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  • El tec: recordando a las mujeres.

     

    Hay un rumor que corre por las calles de Santiago de Cali, más allá del aroma a champús y del calor del Pacífico. Es un rumor que vibra en las tablas del TEC y se cuela en los rincones de la Candelaria.

     

    El Festival de Teatro Agosto 2026 no es una cartelera más; es una declaración de principios. Bajo el lema de “Creación colectiva” y “Creación femenina”, esta edición desnuda una verdad incómoda y necesaria: la escena escénica colombiana, al menos durante cuatro semanas, se escribe, dirige y respira en clave de mujer.

     

    Y ojo, que no estamos ante un simple gesto de cuota de género. La programación, liderada en gran parte por la omnipresente y poderosa Jacqueline Vidal —quien aparece en la cartelera hasta cinco veces, como una suerte de alma mater de la fiesta—, es un viaje que va de la fábula a la herida abierta.

    Si arrancamos con El maravilloso viaje de la Mentira y la Verdad, pronto nos topamos con el cuerpo migrante, la memoria de la tragedia (Proyecto 1985) y la cruda introspección de El cadáver cercado. La programación no teme al dolor, pero lo baila con una poesía arrolladora.

     

    La propuesta es un crisol geográfico que no se olvida de la periferia. Aquí conviven las fuerzas locales de Palmira y Cali con la dramaturgia visceral de la cubana Carmela Núñez, la mirada mexicana de Xitlali Piña y la universalidad de la canadiense Lorelei Williams.

    Pero lejos de ser un popurrí, el festival hila fino con un discurso común: la memoria. Ya sea a través de los títeres de hielo, los cuerpos migrantes de Patricia Ariza (una fija de la creación colectiva bogotana) o la propuesta de Donde no llegan los recuerdos de Sebastián Pineda —concediendo un respiro a la presencia masculina, pero siempre en clave de apoyo a estas narrativas—, el pasado se vuelve presente escénico.

     

    Pero si hay un gesto que merece un aplauso (y no precisamente por lo artístico, sino por lo político), es el de la accesibilidad. Boleta única a $30 mil COP, y atención: entrada libre para mujeres. Un guiño que no es menor, una acción directa que rompe la burbuja elitista del arte y la convierte en un acto de resistencia y celebración popular. Es una invitación abierta a ocupar la butaca, pero también a ocupar la calle.

     

    En un país donde el teatro a veces peca de academicista, este festival huelga a vallecaucano y a revuelta íntima. Las lobas están sueltas, el lobo feroz tiembla y el diablo no se para. Si están en Cali este agosto, no se lo pierdan. La escena cultural del país se juega aquí, entre las 7 p.m. de los martes a sábado y las 5 p.m. de los domingos, con la certeza de que el arte, cuando es colectivo y femenino, es imparable. Imperdible.