Categoría: Literatura colombia

  • Crónica el espejo del pluralismo.  Tomo 2

    Crónica el espejo del pluralismo. Tomo 2

    Está es la parte dos del estudio sobre medios alternativos y la de verdad parece una novela.  Es la historia de los medios alternativos y como ha sido el problema de siempre de ellos con la financiación desde los años 60 y 70.

    Son historias de sobrevivencia y de siempre andar buscando la forma de sobrevivir.

    Este estudio lo generó info presidencia con el presi (nuestros héroes Gustavo Petro, la ministra increible de carina Murcia.  El héroe de Andrés Andrés López. (Antes de irse a la campaña de nuestro ex candidato Iván cepeda y Miguel Gamboa. Asesor del viceministro de transformación digital. También tenemos los héroes que han estudiado este fenomeno del periodismo fab lap con fabiola León posada y Carlos pardo viña y por último la investigación periodística. Camilo alzate. Todos son los héroes de los periodistas al mostrar está novela y entregarnos este estudio.  Para todos nuestros respetos.  )

    Cómo este estudio es para nosotros sería bueno que toda la población lo conociera en nuestra página: medios en red.  Vayan y veanla.

    Si uds quieren también pueden leer nuestras investigaciones que se encuentra en la pestaña de mira Lee.

    Así que disfruten de esta novela!

  • Historias y criaturas.

    Historias y criaturas.

    Era una niña pequeña…. Seguía cosas de niña y vivía como niña (todos hemos vivido como niños)…. No podemos olvidar.

    Hemos seguido una estela.. una estela que no tuvo esa generación anterior a mi…. Y que no puedo olvidar…. Sera que olvidare esto? ….

    Al ser tan inocentes identificar esto que está en el pecho….. y me quedo congelada o me muevo como niño o niña … Allí estaba yo, recordando o no recordando…. Vivia o no vivía?

    Y me recordaba de algo que nos estamos recuperando…. Las historias.

    Esas historias que tienes en tu cerebro las recuerdas o no…. Creo que con el tiempo si vas recordando y te das cuenta que vives cada vez más siendo o perdiendo te a ti misma.

    Cuál de las dos permitiras vivir cuando creces…. La esencia o dejar que cosas que no son de ti se lleguen a tu vida?

     

     

  • El concurso de poesía: llega una profe online.

    El concurso de poesía: llega una profe online.

    ¿Listo para contar tu historia?

    La escritura no es un don, es un oficio que se aprende. Y este año, el Concurso Nacional de Escritura «Historias de paz» tiene una guía de lujo: La Profe Mónica.

    Reconocida educadora y creadora de contenido, Mónica no solo será la presidenta del jurado, sino que compartirá las herramientas que necesitas para dar vida a tus ideas en un ciclo de formación virtual imperdible.

    ¿Quieres aprender a estructurar un relato sin perder su esencia? ¿Crear atmósferas que atrapen al lector? ¿Transformar tus recuerdos en historias con sentido?

    📆 Agéndate:

    · Jueves 25 de junio → «Estructurar sin perder el alma»
    · Miércoles 1 de julio → «La atmósfera del relato»
    · Miércoles 8 de julio → «Historias de paz – voces y experiencias para inspirar nuevas historias»

    ⏰ Todos a las 11:00 a.m. (link en comentarios)

    ¿Y el concurso?

    Estudiantes, docentes, directivos, familias y egresados de colegios públicos y privados pueden participar. La convocatoria cierra el 10 de julio.

    Presentá un cuento o ensayo inédito (hasta 1000 palabras) sobre «Historias de paz». 40 ganadores serán reconocidos en una ceremonia especial junto a La Profe Mónica.

    Esta alianza entre el Ministerio de Educación Nacional y la UIS busca inspirar a más colombianos a escribir para la memoria, la convivencia y la paz.

    Tu historia importa. Animáte a contarla. 🖊️✨

    🔗 Link de inscripción y talleres en comentarios.

  • Edición especial congreso culturas vivas cómo aprender a desarrollar derechos culturales en Latinoamérica con cultura viva.

    Edición especial congreso culturas vivas cómo aprender a desarrollar derechos culturales en Latinoamérica con cultura viva.

    El Programa IberCultura Viva, integrado hoy por 14 países iberoamericanos, acaba de lanzar hace poco una publicación fundamental para pensar el futuro de las políticas culturales comunitarias en la región.

