Etiqueta: Movilidad

  • Rutas del mío que están habilitadas después del desastre.

    La Calle 5 con Carrera 66 no es un cruce, es un pulso. Antes, los carros danzaban al compás de semáforos cansados; hoy, el plan de desvíos los orquesta como un director furioso.

    Aquí, el mapa no miente: la ciudad se rompe en venas de concreto, y cada flecha es una cicatriz.

    Carrera 65, Calle 3D, la 66B… nombres que suenan a claves secretas, a rutas de fugitivos. Los conductores muerden el volante, giran en U como si el tiempo se les escapara.

    La 68, la 70, la 67: un abecedario de asfalto que escribe el caos. Y en medio, la 66A, esa hermana menor que se desliza hacia la Autopista Sur, como un susurro que promete salida.

    Pero el sol de Cali no perdona. Quema los retrovisores, derrite la paciencia. Los pitidos son gritos de una ciudad que no sabe esperar.

    La gente camina entre conos naranjas, esquivando promesas de tránsito lento. La Alcaldía, allá al fondo, mira impasible desde su torre de cristal, como un dios que cambió las reglas sin avisar.

    Y entonces, el desvío se vuelve poesía. Porque en cada calle cerrada, en cada giro prohibido, hay un eco de la Cali que fue: la de los buses destartalados, los vendedores de chontaduro, los niños que corretean entre carros.

    Hoy, el plan es un recordatorio: la ciudad respira, duele, se reacomoda. Y en esa esquina, entre la 66 y la 70, el asfalto no es más que un lienzo donde el tráfico pinta su propia furia.

     

  • CALLE 5 CON CARRERA 66: EL EPICENTRO NO ESTABA EN EL MAPA, PERO EL CAOS SÍ”

     

    El suelo dijo basta un lunes  a las 7:30 a. m., y la ciudad se partió como un vinilo de segunda mano. La Calle 5 ya no es calle, es la cicatriz principal. Y la Carrera 66 no es carrera, es una fila de escombros donde los postes de luz bailaron cumbia antes de caerse.

    Así que saquen el plano, pero no confíen: esto es Movilidad en modo supervivencia. La Carrera 65 se convirtió en la ruta de los que huyen con el perro y la nevera portátil, mientras la Calle 3D —esa que nadie pelaba antes—

    ahora es la vía de los vivos, aunque huela a gas y polvo de concreto. Los vecinos ya pusieron sillas en la mitad del asfalto para hacer pico y placa comunal.

    los semáforos de la 66B parpadean en rojo eterno, como un ojo irritado. La Autopista Sur es un parking de 5 kilómetros donde los conductores bajan a compartir agua y noticias.

    La 66A, esa hermana menor, se llenó de motos que zigzaguean entre huecos de medio metro, mientras los vendedores ambulantes ya instalaron sus carritos de tinto y empanadas sobre las grietas, porque en esta ciudad el rebusque no descansa ni con réplicas.

    La Carrera 67 es el atajo de los que conocen el barrio, pero está tapada por una fachada que se despidió de su edificio.

    La 68 la están usando de baipás para ambulancias, aunque las ambulancias no pasan porque los escombros les hacen un embudo. Y la 70, la más ancha, parece pista de aterrizaje, pero está llena de volquetas y gente con tapabocas mirando al cielo esperando la próxima réplica.

    este no es un plan de desvíos, es un mapa de resistencia. Si vas por la Calle 5 con Carrera 66, llevá agua, paciencia y un parlante con rock nacional para ahogar el ruido de los martillos hidráulicos.

    Porque el terremoto no solo movió la tierra: movió todas las rutas que creías fijas. Ahora la única dirección posible es para adelante, aunque el asfalto diga lo contrario.