosas, atención amable y un peligro real para la billeterajk.

    2. MARIO MENDOZA: NOIR TROPICAL
    Estantería completa para los que leen la ciudad como un thriller oscuro: Satanás, Buda Blues, Apocalipsis. Imposible salir sin uno. Solo que necesitamos más autores locales como Raúl España.

    3. PAREDES QUE GRITAN.

    Bell Hooks: “El feminismo del poder es solo otra estafa…”
    Paulo Freire: “Lucho por una educación que nos enseñe a pensar y no por una educación que nos enseñe a obedecer.”
    No es decoración: es programático.

    4. FCE / CARIBE: CLÁSICOS Y MAR.

    En el stand del Fondo de Cultura Económica, sello “Caribe”: Silvio Rodríguez (Diario de un trovador), Frantz Fanon y Cristina Rivera Garza. Literatura que suena a resistencia.

    ¿Ya fuiste al Cali Lee? ¿Qué te llevaste? Si no, corre: esto no se lee, se atraviesa.

     

  • El museo desafina: cuando borrar a Lucila Rubio es el nuevo desastre de la censura

    No, no es vandalismo. Es algo más silencioso, más de guante blanco y de pasillo alfombrado. En el Museo Nacional de Colombia le han bajado el volumen a la memoria.

    Colectivos como Arca de Juana y análisis de la Universidad de los Andes lo dejaron al descubierto: piezas clave sobre la lucha feminista y archivos de Lucila Rubio de Laverde (esos ideales de 1950 que aún retumban) fueron retirados de la sala.

    La excusa oficial: «reorganización». La traducción real: editar la historia para que ciertas voces no suenen en el relato oficial.

    Aquí no queman libros en la plaza. La censura moderna se ejerce con «olvido administrativo» y una carpetica de «estamos reordenando» pero la Alemania de weimar ante su final aplicaba la misma censura a la libertad de expresión.

    Recordemos la quema de libros de 1933 cuando estudiantes universitarios quemaron libros que el régimen consideraba prohibidos. Increíble el parecido a ahorita, no?

    Pero el efecto es el mismo: sacrifican el contexto. Una sala de museo no es un depósito de objetos bonitos; es una conversación viva.

    Si sacas la pieza que incomoda, que cuestiona la desigualdad, rompes el diálogo. Dejas el museo como un escenario decorativo, vacío de conflicto y, sobre todo, de verdad. El ejemplo más claro es sobre la desaparición de la memoria de Carlos Pizarro del museo.

    Y ojo, que el golpe es doble para el periodismo cultural. Cuando los guardianes de la memoria ocultan sus archivos, nos quedamos sin fuente primaria.

    Nos obligan a narrar el pasado con lo que el poder permite ver, no con lo que realmente pasó. Por eso, el periodismo cultural deja de ser «informativo» y se vuelve resistencia pura:

    tenemos que documentar lo que otros quieren borrar. Si no denunciamos estas retiradas, somos cómplices del borrado histórico y más cuando cierta persona nos dió a entender que éramos adoctrinadores.

    Un museo que retira las huellas de la lucha de las mujeres no está «limpiando» salas; está amputando la memoria colectiva. Nuestras abuelas y bisabuelas lucharon por esos derechos y ahora quieren quitarnos estos mismos derechos que bisabuelas y abuelas lucharon tanto.

    Exijamos que las salas se lean en conjunto, con todas sus aristas, incluso las que desafinan al poder establecido.

    Porque un afiche o un periódico viejo pueden parecer objetos del pasado, pero en ellos permanece la verdad que alguien, en algún momento, quiso callar y la memoria no se puede callar.

    Y callar a Lucila Rubio no es curaduría: es un solo de censura que no debemos aplaudir ni permitir que ocurran cosas de un siglo atrás censurando hasta la música jazz simplemente por qué era música decadente.  A ver si seguimos así.

     

  • Nos dicen adoctrinadores….. Y guerrilleros.

     

    En mi vida me habían dicho adoctrinadora o adoctrinadores en este caso. Saben que dijo de la Espriella en su discurso del 7 de agosto sobre el arte y la cultura?  Recordemos…..

