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  • La educación para la paz.

     

    Hay lecciones que no se aprenden en los libros, sino en las rocas. En los golpes secos de la vida real, donde el otro no siempre piensa como yo, donde la frustración golpea antes que la razón. Ahí, en ese terreno pedregoso, se prueba de verdad la educación para la paz.

    La paz no es ausencia de conflicto. Es la habilidad de atravesarlo sin destruirnos. Y eso no se enseña con discursos: se enseña con práctica.

    Con un aula donde el error se nombra sin humillación, donde el desacuerdo se escucha antes de rebatirse.

    La educación para la paz empieza cuando un niño aprende a decir «me siento mal» en lugar de empujar, y cuando un adulto aprende a preguntar «¿qué te pasa?» en lugar de castigar.

    El cuidado es la otra cara de esta moneda. Cuidar no es solo proteger del daño; es reconocer que el otro existe, que importa, que su dolor me interpela.

    Una escuela que cuida no es la que tiene más normas, sino la que tiene más vínculos. El cuidado se teje en lo pequeño: en el saludo de la mañana, en la mirada que nota al que está callado, en la paciencia que no se rinde.

    Y la educación socioemocional es el suelo fértil donde todo esto crece. Nombrar emociones, regular impulsos, ponerse en el lugar del otro.

    No es un lujo ni un relleno curricular: es la base de cualquier aprendizaje. Un estudiante que no sabe gestionar su rabia no puede aprender álgebra; un docente que no reconoce su cansancio no puede sostener a nadie.

    Educar para la paz, desde el cuidado y lo socioemocional, es aceptar que las rocas existen. No se trata de esquivarlas, sino de aprender a caminar sobre ellas sin caer.

    Y, sobre todo, de enseñar que ningún golpe es tan fuerte como para no poder pedir ayuda, tender la mano y seguir juntos.

    Eso es lo que queda cuando el timbre suena: no la nota, sino la persona.

  • A reconstruir buenaventura!

     

    Buenaventura no es solo un destino en el mapa; es un latido profundo, una herida abierta y, sobre todo, un milagro que se resiste a apagarse.

    Si alguna vez has sentido el llamado del Pacífico, hoy ese llamado es un grito. Detrás de la postal perfecta de las ballenas jorobadas rompiendo la superficie, y del verde infinito de la selva, hay una realidad que duele y que nos interpela.

    El terremoto del 10 de agosto no solo movió la tierra; resquebrajó los sueños de miles de familias que, con una resiliencia admirable, se levantan cada día a reconstruir no solo sus casas, sino su dignidad.

    Hablar de turismo aquí no es hablar de lujo, es hablar de supervivencia. Cada vez que decides visitar sus playas, cada plato de piangua que pruebas y cada noche que duermes arrullado por el oleaje, estás tendiendo un puente de esperanza. Estás poniendo un ladrillo en esa reconstrucción que tanto necesitan.

    No vayas como un simple espectador. Ve como un cómplice. Sumérgete en su cultura, siente el ritmo del currulao que sanó heridas históricas y déjate envolver por la calidez de su gente, que a pesar de la adversidad, te recibe con una sonrisa que ilumina la selva.

    El turismo es la sangre que corre por las venas de esta región, y hoy más que nunca, necesita latir fuerte.

    Ven a Buenaventura. No solo para ver ballenas, sino para ser testigo de una resurrección. Enamórate de su gente, de su historia y de su futuro.

    Porque cuando el Pacífico te llama, y lo hace con el corazón en la mano, la única respuesta posible es decir sí. Ayúdanos a resurgir, porque este puerto es de todos y su renacer también. Y tú ayudas a que se reconstruya.

  • Torrentosa de Doly Hernández.

    Dejo por acá la última poesía de Doly Hernández.

    Torrentosa.  

    Soy de agua torrentosa y fuertes desafíos

    Mujer de páramos y tierras salvajes

    Donde el canto de los pájaros

    Y los bosques encantados relacionan mi existencia

    Derribando muros de ausencias

    Saliéndome del código de barras

    Impuesto por la sociedad patriarcal y machista

    Firmeza desafiante

    justicia que no se compra

    franqueza que no se vende

    espíritu indomable

    libertad que se reafirma.

    Doy gracias a Doly por la poesía torrentosa y es increíble darse la oportunidad de escribir estás poesias para mostrar la belleza de la naturaleza.

