El museo desafina: cuando borrar a Lucila Rubio es el nuevo desastre de la censura

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No, no es vandalismo. Es algo más silencioso, más de guante blanco y de pasillo alfombrado. En el Museo Nacional de Colombia le han bajado el volumen a la memoria.

Colectivos como Arca de Juana y análisis de la Universidad de los Andes lo dejaron al descubierto: piezas clave sobre la lucha feminista y archivos de Lucila Rubio de Laverde (esos ideales de 1950 que aún retumban) fueron retirados de la sala.

La excusa oficial: «reorganización». La traducción real: editar la historia para que ciertas voces no suenen en el relato oficial.

Aquí no queman libros en la plaza. La censura moderna se ejerce con «olvido administrativo» y una carpetica de «estamos reordenando» pero la Alemania de weimar ante su final aplicaba la misma censura a la libertad de expresión.

Recordemos la quema de libros de 1933 cuando estudiantes universitarios quemaron libros que el régimen consideraba prohibidos. Increíble el parecido a ahorita, no?

Pero el efecto es el mismo: sacrifican el contexto. Una sala de museo no es un depósito de objetos bonitos; es una conversación viva.

Si sacas la pieza que incomoda, que cuestiona la desigualdad, rompes el diálogo. Dejas el museo como un escenario decorativo, vacío de conflicto y, sobre todo, de verdad. El ejemplo más claro es sobre la desaparición de la memoria de Carlos Pizarro del museo.

Y ojo, que el golpe es doble para el periodismo cultural. Cuando los guardianes de la memoria ocultan sus archivos, nos quedamos sin fuente primaria.

Nos obligan a narrar el pasado con lo que el poder permite ver, no con lo que realmente pasó. Por eso, el periodismo cultural deja de ser «informativo» y se vuelve resistencia pura:

tenemos que documentar lo que otros quieren borrar. Si no denunciamos estas retiradas, somos cómplices del borrado histórico y más cuando cierta persona nos dió a entender que éramos adoctrinadores.

Un museo que retira las huellas de la lucha de las mujeres no está «limpiando» salas; está amputando la memoria colectiva. Nuestras abuelas y bisabuelas lucharon por esos derechos y ahora quieren quitarnos estos mismos derechos que bisabuelas y abuelas lucharon tanto.

Exijamos que las salas se lean en conjunto, con todas sus aristas, incluso las que desafinan al poder establecido.

Porque un afiche o un periódico viejo pueden parecer objetos del pasado, pero en ellos permanece la verdad que alguien, en algún momento, quiso callar y la memoria no se puede callar.

Y callar a Lucila Rubio no es curaduría: es un solo de censura que no debemos aplaudir ni permitir que ocurran cosas de un siglo atrás censurando hasta la música jazz simplemente por qué era música decadente.  A ver si seguimos así.

 

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