Etiqueta: turismo

  • Cali con otros ojos.

    Cali después del terremoto lo miro ya con otros ojos.  Con los ojos de una extranjera que ya no se encuentra en una ciudad cercana, sino lejana.

    Una ciudad que el brillo se está desaparece. Unas partes se mantiene. En la mayoría se siente la muerte en cada esquina.

    Una muerte que las personas pasaron por ciertas zonas como la calle 5.  Toda la zona sur se siente la muerte y la destrucción.

    Pero no nos centremos en eso.  Centremos dónde la zona es más increíble: san Antonio y el bulevar.

    Es la zona viva. Dónde se siente el encanto de la ciudad.  Se siente la gente andando. De la esencia en la ciudad. Dónde se puede andar con sus gatos. Gatos encantadores.

    Eso es lo que enamora de la ciudad su increíble humanidad y como brilla en el medio.  La zona de la calle de la escopeta ayuda a transformarse.

    Y bueno.  Llega la gente a transformar las cosas en esas calles y la ciudad se vuelve viva totalmente. Y es como si las personas disfrutarán de la zona.

    Así ve la ciudad un extranjero.  Incluso uno siendo local aprende a ver la ciudad con esos ojos.

  • Cinco minutos en el Mar Muerto y los secretos del barrio árabe con sus mujeres

     

    Por Andrea Murillo.

     

    El Mar Muerto no es un mar, es un abrazo denso, salado y ancestral que te obliga a flotar. No puedes hundirte, aunque lo intentes. Pero mi cuerpo, que ha aprendido a ser un radar de sensibilidades extremas, decidió que cinco minutos eran más que suficientes.

    No aguanté más. Salí del agua caminando casi corriendo, sin toalla, apenas con mi vestido de baño. Hablé en un susurro, pero de todas maneras me escucharon. Mi hermana me miró desde la orilla y me soltó la pregunta directa: *»¿Por qué se meten así?»*. Yo no dije nada. Solo asentí en silencio, sintiendo cómo mi piel empezaba a reclamar.

    Frente a mí, un grupo de chicas locales disfrutaba del agua. Llevaban trajes de baño negros, elegantes, que les cubrían hasta los tobillos. Algunas portaban el hiyab, otras no. Me quedé quieta en mi bikini y, en un primer instante, pensé: *»Seguro les llama la atención ver a una occidental en bikini mientras ellas están de negro riguroso»*.

    Pero luego caí en la cuenta. Mi piel no estaba roja todavía. Quizás lo que les sorprendió fue ver a una mujer de piel tostada —no la típica blanca que esperan ver por estas tierras— saliendo despavorida del agua, sin toalla, hablando en susurros. Seguro se estaban preguntando, tal como yo lo intuía: ¿De dónde es? ¿Y qué le pasó? Allí, en medio del Mar Muerto, mi salida abrupta debió parecerles todo un misterio.

    Las miré y nada más. Sin juicio, sin curiosidad invasiva. Fue la misma mirada que me dio aquella chica de las galletas del hotel, ¿recuerdan? Ese reconocimiento silencioso entre mujeres que se cruzan en territorios inesperados. Nos identificamos tanto que duele.

    Lo de la cosmética no lo vi en el agua. Lo vi después, cuando ya estábamos caminando por el barrio árabe. Ahí fue donde entendí el verdadero secreto de su belleza.

    En el barrio hay un colegio de chicas. Las más jóvenes andaban por la calle con chaqueta de jean, tenis y un maquillaje bellísimo. Tenían una piel de porcelana, luminosa, impecable. ¿Cuál es el secreto? Me puse a investigar con mi mente de periodista. Usan cosmética *halal*.

    El maquillaje halal no es solo una tendencia; es una filosofía. Son fórmulas libres de alcohol, sin ingredientes de origen animal prohibido, sin transgénicos. Es una cosmética que respeta la piel, que la deja respirar, que la cuida como un templo. No es casualidad que su piel se vea tan sana. Cuidan lo que ponen sobre su cuerpo con la misma rigurosidad con la que eligen lo que entra en él.

    Donde fuimos a comprar el almuerzo, vi a una chica sola, estudiando. Es fascinante ver eso. Chicas que transitan entre la tradición del hiyab y la modernidad de los tenis y la chaqueta de jean, que cuidan su piel con rituales ancestrales y que se toman un momento para estudiar a solas en medio del bullicio del barrio.