  • Rutas del mío que están habilitadas después del desastre.

    La Calle 5 con Carrera 66 no es un cruce, es un pulso. Antes, los carros danzaban al compás de semáforos cansados; hoy, el plan de desvíos los orquesta como un director furioso.

    Aquí, el mapa no miente: la ciudad se rompe en venas de concreto, y cada flecha es una cicatriz.

    Carrera 65, Calle 3D, la 66B… nombres que suenan a claves secretas, a rutas de fugitivos. Los conductores muerden el volante, giran en U como si el tiempo se les escapara.

    La 68, la 70, la 67: un abecedario de asfalto que escribe el caos. Y en medio, la 66A, esa hermana menor que se desliza hacia la Autopista Sur, como un susurro que promete salida.

    Pero el sol de Cali no perdona. Quema los retrovisores, derrite la paciencia. Los pitidos son gritos de una ciudad que no sabe esperar.

    La gente camina entre conos naranjas, esquivando promesas de tránsito lento. La Alcaldía, allá al fondo, mira impasible desde su torre de cristal, como un dios que cambió las reglas sin avisar.

    Y entonces, el desvío se vuelve poesía. Porque en cada calle cerrada, en cada giro prohibido, hay un eco de la Cali que fue: la de los buses destartalados, los vendedores de chontaduro, los niños que corretean entre carros.

    Hoy, el plan es un recordatorio: la ciudad respira, duele, se reacomoda. Y en esa esquina, entre la 66 y la 70, el asfalto no es más que un lienzo donde el tráfico pinta su propia furia.

     

  • Festival internacional de cali: como en cali se ve cine.

     

    El Festival Internacional de Cine de Cali no es solo un evento. Es un territorio. Un punto de fuga donde las historias dejan de ser relatos para convertirse en experiencias colectivas. Y el día de ayer la convocatoria se abre como un portal.

    La cita es virtual, sí. Pero no por eso menos real. A las 9:00 a.m., la pantalla se convirtoo en un espacio de encuentro donde creadores, soñadores y cinéfilos podrán resolver dudas, entender las líneas de participación y descubrir cómo ser parte de esa maquinaria de emociones que es FICCALI 2026.

    «Un cine para encontrarnos». La frase no es casual. Es una declaración de principios. Porque en un mundo que a veces nos fragmenta, el cine sigue siendo ese lenguaje universal que nos recuerda que compartimos un mismo pulso.

    Y Cali, con su calor humano, su ritmo y su forma única de narrar el mundo, se convierte en el escenario perfecto para ese reencuentro.

    Así que ya sabes: ajusta tu calendario, prepara tus preguntas y conéctate. No es solo una reunión informativa.

    Es una invitación a formar parte de algo más grande. Es la oportunidad de convertir tu mirada en una historia que otros querrán ver.

    Porque el cine no se hace solo en los sets de grabación. Se hace en las salas, en las conversaciones, en las dudas resueltas y en las conexiones que se tejen en un enlace virtual.

    Cali te espera. La pantalla también. El encuentro, también.

    No te lo pierdas.
    El cine nos llama.

  • Cambiando el turismo de bienestar con la salud mental.

    Cali siempre ha vendido ritmo. Salsa, sudor, fiesta hasta el amanecer. Pero el 10 de agosto la tierra se sacudió, y tras el seísmo, la ciudad no solo levanta escombros, levanta una narrativa de resiliencia.

    El viajero global del 2026 ya no viene por la rumba, viene por el mindfulness. Y la Alcaldía, oliendo el negocio entre las grietas, ha montado a la ciudad en la ola del wellness tourism.

    El discurso es bonito: reconectar con la naturaleza, recuperar la salud mental, encontrar la paz interior.

    La herramienta estrella es un sendero de 2.6 kilómetros entre el Hospital Universitario y la Circunvalar. 60.000 metros cuadrados de bosque para «respirar aire puro y escapar del ruido urbano».

    El alcalde Alejandro Eder lo vende como la prueba de que están «recuperando a Cali desde el bienestar, la salud mental y el encuentro con nuestra naturaleza».

    Una inversión de 48.000 millones de pesos para que los caleños y turistas caminen entre árboles. ¿Progress? Quizás. ¿O será la versión ecológica del gentrification, barnizada sobre las grietas del reciente sismo para que nadie mire al suelo?

