
Cali tiene todos los papeles para ser un destino audiovisual de peso. Pero, ¿por qué no se ve? ¿Por qué no existen estudios cualitativos sobre su industria si los antecedentes se remontan a los años 70?
La respuesta es incómoda: porque hemos confundido la leyenda con la investigación, y el centralismo se ha encargado de apagar el reflector.
Hablemos de historia. En los 70, Cali no era un apéndice de Bogotá; era un polo de cine. El Cineclub de Cali, fundado por Andrés Caicedo, y el mítico “Grupo de Cali” con Luis Ospina y Carlos Mayolo, construyeron una tradición que entre 1971 y 1991 puso a la ciudad en el mapa.
El “Caliwood” fue real. Sin embargo, hoy los datos oficiales son demoledores: de 110 programas de formación audiovisual registrados, 69% están en Bogotá, y Cali solo tiene 8.
La producción masiva, los directores y los presupuestos siguen siendo bogotanos; el 90% de la producción nacional se concentra allí.
Y aquí está el nudo del problema: no hay estudios cualitativos que analicen por qué Cali, con esa huella, no ha podido consolidarse como un destino fílmico sostenible.
La información existente es técnica (mapeos de talento, brechas de formación, incentivos de la Comisión Fílmica), pero brilla por su ausencia un análisis profundo sobre el imaginario, las condiciones laborales o las narrativas que se producen en la ciudad.
Como señaló Óscar Campo, el cine caleño “siempre ha vivido en el margen”. Y lo que está en el margen, rara vez se estudia.
El resultado es una paradoja dolorosa: una ciudad que fue pionera y que hoy tiene una Comisión Fílmica y un discurso de “hub audiovisual”, pero cuyos propios jóvenes desconocen su historia cinematográfica.
No se ve porque no se investiga. No se investiga porque no se prioriza. Y no se prioriza porque el relato sigue escrito en clave bogotanocéntrica.
Cali no necesita más nostalgia de Caliwood; necesita estudios que saquen su cine del margen y lo pongan, por fin, bajo la lupa.
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