     

    El libro, presentado en el VII Congreso Latinoamericano de Culturas Vivas Comunitarias en Medellín, es mucho más que un balance de una década: es una cartografía viva que recorre trayectorias, retos y modos de organización de la cultura de base comunitaria, con especial énfasis en el protagonismo de la sociedad civil y experiencias como los Puntos de Cultura.

     

    📝 ¿Quiénes lo hicieron posible?.  

    La obra ha sido coordinada por Márcia Rollemberg (presidenta del Consejo Intergubernamental), Flor Minici (Secretaría Técnica) y Diego Benhabib. El prólogo está firmado por Santiago Silva Jaramillo, Secretario de Cultura Ciudadana de Medellín, quien describe la cultura viva comunitaria como algo que «brota desde abajo como agua subterránea», desde los barrios y territorios. La publicación culmina con un texto del antropólogo Néstor García Canclini sobre los desafíos entre instituciones y plataformas digitales.

     

    🌎 ¿Qué encontrarás en sus 348 páginas?

    Democracia cultural, participación social, educación, inteligencia artificial, justicia climática y derechos culturales, siempre desde las experiencias concretas de los territorios.

     

    🔗 Descarga gratuita disponible en iberculturaviva.org

  • La cultura como motor del desarrollo: reseña ensayo especial culturas vivas.

    La cultura como motor del desarrollo: reseña ensayo especial culturas vivas.

    Durante décadas, los despachos oficiales de la administración pública han funcionado bajo una premisa tan cómoda como perversa: entender la cultura como un inventario de eventos y un catálogo de espectáculos dóciles.

    Una burocracia gris, adicta a las jerarquías rígidas y a las planificaciones de oficina, se ha dedicado a gestionar la inercia. Para estos administradores de la vieja escuela, el ciudadano es un simple consumidor pasivo, un número en una estadística de asistencia a un teatro o a un festival de fin de semana.

    El funcionario firma el presupuesto, el artista ejecuta su obra en un escenario distante y el público aplaude desde la sombra. Todos a casa; la inercia continúa intacta.

    Sin embargo, este engranaje obsoleto ha comenzado a crujir. En las arterias de las ciudades globalizadas, allí donde la diversidad se vive de manera descarnada y vibrante, la realidad exige un derrumbe absoluto del viejo modelo piramidal.

    La cultura no se puede seguir confinando en un compartimento estanco, aislado de la economía, de la sanidad o del urbanismo.

    Cuando la política cultural se aísla de la estructura social, se marchita y se convierte en mera ornamentación estatal, un decorado costoso para simular un bienestar que no existe.

    Fortalecer el tejido simbólico de una comunidad no es diseñar una agenda de ocio; es, en su sentido más puro y combativo, construir ciudadanía.

    La transformación que hoy se respira en los márgenes de la gestión pública no es una simple reforma técnica, sino una revolución de actitud y de estructuras.

    Es necesario transitar con urgencia del burócrata tradicional al mediador relacional. Este cambio de paradigma implica sustituir la vieja verticalidad por una horizontalidad radical que potencie el capital intelectual y que asuma la inmersión en el territorio como la única vía posible de supervivencia.

    Los equipos multidisciplinares y los canales de comunicación abierta ya no son una opción vanguardista ni un capricho de intelectuales; son un escudo imprescindible frente a una sociedad cambiante que se mueve a una velocidad que los ministerios rígidos son incapaces de procesar.

    La cultura no se genera en la pulcritud de los escritorios gubernamentales; se vive, se padece y se transforma en la rugosidad de las calles, en las redes de interacción diaria y en el conflicto creativo.

    Por ello, adoptar una hoja de ruta seria, como la inspirada en los principios de la Agenda 21 de la Cultura, obliga a los gobiernos locales a asumir un compromiso ético y político ineludible.

    Este pacto estructural exige una gobernanza donde lo cultural sea el eje transversal de toda acción pública.

    Significa entender la diversidad no como un folclorismo exótico para turistas, sino como un ecosistema vivo e indispensable, tan crucial para nuestra supervivencia social como lo es la biodiversidad para el planeta Tierra.

    El acceso al universo simbólico no puede seguir siendo un privilegio de clase o un bien de lujo regulado por el poder adquisitivo; debe ser defendido como un derecho fundamental que sostiene la dignidad humana en tiempos de crisis.

