
Por Andrea Murillo.
El Mar Muerto no es un mar, es un abrazo denso, salado y ancestral que te obliga a flotar. No puedes hundirte, aunque lo intentes. Pero mi cuerpo, que ha aprendido a ser un radar de sensibilidades extremas, decidió que cinco minutos eran más que suficientes.
No aguanté más. Salí del agua caminando casi corriendo, sin toalla, apenas con mi vestido de baño. Hablé en un susurro, pero de todas maneras me escucharon. Mi hermana me miró desde la orilla y me soltó la pregunta directa: *»¿Por qué se meten así?»*. Yo no dije nada. Solo asentí en silencio, sintiendo cómo mi piel empezaba a reclamar.
Frente a mí, un grupo de chicas locales disfrutaba del agua. Llevaban trajes de baño negros, elegantes, que les cubrían hasta los tobillos. Algunas portaban el hiyab, otras no. Me quedé quieta en mi bikini y, en un primer instante, pensé: *»Seguro les llama la atención ver a una occidental en bikini mientras ellas están de negro riguroso»*.
Pero luego caí en la cuenta. Mi piel no estaba roja todavía. Quizás lo que les sorprendió fue ver a una mujer de piel tostada —no la típica blanca que esperan ver por estas tierras— saliendo despavorida del agua, sin toalla, hablando en susurros. Seguro se estaban preguntando, tal como yo lo intuía: ¿De dónde es? ¿Y qué le pasó? Allí, en medio del Mar Muerto, mi salida abrupta debió parecerles todo un misterio.
Las miré y nada más. Sin juicio, sin curiosidad invasiva. Fue la misma mirada que me dio aquella chica de las galletas del hotel, ¿recuerdan? Ese reconocimiento silencioso entre mujeres que se cruzan en territorios inesperados. Nos identificamos tanto que duele.
Lo de la cosmética no lo vi en el agua. Lo vi después, cuando ya estábamos caminando por el barrio árabe. Ahí fue donde entendí el verdadero secreto de su belleza.
En el barrio hay un colegio de chicas. Las más jóvenes andaban por la calle con chaqueta de jean, tenis y un maquillaje bellísimo. Tenían una piel de porcelana, luminosa, impecable. ¿Cuál es el secreto? Me puse a investigar con mi mente de periodista. Usan cosmética *halal*.
El maquillaje halal no es solo una tendencia; es una filosofía. Son fórmulas libres de alcohol, sin ingredientes de origen animal prohibido, sin transgénicos. Es una cosmética que respeta la piel, que la deja respirar, que la cuida como un templo. No es casualidad que su piel se vea tan sana. Cuidan lo que ponen sobre su cuerpo con la misma rigurosidad con la que eligen lo que entra en él.
Donde fuimos a comprar el almuerzo, vi a una chica sola, estudiando. Es fascinante ver eso. Chicas que transitan entre la tradición del hiyab y la modernidad de los tenis y la chaqueta de jean, que cuidan su piel con rituales ancestrales y que se toman un momento para estudiar a solas en medio del bullicio del barrio.
Mientras las observaba, pensé en mi bisabuela. En esa foto donde aparecemos juntas, yo con mi camisa rosa, ella con su sonrisa serena. Pienso en ella cada vez que miro mi piel tostada, cada vez que reconozco en mi rostro los rasgos que me conectan con mis raíces. Mi piel no es la de las chicas del Mar Muerto, pero es mía, es heredada, es real. Y también es sensible, también rechaza lo que no le hace bien.
Salí del Mar Muerto a los cinco minutos, sin toalla y con el cuerpo en alerta. Pero me llevé algo mucho más valioso que flotar en sus aguas: la lección de que la belleza no tiene un solo formato. Que el pudor y la modernidad pueden caminar juntas en tenis y chaqueta de jean. Y que a veces, las miradas de otras mujeres no son flechas, sino puentes de curiosidad.
Mi piel es sensible, sí. Pero mis ojos, esos sí saben cómo mirar el mundo.
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