    «La batalla cultural es devolverle a Colombia la confianza en sus principios y valores fundacionales, porque la ‘patria milagro’ solo podrá edificarse sobre una sociedad que se respete a sí misma, que conozca quién es, que se reconcilie con su historia, que esté segura en sus valores y que sea capaz de construir un futuro con orgullo y prosperidad».

    La pregunta es que es una batalla cultural? Según la investigación del espectador es esto: El francés Alain de Benoist le da la vuelta al discurso y crea la ‘batalla cultural de derecha’. Los antes opresores, ahora dicen ser oprimidos y luchar porque se restablezcan los valores que les han sido arrebatados.

    Quien habla de esto?  Agustín laje, milei, katz, noboa y ahora de la espriella y que lo woke es adoctrinamiento.  La pregunta es si es verdad.

    Nosotros mismos respondemos con un no.  Por qué si adoctrinamos a las personas y si mostrar la multiculturalidad de un país es adoctrinar, pues…. Asumimos el reto.  Cuando en la Alemania de la segunda guerra mundial si adoctrinaban con la idea de la raza.  Así que esperen una avalancha de eventos culturales desde las bases.  Nos vemos! Y no esperen que nos echemos para atrás.

  • Influencer la circulander y el aterrizaje en la realidad sobre la autogestión: la formación de públicos.

    Influencer la circulander y el aterrizaje en la realidad sobre la autogestión: la formación de públicos.

    Nada de auditorios clásicos.  Antier fue en la Librería Oromo, entre libros y café recién molido, entre otras cosas.  Allí, la circulander —influencer, pero de las que duelen— cogió el micrófono para hablar del mapa de puntos culturales. Y no, no era una clase de geografía.

    Para el ocio vago, un mapa es una app que te dice cómo llegar. Error. La circulander lo desmontó: el mapa es una máquina de formación de públicos. Tesis directa: el público no nace, se hace. Y no con decretos rancios, sino con visibilidad y acceso. Marcar un punto en el mapa es resistencia: lo que no está en el mapa, no existe.

    En un mundo donde el algoritmo te alimenta la misma sopa tibia, el mapa es el contra-algoritmo humano. Educa el deseo. Te obliga a buscar la periferia, a incomodarte. Porque la cultura no es un evento de gala, es un hábito respiratorio.

    Y entonces llegó lo bueno: la autogestión como escuela. Formar públicos no ocurre desde arriba, sino en el lodo de los espacios independientes. Ahí el espectador deja de ser cliente y se vuelve cómplice. Sabe que si no va, el sitio muere. Su mirada financia libertad frente al algoritmo.

    El mapa hay que caminarlo. De nada sirve la plataforma más bonita si los puntos están mudos. Requiere cuerpo, territorio, autogestión.

    Terminó. Aplausos en Oromo. Y en el aire, una pregunta incómoda para los que solo buscan scroll infinito. El mapa está trazado. Ahora, a leerlo. Y a recorrerlo.

  • La cultura como motor del desarrollo: reseña ensayo especial culturas vivas.

    La cultura como motor del desarrollo: reseña ensayo especial culturas vivas.

    Durante décadas, los despachos oficiales de la administración pública han funcionado bajo una premisa tan cómoda como perversa: entender la cultura como un inventario de eventos y un catálogo de espectáculos dóciles.

    Una burocracia gris, adicta a las jerarquías rígidas y a las planificaciones de oficina, se ha dedicado a gestionar la inercia. Para estos administradores de la vieja escuela, el ciudadano es un simple consumidor pasivo, un número en una estadística de asistencia a un teatro o a un festival de fin de semana.

    El funcionario firma el presupuesto, el artista ejecuta su obra en un escenario distante y el público aplaude desde la sombra. Todos a casa; la inercia continúa intacta.

    Sin embargo, este engranaje obsoleto ha comenzado a crujir. En las arterias de las ciudades globalizadas, allí donde la diversidad se vive de manera descarnada y vibrante, la realidad exige un derrumbe absoluto del viejo modelo piramidal.