    En este escenario de transformación, la frontera digital se presenta a menudo como la gran panacea del progreso contemporáneo, aunque con frecuencia se reduce a una trampa de conectividad vacía y pantallas brillantes.

    No basta con dotar de ordenadores a las periferias o, como se suele denunciar con lucidez, con «informatizar la pobreza».

    El verdadero reto radica en una dinamización cibercultural profunda, capaz de sembrar el pensamiento crítico y de estructurar redes sólidas de creación colectiva.

    La tecnología, desprovista de una actitud comunitaria y de un sentido político, solo sirve para automatizar el aislamiento y domesticar las mentes bajo la ilusión de la hiperconexión.

    El mercado, por su parte, observa este sector con una voracidad predecible, intentando reducir los bienes simbólicos a mercancías de intercambio rápido y obsolescencia programada.

    Si bien es innegable que la cultura genera riqueza y empleo, los gobiernos locales tienen la obligación histórica de blindar su valor intrínseco.

    El fin último de una política cultural digna de ese nombre no es fabricar clientes complacientes para las industrias del entretenimiento masivo, sino forjar creadores conscientes con un compromiso activo en su propio entorno.

    Aquellas ciudades que insistan en mantener la vieja administración burocrática e inmóvil quedarán reducidas a museos inertes, a postales nostálgicas o a parques temáticos sin alma.

    Solo las comunidades que se atrevan a transitar hacia un modelo de gestión relacional, dinámico e integrado, serán capaces de alumbrar una ecología cultural viva.

    Una ecología que deje de ser el gasto suntuario de los domingos para convertirse, finalmente, en el motor invisible y real de nuestro porvenir colectivo.

    Empezamos nuestro especial de investigación de cultura viva comunitaria con este texto y podríamos ayudar con este texto.  Por eso le doy 5 en este ensayo.

  • Reseña crónica el rio de las memorias: temas de memoria y literatura.

    Reseña crónica el rio de las memorias: temas de memoria y literatura.

    Hola.  Hoy tenemos una reseña sobre la memoria sobre el rio de las memorias de José arcilla.

    José ardilla. Escritor, guionista y editor colombiano. Tiene dos libros de cuentos publicados: Divagaciones en el interior de una ballena (2012) y Libro del tedio (2017).

    Ha sido ganador de numerosos premios literarios, como el premio a novela inédita de la Alcaldía de Medellín y la beca para la escritura de libro de cuentos del Instituto de Cultura de Antioquia.

    Textos suyos han aparecido en medios como Universo CentroEl Malpensante y El País. En 2021, la revista Granta lo incluyó en la lista de las veinticinco voces más prometedoras de la literatura en español.

    Empezamos con el rio Atrato.

    El río no tiene prisa en recordar, pero tampoco olvida. En las llanuras donde el agua se confunde con el barro, el tiempo se mide en crecientes y sequías, no en calendarios.

    Allí, donde la modernidad llega tarde o simplemente prefiere no pasar, la memoria es un ejercicio de resistencia contra el flujo constante del olvido.

    Y es precisamente en esa orilla, la de las palabras que no se dejan arrastrar por la corriente, donde se planta la escritura de José Ardila.

    No es una coincidencia que la literatura colombiana más punzante de los últimos años huela a humedad y a fango.

    En un país obsesionado con mirar hacia el asfalto de las capitales, Ardila mira hacia el cauce. Su pluma, que la revista Granta catalogó con acierto entre las más vigorosas de una generación que no le pide permiso a los viejos cánones para existir, se ha convertido en una suerte de bitácora de navegación por el interior del país físico y mental.

    Se fracturan forman afluentes

    de memoria y una

    sola cosa no es

    una sola cosa

    sino muchas

    que

    cambian que se dispersan

    que se contraen

    que se funden en la espera

    en los pendientes de todos los calibres.

    A través de las páginas de la revista Gaceta, la indagación del autor no se queda en la superficie del paisaje idílico. El agua aquí no es postal de turismo; es un contenedor de ausencias.

    enmarcada en el centenario de Delia Zapata Olivella, el río se revela como el gran cementerio y el gran escenario de la espera nacional. En Colombia, esperar a la orilla del agua es casi una condición existencial:

    se espera que baje el nivel de la inundación, se espera que el pescado regrese, se espera el cuerpo de un ausente que la corriente arrastró en las noches de espanto.

    Ardila entiende que narrar el río es, fundamentalmente, narrar el trauma y la paciencia de un pueblo suspendido en el tiempo.

