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  • Cómo volvernos tiernos?

     

    Son las tres de la mañana y el mundo sigue gritando. Afuera, la ciudad hace lo de siempre: apura, empuja, cobra.

    Adentro, un texto de Lilian Silva publicado en Quira Medios me agarra del cuello con guante blanco. Se llama «La ternura como desobediencia» y yo entro pensando en tarjetas de felicitación, en ositos, en cursilería de domingo. Salgo pensando en otra cosa.

    Porque el diagnóstico es brutal: la violencia se nos volvió idioma. Lo que no entendemos, lo rompemos. Cuerpos, ríos, animales, memoria: todo puesto al servicio de la rabia o del desprecio.

    Y ahí va la frase que me deja sordo un rato: confundimos la fuerza con la capacidad de hacer daño. Cuántas veces toqué fuerte y creí que estaba tocando bien.

    Silva no pide que nos abracemos. Pide que miremos. La ternura, dice, es atención: reconocer que la existencia del otro no me pertenece. Cuidar la planta. Escuchar al que habla lento. Tocar sin querer agarrar. Decir «te quiero» y también «perdóname».

    Y esa línea que me parte: ya no tienes que soportarlo todo.

    Después llegan los fantasmas de siempre: Nussbaum diciendo que la vida buena es frágil; Tronto bajando el cuidado del cielo privado al terreno político, contra el mercado que todo lo quiere desechable.

    Y Le Guin, con su bolsa, su recipiente, su teoría del cuento: no la lanza del héroe, sino la bolsa de la que junta lo que otros dejan caer.

    Ahí entiendo. La ternura no es acústico suave de ascensor. Es riff distorsionado. Se puede tener rabia y ser tierno. Se puede decir no, poner límites, defenderse. No es falta de fuerza: es otra forma de ejercerla.

    En una cultura que premia la dureza, no volverse brutal después de ver la brutalidad es un acto punk. Casi un himno.

    Apago el teléfono. Afuera sigue el ruido. Yo, por primera vez en semanas, bajo el volumen.