    La cultura no se puede seguir confinando en un compartimento estanco, aislado de la economía, de la sanidad o del urbanismo.

    Cuando la política cultural se aísla de la estructura social, se marchita y se convierte en mera ornamentación estatal, un decorado costoso para simular un bienestar que no existe.

    Fortalecer el tejido simbólico de una comunidad no es diseñar una agenda de ocio; es, en su sentido más puro y combativo, construir ciudadanía.

    La transformación que hoy se respira en los márgenes de la gestión pública no es una simple reforma técnica, sino una revolución de actitud y de estructuras.

    Es necesario transitar con urgencia del burócrata tradicional al mediador relacional. Este cambio de paradigma implica sustituir la vieja verticalidad por una horizontalidad radical que potencie el capital intelectual y que asuma la inmersión en el territorio como la única vía posible de supervivencia.

    Los equipos multidisciplinares y los canales de comunicación abierta ya no son una opción vanguardista ni un capricho de intelectuales; son un escudo imprescindible frente a una sociedad cambiante que se mueve a una velocidad que los ministerios rígidos son incapaces de procesar.

    La cultura no se genera en la pulcritud de los escritorios gubernamentales; se vive, se padece y se transforma en la rugosidad de las calles, en las redes de interacción diaria y en el conflicto creativo.

    Por ello, adoptar una hoja de ruta seria, como la inspirada en los principios de la Agenda 21 de la Cultura, obliga a los gobiernos locales a asumir un compromiso ético y político ineludible.

    Este pacto estructural exige una gobernanza donde lo cultural sea el eje transversal de toda acción pública.

    Significa entender la diversidad no como un folclorismo exótico para turistas, sino como un ecosistema vivo e indispensable, tan crucial para nuestra supervivencia social como lo es la biodiversidad para el planeta Tierra.

    El acceso al universo simbólico no puede seguir siendo un privilegio de clase o un bien de lujo regulado por el poder adquisitivo; debe ser defendido como un derecho fundamental que sostiene la dignidad humana en tiempos de crisis.

    En este escenario de transformación, la frontera digital se presenta a menudo como la gran panacea del progreso contemporáneo, aunque con frecuencia se reduce a una trampa de conectividad vacía y pantallas brillantes.

    No basta con dotar de ordenadores a las periferias o, como se suele denunciar con lucidez, con «informatizar la pobreza».

    El verdadero reto radica en una dinamización cibercultural profunda, capaz de sembrar el pensamiento crítico y de estructurar redes sólidas de creación colectiva.

    La tecnología, desprovista de una actitud comunitaria y de un sentido político, solo sirve para automatizar el aislamiento y domesticar las mentes bajo la ilusión de la hiperconexión.

    El mercado, por su parte, observa este sector con una voracidad predecible, intentando reducir los bienes simbólicos a mercancías de intercambio rápido y obsolescencia programada.

    Si bien es innegable que la cultura genera riqueza y empleo, los gobiernos locales tienen la obligación histórica de blindar su valor intrínseco.

    El fin último de una política cultural digna de ese nombre no es fabricar clientes complacientes para las industrias del entretenimiento masivo, sino forjar creadores conscientes con un compromiso activo en su propio entorno.

    Aquellas ciudades que insistan en mantener la vieja administración burocrática e inmóvil quedarán reducidas a museos inertes, a postales nostálgicas o a parques temáticos sin alma.

    Solo las comunidades que se atrevan a transitar hacia un modelo de gestión relacional, dinámico e integrado, serán capaces de alumbrar una ecología cultural viva.

    Una ecología que deje de ser el gasto suntuario de los domingos para convertirse, finalmente, en el motor invisible y real de nuestro porvenir colectivo.

    Empezamos nuestro especial de investigación de cultura viva comunitaria con este texto y podríamos ayudar con este texto.  Por eso le doy 5 en este ensayo.

  • Porque la cultura y los viajes ayudan a tu empoderamiento personal?