    Pero la corriente no solo arrastra mitologías colectivas; también golpea los cimientos de la casa propia.

    La memoria, para este cronista, es un asunto de primer orden que se desarma en la mesa del comedor. Lo demuestra cuando se sumerge en las dinámicas domésticas con textos como «A mi hermano no le gusta llamarse Juan Gabriel».

    Aquí el territorio ya no es la cuenca hidrográfica, sino el árbol genealógico, ese otro río de herencias, nombres impuestos y pequeñas neurosis familiares que nos dan forma.

    Al mapear las tensiones íntimas, el autor logra algo que la gran historia oficial siempre pasa por alto: entender que los grandes dolores de una nación se incuban y se sufren en el silencio de los hogares, en el peso de un nombre que se arrastra como una condena o como un escudo.

    La prosa de Ardila, conocida por títulos como Divagaciones en el interior de una ballena y Libro del tedio, opera bajo una premisa implacable: la realidad es un monstruo que nos ha tragado a todos y la única forma de no morir de asfixia es contar lo que vemos en la oscuridad de sus entrañas.

    Por eso, cuando escribe sobre «Un mar sin horizonte», no busca la inmensidad romántica del océano, sino la claustrofobia de los paisajes que habitan al hombre.

    Es el reflejo de una geografía humana que, a fuerza de encierro o violencia, ha perdido la capacidad de mirar el futuro, conformándose con sobrevivir al oleaje del día a día.

    Esta literatura no busca la complacencia del lector de suplementos dominicales. Es una crónica de la tierra que late, que incomoda y que exige atención.

    Las historias rescatadas en Gaceta funcionan como diques efímeros ante un país que padece de amnesia crónica institucionalizada.

    Mientras el poder insiste en pavimentar los recuerdos para borrar las huellas del conflicto y del abandono, la narrativa de este guionista y editor se empeña en desenterrar el lodo de los recuerdos.

    Al final, leer a José Ardila es aceptar que somos agua que corre y que se estanca. Sus relatos nos devuelven una imagen incómoda pero profundamente real de nosotros mismos: una sociedad que sigue buscando sus certezas en las orillas de un territorio que todavía no termina de descifrar, esperando que alguna vez el río traiga respuestas en lugar de más preguntas.

    Recordemos que el rio es memoria, es acordarnos de quienes somos.  Y recordar a los sobrevivientes de la guerra y el olvido. Es parte de recordar con el arte y cultura se puede crear memoria e ir sanando.

  • Reseña crónica marejada feliz de la revista gaceta.

    Reseña crónica marejada feliz de la revista gaceta.

    La crítica literaria institucional suele engominarse el flequillo para hablar de las periferias, abordándolas con esa distancia higiénica y condescendiente tan propia de los salones universitarios.

    Sin embargo, cuando el documento social se ensucia las manos con el aceite quemado de la realidad, el panorama cambia.

    El reciente texto de Liberman Arango Quintero, *»Marejada feliz»*, no es una pieza de vitrina para el consumo de la culpa burguesa; es una autopsia poética e incómoda de esa Medellín que el relato oficial del «milagro urbano» intenta sepultar bajo el cemento de los parques del río.

    El relato documental se centra en la figura de Jhon Fredy Espinosa Alzate, a quien el celuloide de Víctor Gaviria inmortalizó en 1998 como «Choco» en *La vendedora de rosas*.

    Pero el texto de Arango Quintero opera en una temporalidad distinta, lejos del destello efímero de la pantalla del festival de cine. Nos traslada a los años 2015 y 2016, situándonos frente a un hombre confinado a una silla de ruedas en las entrañas de Barrio Triste.

    Aquí, la crónica de lectura revela su mayor virtud: no utiliza la marginalidad como decorado exótico, sino que la habita desde la memoria afectiva del autor, un hombre criado entre chatarrerías que aprendió a buscar oro donde la sociedad solo ve descarte.

    El reverso del milagro paisa Barrio Triste —cuyo nombre oficial, Barrio del Sagrado Corazón, suena a ironía clerical— es diseccionado en el texto a través de una dualidad desgarradora.

    Por un lado, la peste de la tuberculosis que devora los pulmones de los nadies sin que las estadísticas oficiales se den por enteradas; por el otro, la mitología popular que lo rebautiza como el «Barrio de las Estrellas».