    Porque el paquete es más amplio. La Secretaría de Turismo ya seleccionó a 12 prestadores para liderar la «nueva cohorte» de turismo de bienestar.

    Hay spa con más de 30 experiencias, yoga con caballos y constelaciones sistémicas, y hasta una reserva llamada Bosque Colibrí donde puedes hacer talleres de bienestar emocional. Lo están haciendo.

    El segmento atrae al 80% de los viajeros globales, según cifras oficiales. Vamos, que es el nuevo petróleo, pero con incienso y vendas emocionales para el trauma sísmico.

    Lo más curioso es el auge del pajareo. En el Bosque de Niebla, a las afueras de Cali, la observación de aves se ha vuelto una receta contra la ansiedad.

    Caminar en silencio, escuchar el canto, olvidarse del celular. Terapia física y mental en el país con más especies del mundo. Una moda que, ojo, no deja de ser un lujo para privilegiados que pueden pagarse un retiro de 30 días con yoga y vida ecológica, mientras afuera las réplicas del 10 de agosto aún se sienten en los barrios sin agua.

    La pregunta incómoda es: ¿esto es bienestar o es el vendaje olímpico para una ciudad que aún tiembla (literal y metafóricamente)?

    ¿Sanarán los problemas estructurales de una ciudad con tanta desigualdad, y ahora con damnificados, con un sendero y un masaje? Mientras los emprendimientos de bienestar se multiplican, la ciudad sigue siendo un hervidero de contradicciones.

    Pero bueno, el viajero del 2026 no viene a resolver problemas, viene a desconectarse del miedo. Y Cali, fiel a su estilo, se ha adaptado. Ya no solo vende ritmo, vende silencio para ahogar el ruido de los escombros. ¿Será que la salsa también se medita?

  • Cali para principiantes: de Jorge Iván Cardona Soto.

     

    Hay libros que se leen, y libros que se recorren. Cali para principiantes, del poeta Jorge Iván Cardona Soto, es de esos que invitan a caminar la ciudad con otros ojos: los de la adivinanza, los del juego, los del descubrimiento.

     

    Este libro, publicado originalmente en 2015, es el primero de un tríptico que se completa con Cali para principiantes: El borondo continúa (2018) y Cali para principiantes: «Que todo, que todo, que todo qué…» (2021).

    Pero no se trata de una guía turística al uso. Cardona Soto, médico de formación y comunicador social de oficio, propone una experiencia radicalmente distinta: conocer Cali a través de 374 adivinanzas —una para cada día del año, y nueve extra, como guiño a la Novena de Aguinaldos.

    El protagonista de este primer volumen es el paisaje, sobre todo el cultural. A través de un tono jovial y con un marcado sentido didáctico, el autor recrea distintos escenarios de la ciudad invitando al lector a dar un «borondo»

    —que en buen caleño significa «salir a dar un paseo o una vuelta sin ningún propósito en particular»— por sus calles, su gente y su historia.

     

    La apuesta es tan sencilla como poderosa: solo se puede amar lo que se conoce. Y qué mejor manera de conocer que jugando.

    Porque este es un libro para leerse en familia, para compartir en el aula, para resolver entre amigos o para perderse solo en sus páginas y descubrir que Cali es mucho más que su fama de salsa y sol.

    Con una edición ilustrada —en algunas versiones por Miguel Bohórquez Nates o Gustavo Marino Hincapié— y publicada por la Universidad del Valle, Cali para principiantes es una invitación abierta a todos: a los caleños de pura cepa, a los recién llegados y a aquellos que, desde cualquier lugar del mundo, quieran enamorarse de esta ciudad.

    Como dice el propio autor, el libro es una «propuesta de construcción de ciudad y de ciudadanía, por supuesto de paz».

    Y quizá, en tiempos de tanta prisa, no haya mejor manera de construir ciudad que detenerse a descifrar sus secretos en forma de verso.

    ¿Te animas a dar un borondo por Cali?

     

     

  • CALLE 5 CON CARRERA 66: EL EPICENTRO NO ESTABA EN EL MAPA, PERO EL CAOS SÍ”

     

    El suelo dijo basta un lunes  a las 7:30 a. m., y la ciudad se partió como un vinilo de segunda mano. La Calle 5 ya no es calle, es la cicatriz principal. Y la Carrera 66 no es carrera, es una fila de escombros donde los postes de luz bailaron cumbia antes de caerse.