    La cultura y los viajes tienen un profundo impacto en el empoderamiento personal por varias razones interconectadas:

    1. Ampliación de Perspectivas

    Viajar y exponerse a diferentes culturas permite a las personas ver el mundo desde diferentes ángulos. Esta exposición a nuevas ideas, costumbres y formas de vida enriquece la comprensión y la tolerancia, fomentando una mente abierta y una visión más amplia del mundo.

    Al comprender mejor las diferencias culturales, las personas se vuelven más empáticas y respetuosas hacia los demás.

    2. Desarrollo de la Autoconfianza

    Viajar a nuevos lugares a menudo implica enfrentar desafíos, como navegar en un lugar desconocido, comunicarse en un idioma extranjero o adaptarse a nuevas condiciones. Superar estos retos refuerza la autoconfianza.

    Cada obstáculo superado se convierte en una prueba tangible de la capacidad de una persona para manejar situaciones difíciles y adaptarse, lo que contribuye al fortalecimiento del autoestima.

    3. Autodescubrimiento y Autoconocimiento

    La exposición a diferentes culturas y la experiencia de viajes ofrecen una oportunidad única para el autodescubrimiento. Estar fuera de la zona de confort obliga a las personas a reflexionar sobre sus propias creencias, valores y comportamientos.

    Este proceso introspectivo ayuda a identificar aspectos de uno mismo que quizás no se habían considerado antes, promoviendo un mayor autoconocimiento y claridad sobre quiénes somos y qué queremos en la vida.

    4. Desarrollo de Habilidades Interpersonales

    La interacción con personas de diversas culturas y orígenes mejora las habilidades de comunicación y empatía. Viajar requiere la capacidad de entender y respetar diferentes modos de vida y perspectivas.

    Estas habilidades interpersonales son valiosas no solo en el contexto de los viajes, sino también en la vida personal y profesional, facilitando mejores relaciones y colaboraciones.

    5. Fomento de la Creatividad e Innovación

    La exposición a nuevas culturas y entornos estimula la creatividad. Las nuevas experiencias y conocimientos adquiridos durante los viajes pueden inspirar ideas innovadoras y soluciones creativas a problemas.

    Esta apertura a nuevas influencias culturales puede desencadenar una mayor inventiva y originalidad en diversas áreas de la vida.

    6. Reducción del Estrés y Bienestar Emocional

    El cambio de escenario y la desconexión de la rutina diaria proporcionan un respiro del estrés y las presiones cotidianas.

    Viajar ofrece oportunidades para relajarse, rejuvenecer y encontrar paz interior. Este tiempo lejos del estrés diario contribuye al bienestar emocional y mental, lo cual es fundamental para el empoderamiento personal.

    7. Fortalecimiento de la Resiliencia

    La adaptación a nuevas culturas y situaciones puede ser desafiante, y superar estos desafíos fortalece la resiliencia.

    La resiliencia es la capacidad de recuperarse de la adversidad, y viajar proporciona múltiples oportunidades para practicar y fortalecer esta habilidad, haciéndonos más fuertes y más capaces de enfrentar futuras dificultades.

    8. Creación de una Red Global

    Viajar y la interacción con diferentes culturas permiten la creación de una red global de contactos. Estas conexiones pueden ser valiosas tanto a nivel personal como profesional, ofreciendo oportunidades de colaboración, amistad y apoyo mutuo.

    9. Apreciación de la Diversidad

    La inmersión en diferentes culturas y costumbres fomenta una mayor apreciación de la diversidad. Este aprecio no solo se traduce en una mayor tolerancia y respeto hacia los demás, sino que también enriquece la propia vida al integrar aspectos positivos de otras culturas en nuestra propia vida diaria.

    10. Inspiración y Motivación

    Ver y experimentar nuevas formas de vida, logros culturales y naturales impresionantes puede ser profundamente inspirador.

    Este sentido de maravilla y admiración puede motivar a las personas a perseguir sus propios sueños y aspiraciones con renovada energía y entusiasmo.

    En resumen, la cultura y los viajes son catalizadores poderosos para el empoderamiento personal. Nos desafían, nos enseñan, nos conectan y nos inspiran, proporcionando una base sólida sobre la cual construir una vida más rica, plena y empoderada.