    Esa imagen de los trozos de metal incrustados en el pavimento que brillan bajo el aguacero de Medellín es, quizás, la metáfora más potente de la obra.

    No es romanticismo de la miseria; es la constatación de que la belleza en el subproletariado urbano es un acto de resistencia mecánica frente a la hostilidad del entorno.

    El cine allí no es distracción; es el espejo donde las identidades rotas se reconocen y se otorgan la dignidad que el Estado les niega.

    El texto nos introduce en la trastienda de un documental inédito y en la utopía de un cineclub improvisado por personajes como Javier «Rivas» Quintero y «Papá Giovanny».

    Ver cine entre mecánicos, actores naturales caídos en desgracia y habitantes de calle no es un ejercicio de cinefilia pretenciosa, sino la configuración de un refugio comunitario.

    La ola que se lleva los cuerpos La muerte de Choco en febrero de 2026 convierte a «Marejada feliz» en una urgencia fúnebre y política. El título, extraído de la salsa de Roberto Roena que musicalizaba los delirios de la calle, funciona como el epitafio de una generación de actores naturales que el cine de los noventa utilizó para su catarsis estética y que luego la realidad abandonó a su suerte.

    El texto de Arango Quintero no busca la redención del lector ni ofrece respuestas complacientes. Funciona como una advertencia explícita sobre cómo el desarrollo urbano y la gentrificación higienista borran los rastros de la memoria popular.

    Al final, esta reseña nos obliga a mirar el suelo húmedo de nuestras propias ciudades. Es una invitación a entender que la memoria de los desposeídos no necesita la validación del monumento estatal, sino la mirada atenta de una cámara o de una pluma que, al igual que la lluvia sobre el metal oxidado, sea capaz de hacerlos brillar antes de que la noche los cubra por completo.

    Es increíble el texto y por eso le damos un 5.

  • Reseña Camilo torres homo políticus. Revista gaceta.

    Reseña Camilo torres homo políticus. Revista gaceta.

    La literatura militante y la reseña cultural contemporánea suelen padecer de una misma miopía crónica: la urgencia de canonizar o de enterrar bajo el peso de una etiqueta.

    En el archipiélago de las redes, un texto sobre Camilo Torres Restrepo suele activar los automatismos de la polarización banal.

    O el santo con fusil o el subversivo con sotana. Sin embargo, el reciente ejercicio crítico que circula en la comunidad lectora digital bajo el título «Camilo Torres: El rigor radical de un hombre político» propone un viraje metodológico que merece ser examinado con bisturí.

    La reseña en cuestión no es un panegírico, sino una demolición controlada del mito folclórico. El acierto del texto reseñado —y de la lectura que de él se hace— radica en una operación de rescate epistemológico:

    despojar a Torres de la iconografía sangrienta del ELN para devolverlo al territorio donde verdaderamente se fundó su peligro para el establishment: la academia rigurosa, la estadística y la sociología centífica.

    El «Amor Eficaz»: De la metafísica al dato duro.

    – La crónica de esta lectura nos confronta con un Camilo incómodo para la derecha clerical y para la izquierda dogmática.

    El concepto clave, el que articula el análisis, es el amor eficaz. En la reseña se lee una traducción precisa de este término que la historia oficial ha intentado mistificar: la caridad no es un asunto de limosnas domingueras, sino de estructuras. Para Torres, la teología debía subordinarse al diagnóstico de la realidad.

    La reseña acierta al subrayar este perfil. El verdadero peligro de Camilo Torres no era su capacidad de disparar un arma —disciplina en la que, paradójicamente, fue un novato trágico

    sino su capacidad de leer la pobreza urbana de Bogotá con los ojos de un científico social. Su fe no era una abstracción mística; era una urgencia sociológica respaldada por datos, mapas de tugurios y análisis de clases.

    El texto rescata al Camilo que se formó en la Universidad de Lovaina, el hombre que caminó París junto a los curas obreros y que regresó a una Colombia premoderna no a predicar el dogma, sino a fundar la primera Facultad de Sociología del país junto a Orlando Fals Borda.

    La Herejía contra el Caudillismo.

    Uno de los puntos más agudos de la reseña destaca la aversión de Torres al mesianismo político. En un continente enfermo de caudillos y de cultos a la personalidad, el documento del Frente Unido de 1965 se presenta como una anomalía democrática radical: la revolución pertenece a un programa, no a un hombre.