    Así que saquen el plano, pero no confíen: esto es Movilidad en modo supervivencia. La Carrera 65 se convirtió en la ruta de los que huyen con el perro y la nevera portátil, mientras la Calle 3D —esa que nadie pelaba antes—

    ahora es la vía de los vivos, aunque huela a gas y polvo de concreto. Los vecinos ya pusieron sillas en la mitad del asfalto para hacer pico y placa comunal.

    los semáforos de la 66B parpadean en rojo eterno, como un ojo irritado. La Autopista Sur es un parking de 5 kilómetros donde los conductores bajan a compartir agua y noticias.

    La 66A, esa hermana menor, se llenó de motos que zigzaguean entre huecos de medio metro, mientras los vendedores ambulantes ya instalaron sus carritos de tinto y empanadas sobre las grietas, porque en esta ciudad el rebusque no descansa ni con réplicas.

    La Carrera 67 es el atajo de los que conocen el barrio, pero está tapada por una fachada que se despidió de su edificio.

    La 68 la están usando de baipás para ambulancias, aunque las ambulancias no pasan porque los escombros les hacen un embudo. Y la 70, la más ancha, parece pista de aterrizaje, pero está llena de volquetas y gente con tapabocas mirando al cielo esperando la próxima réplica.

    este no es un plan de desvíos, es un mapa de resistencia. Si vas por la Calle 5 con Carrera 66, llevá agua, paciencia y un parlante con rock nacional para ahogar el ruido de los martillos hidráulicos.

    Porque el terremoto no solo movió la tierra: movió todas las rutas que creías fijas. Ahora la única dirección posible es para adelante, aunque el asfalto diga lo contrario.

     

     

  • Documental 1985 héroes entre ruinas.

    Cuando las piedras callan, las manos hablan.

    ¿Qué queda de una ciudad cuando sus edificios se derrumban? ¿Qué emerge del polvo y el silencio cuando el miedo se quiebra y la gente se convierte en lo único que tiene valor?

    Jeanette Russ no construye un documental sobre el terremoto de 1985 en Ciudad de México. Lo desarma. Y entre los escombros, encuentra lo que los noticieros nunca mostraron: la humanidad desbordada.

    La vecina que lleva agua. El desconocido que excava con las manos. La brigada que no espera ordenes porque sabe que el tiempo es una pregunta sin respuesta.

    Porque el 19 de septiembre no fue solo un sismo. Fue una fractura en la forma en que entendíamos la ciudad, el Estado, el nosotros.

    Y en esa grieta, algo germinó. Organización. Resistencia. Una memoria que no se construye con mármol sino con el recuerdo de quienes cavaron entre ruinas para encontrar vida.

    Russ filma lo que no se ve: los lazos que se tejen mientras las instituciones colapsan. La solidaridad como primera respuesta. La comunidad como último refugio. Porque un desastre no se mide por la magnitud del temblor, sino por lo que una sociedad es capaz de construir después. Y lo que se construyó entonces fue una red de cuidados que aún hoy sostiene la memoria de esta ciudad herida y viva.

    Lo extraordinario no fue el derrumbe. Fue lo que vino después.

    1985: Héroes entre ruinas no es una película sobreuna tragedia. Es una película sobre lo que hacemos cuando todo lo demás se rompe.

  • La importancia de unirnos: los sonidos de las emisoras apagados.

     

    Es preocupante darse cuenta que con el nuevo gobierno las emisoras se cerraron y no se permite tener las noticias.

    Las noticias es importante para las zonas más apartadas y no tienen conexión a internet.  La pregunta es por qué decidieron cerrar estás emisoras?

    Y lo más importante: cuál es el miedo?  El miedo a comunicar y ser transparentes?

    O que es exactamente.

    Es por eso que todos los medios nos tenemos que unificar y crear un bloque de comunicación alternativo en redes.

    Es clave que empezemos a trabajar juntos para el mejoramiento de las comunicaciones a nivel nacional.  Ya que las emisoras se han cerrado hay que crear una forma creativa de hacer comunicación para las regiones.  Ahora más que nunca la comunicación entre nosotros es clave.

    Y más si trabajamos en arte y cultura como en este caso de este periódico y aceptar el reto de crear espacios seguros.

    Por eso, volvamos a lo esencial y a lo que es nuevas redes de comunicación alternativa.