
Rock al Parque siempre fue barricada, sudor y consigna. Pero hoy, con el trabajo remoto como nueva normalidad, el artivismo mutó. Ya no hace falta estar frente al escenario para sentir el riff de la resistencia.
El artivismo es arte que muerde. Es la guitarra que se convierte en pancarta, el bajo que retumba como consigna, la batería que marca el pulso de una generación harta.
Y en tiempos de Zoom y Slack, el activismo creativo encontró su propio lenguaje: playlists con mensaje, streams benéficos, ilustraciones que viralizan lo que los medios callan.
Rock al Parque fue durante años el altar del artivismo bogotano. Allí, entre miles de almas, el punk, el metal y la fusión se volvieron herramienta política.
Pero la pandemia nos encerró. El trabajo remoto nos volvió cyborgs de escritorio, y el escenario se trasladó a la pantalla. ¿Perdimos el rugido? No. Lo transformamos.
Hoy, el artivismo se teje desde casa: diseñadores gráficos que convierten datos en afiches, músicos que samplean discursos presidenciales, colectivos que organizan festivales virtuales con causa.
El arte ya no solo se exhibe: se acciona. Y el trabajo remoto, lejos de apagar la llama, le dio un nuevo amplificador.
Porque el artivismo no es un género. Es una postura. Es decidir que tu obra no sea complaciente.
Que tu home studio sea trinchera. Que tu playlist sea manifiesto. Que tu jornada laboral remota termine y empiece el ruido.
Rock al Parque nos enseñó que la música puede ser multitud. El trabajo remoto nos enseñó que la multitud puede ser red. El artivismo es el puente: arte que incomoda, que organiza, que resiste. Desde un escenario o desde una silla ergonómica.
Así que no apagues la cámara. Enciende la distorsión. El arte que no cuestiona es decoración. Y el artivismo, incluso en pijama, sigue siendo el riff más peligroso.