
Por un cronista que llegó tarde y se quedó para siempre.
Corría el año treinta después del destierro —o treinta años, que para el caso es lo mismo— cuando un grupo de artistas, artesanos y sabedores decidió que ya estaba bien de mirar el Ministerio de Educación desde la ventana, como quien mira un banquete ajeno. Se reunieron, pues, en Asamblea, con esa mezcla de solemnidad y bohemia que solo los creadores saben fabricar.
—¡Compañeros! —gritó alguien desde una tarima que bien pudo ser un cajón de madera—. ¡Hace tres décadas nos excluyeron! ¡Hoy tenemos la oportunidad histórica!
Y todos aplaudieron, porque en Colombia aplaudimos hasta cuando nos excluyen, que es una forma muy nuestra de resistir.
El primer punto era claro, casi telegráfico: activar la contratación en los territorios. Lo repitieron como un mantra, como un bolero que se canta desafinado pero con sentimiento. Los profesores de música asintieron con sus batutas imaginarias.
Los de danza marcaron el compás con los pies. Los de teatro hicieron mutis por el foro y volvieron a entrar, porque para eso están. Los artesanos tejieron canastos mientras escuchaban. Los sabedores guardaron silencio, que es su manera de hablar.
—¡Trabajo digno! —corearon todos, y la palabra «digno» retumbó en las paredes como un tambor de gaitas.
Alguien propuso un manifiesto. Otro propuso una marcha. Una señora de artes plásticas propuso pintar el Ministerio de colores y nadie supo si hablaba en sentido literal o metafórico, pero todos estuvieron de acuerdo.
Y es que treinta años esperando es mucho tiempo. Es tiempo suficiente para que un niño aprenda a tocar el tiple, se vuelva maestro, y descubra que su maestro tampoco tenía contrato.
Es tiempo para que una bailarina se vuelva profesora y luego se vuelva cansada. Es tiempo, en fin, para que la cultura se sostenga con hilos de voluntad y no con presupuesto.
Pero esta vez, dicen, es distinto. Esta vez la Asamblea no se disuelve en café y abrazos. Esta vez el primer paso no es un paso al costado. Es un paso al frente, con partitura, con aguja, con barro, con verso.
—¡Unidos lo haremos realidad! —cerró el coro.
Y aunque nadie sabe si mañana habrá contratos, lo que sí hay hoy es algo que no se firma: un pueblo de artistas que decidió dejar de esperar a que le abran la puerta, y empezó a construir la suya.
Fin del primer acto. El segundo, como toda obra colombiana, está por escribirse.
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