    Este análisis desmitifica la idea del líder carismático que arrastra a las masas hacia el abismo. Al contrario, la plataforma de Camilo exigía la tecnificación de la política popular.

    La reseña desglosa las propuestas del Frente Unido con la lucidez de quien sabe que está leyendo el mapa de una Colombia que aún no ha sucedido:

    Una reforma agraria estructural.

    El fortalecimiento de la Acción Comunal como autogobierno local.

    La tipificación de los «delitos sociales», una categoría que hoy, en la era de la posverdad y la especulación financiera, adquiere un tono profético.

    El Veredicto de la Memoria

    El veredicto de cinco estrellas de la reseña no es un aplauso al mártir, sino una exigencia al presente. Sostener que a Camilo hay que «discutirlo con rigor» y «actualizarlo, no solo conmemorarlo» es una bofetada a la nostalgia estéril de la izquierda de cafetín.

    La crónica de esta lectura nos deja una certeza incómoda: el sistema prefirió el cadáver de Camilo en una fosa clandestina antes que sus tesis sociológicas en las universidades y los sindicatos.

    Al final, la reseña nos invita a entender que el fusil no fue la culminación de su pensamiento, sino el trágico secuestro de su inteligencia por parte de la violencia estructural de la época.

    Para que su pensamiento viva, concluye el texto de manera implícita, hay que arrebatarle a Camilo a los iconoclastas de la guerra y devolverlo al debate de las ideas urgentes.

     

  • Reseña libro comunicación para el desarrollo de Unicef.

    Reseña libro comunicación para el desarrollo de Unicef.

    Este texto lo leímos debido a que queríamos hacer una propuesta para la política pública del congreso de culturas vivas comunitarias realizado en cali en el mes de abril.  (Estaremos detallando sobre el congreso de cultura viva comunitaria y hacer una investigación pequeña).

    Hay textos que no se leen, se auscultan. Lo que tenemos entre manos no es un manual técnico de la burocracia internacional, sino un manifiesto sobre el arma más subestimada de la emancipación: la comunicación.

    Bajo el título La comunicación: El motor olvidado del desarrollo humano sostenible, se esconde una crítica frontal a la vieja escuela del asistencialismo que ve a los pueblos como receptores pasivos de migajas y no como arquitectos de su propio destino.

    Desde la trinchera de la Comunicación para el Desarrollo (CPD),  este libro nos arroja una verdad incómoda para los tecnócratas: no basta con enviar suministros si no se ha escuchado el pulso de la comunidad.

    Aquí, la comunicación se despoja de su traje de gala corporativo —ese que solo busca vender imágenes impecables y logos de colores— para ponerse las botas y caminar el barro.

    El Diálogo como Herramienta de Demolición.  

    El núcleo de la obra desarticula la falacia de que comunicar es «difundir información». Si algo nos enseña este recorrido por las estrategias de la ONU es que la información sin participación es solo propaganda.

    La CPD se presenta como un proceso social basado en el diálogo, una estructura donde el poder no fluye en una sola dirección (de arriba hacia abajo), sino que circula, choca y se transforma.

    El texto nos guía a través de cuatro ejes que son, en esencia, actos de resistencia:

    – Cambio de comportamiento: No como manipulación, sino como salud y prevención.

    – Cambio social: El diálogo comunitario frente a la parálisis del aislamiento.

    – Incidencia: El asalto a los despachos donde se toman las decisiones para que los recursos dejen de ser un privilegio y pasen a ser un derecho.

    – Entornos de medios: La urgencia de voces que no respondan al capital, sino a la ciudadanía.

    La Radiografía de la Dignidad.  

    Lo que fascina de esta crónica es cómo aterriza la teoría en el suelo firme de la realidad. Cuando el libro menciona las radios comunitarias en Nepal o los tableros de información en Nigeria, no está citando anécdotas, está documentando la recuperación de la voz.

    En esos espacios, la comunicación deja de ser un «accesorio» para convertirse en el sistema nervioso de la comunidad.

    La obra es implacable al señalar que, sin un enfoque basado en los derechos humanos y la igualdad de género, cualquier intento de desarrollo es solo maquillaje.

    La comunicación es el único puente capaz de cruzar el abismo de la marginación. Si las personas vulnerables no influyen en las decisiones que marcan su vida, no hay desarrollo; hay ocupación.

    Una Lectura para nosotros.  

    Este no es un libro para quienes buscan soluciones rápidas de oficina. Es para quienes entienden que el empoderamiento no es una palabra de moda en un folleto, sino la redistribución radical de la palabra.

    La crítica que subyace en estas páginas es clara: el olvido de la comunicación ha sido, a menudo, una estrategia de control. Recuperar ese motor es, por tanto, un acto de soberanía.

    En conclusión, esta obra nos recuerda que el desarrollo será centrado en las personas o no será nada.

    La comunicación es el latido que mantiene viva la esperanza de un mundo donde el silencio deje de ser el idioma de los oprimidos.

    Una pieza imprescindible para entender que, antes que el pan, a veces lo que más urge es el derecho a decir «aquí estamos».

     

  • Una noche de versos, música y encuentro dio inicio al Festival Internacional de Poesía de Cali.

    Una noche de versos, música y encuentro dio inicio al Festival Internacional de Poesía de Cali.

    El Teatro Jorge Isaacs no es solo un edificio de arquitectura neoclásica; es una caja de resonancia donde los fantasmas de Cali y sus esperanzas más urgentes se sientan en la misma fila.

    La noche del estreno, el aire afuera era el de siempre: denso, cargado de esa humedad del trópico que parece retener los murmullos de la calle.

    Pero adentro, el silencio tenía otra textura. Se inauguraba la vigésima sexta versión del Festival Internacional de Poesía de Cali, y la consigna —»Apertura del cielo: donde la palabra se hace territorio»— no era un simple eslogan, era una declaración de principios en una ciudad que intenta, a pulso, zurcir sus heridas.

    Cali es una ciudad que sabe de ruidos, de tambores y de gritos, pero que a veces olvida el peso del susurro.

    Por eso, este festival se presenta como una «infraestructura cultural viva». Julián Eduardo Arteaga Aguilar, desde su rol en la Secretaría de Cultura, lo dejó claro:

    no se trata de leer poemas en un pedestal, sino de tejer una red que baje de los cerros, que cruce las comunas y se pierda en los corregimientos. Una red que abraza para que nadie se caiga.

    En el escenario, la geografía se volvió una sola sustancia. Voces de Chile, Brasil, México, Venezuela y Bolivia se mezclaron con el cantado caleño y los acentos de la provincia colombiana.

    Fue un diálogo de fronteras rotas. El poeta chileno Héctor Hernández Montecinos, con esa lucidez que otorga el oficio de mirar lo invisible, lo celebró como el cumplimiento de un sueño.

    Porque en Cali, la poesía ha dejado de ser un ejercicio solitario para convertirse en un encuentro ciudadano, en una apuesta política por la ternura.

    Pero el momento que detuvo el reloj no vino de los grandes nombres internacionales. Vino de la fragilidad que se hace fuerte.

    Salomé Salazar y Liam Vargas, dos pequeños del taller de poesía de la Fundación Valle del Lili, subieron al estrado.

    Ellos, que conocen los pasillos de los hospitales y el peso de la enfermedad, demostraron que la palabra es, ante todo, una medicina.

    Para estos niños, el verso no es un adorno; es el lugar donde el miedo se transforma en asombro y donde el dolor se permite ser otra cosa, quizás una imagen brillante.

    Tal vez el cielo sea este espacio breve, donde la voz del otro no es una amenaza, sino el puente que cruza el río de la ausencia, la semilla que germina en el desierto del olvido.”

    Mientras la voz de la cantante lírica Laura Villa llenaba los rincones del teatro, quedaba claro que la ciudad estaba ensayando una nueva forma de habitarse.

    Hasta el 9 de mayo, la programación promete ser un asalto pacífico a los espacios públicos: desde el recital afro “Raíz y tambor” en la Universidad Antonio José Camacho, hasta los recorridos patrimoniales por el centro histórico donde los fantasmas de los poetas de antaño seguramente se unirán a la caminata.

    No es poca cosa. En una época donde el lenguaje parece agotado por la confrontación, que Cali decida que su cielo esté «abierto para todas las voces» es un acto de resistencia.

    Se habla de poesía urbana, de slam, de lenguajes del futuro en Yawa y de bibliotecas que se llenan de gente que no va a buscar datos, sino a buscarse a sí misma en el verso ajeno.

    La clausura en la Sala Beethoven será el cierre de este «coro de voces que permanecen», pero la verdadera crónica se escribirá en la calle, cuando el festival termine y la gente se lleve, bajo el brazo o en la memoria, una palabra nueva para nombrar su propio territorio.