    Mientras las observaba, pensé en mi bisabuela. En esa foto donde aparecemos juntas, yo con mi camisa rosa, ella con su sonrisa serena. Pienso en ella cada vez que miro mi piel tostada, cada vez que reconozco en mi rostro los rasgos que me conectan con mis raíces. Mi piel no es la de las chicas del Mar Muerto, pero es mía, es heredada, es real. Y también es sensible, también rechaza lo que no le hace bien.

    Salí del Mar Muerto a los cinco minutos, sin toalla y con el cuerpo en alerta. Pero me llevé algo mucho más valioso que flotar en sus aguas: la lección de que la belleza no tiene un solo formato. Que el pudor y la modernidad pueden caminar juntas en tenis y chaqueta de jean. Y que a veces, las miradas de otras mujeres no son flechas, sino puentes de curiosidad.

    Mi piel es sensible, sí. Pero mis ojos, esos sí saben cómo mirar el mundo.

     

  • Ecoturismo.  La versión unplugged de nuestro amor a viajar?

    Ecoturismo. La versión unplugged de nuestro amor a viajar?

    El cambio climático es ese ruido de fondo que ya no podemos ignorar, el vinilo rayado que suena en cada conversación sobre el futuro y tenemos una responsabilidad de aquí en adelante.  Y en medio de esta inquietud, el ecoturismo se ha convertido en la opción más cool del mercado. (Será?).  Hoteles con energía solar, rutas que prometen no dejar huella… Suena bien, casi como la banda sonora perfecta para aliviar nuestra conciencia. La pregunta es es tan bueno?

    Pero bajemos el volumen un momento. La realidad es que el sector turístico sigue siendo un actor clave en las emisiones globales, y etiquetar un viaje como ‘verde’ no siempre borra la huella de carbono del avión que te lleva hasta allí.

    Esa es la contradicción que nos persigue: querer abrazar la naturaleza y, al hacerlo, alterar su ritmo. El término «ecoturismo» se ha vuelto tan maleable que a veces parece más una etiqueta de marketing que una auténtica declaración de intenciones. Y eso es lo preocupante.  Hay alguna solución?

    Sin embargo, quizás no se trate de demonizar el deseo de viajar, sino de afinar el oído. El ecoturismo, bien entendido, puede ser más que una moda pasajera. Es el futuro pero hay que transformarlo.  Es una oportunidad para reconectar con los territorios, apoyar economías locales y entender que cada desplazamiento tiene un coste real.

    No es la varita mágica que detendrá el deshielo, pero si empezamos a exigir transparencia, a viajar con menos prisas (y menos escalas) el concepto de slow travel. (Estaremos hablando de esto) Dentro de 8 días.  Tendencia desde la cuarentena.  y a valorar la lentitud, quizás logremos que esta industria suene en una tonalidad más sostenible. La partitura está ahí; solo falta aprender a leerla sin desafinar. La clave, al fin y al cabo, está en ser viajeros, no meros consumidores de paisajes.

  • Agenda Viva 2026: Cali se prepara para un segundo semestre histórico con más de 40 eventos.

    Agenda Viva 2026: Cali se prepara para un segundo semestre histórico con más de 40 eventos.

    Cali se alista para vivir un segundo semestre de 2026 sin precedentes. La ciudad ha presentado su ‘Agenda Viva 2026’, una programación que incluye más de 40 eventos deportivos, culturales, gastronómicos y académicos, diseñados para dinamizar la economía y posicionar a la capital vallecaucana como referente en América Latina.

    El alcalde Alejandro Eder destacó que eventos como el Festival Petronio Álvarez en su 30ª edición, la Feria de Cali, la Media Maratón y el Giro de Rigo serán los grandes protagonistas de esta agenda que espera atraer visitantes de más de 50 países. «Cada vez que hacemos un evento de estos, empiezan a llegar los turistas, se llenan los hoteles, se mueve la economía», afirmó el mandatario.

    La estrategia ‘Agenda Viva’ busca consolidar el crecimiento turístico de la ciudad, que en 2025 recibió más de tres millones de visitantes. Para este año, las proyecciones apuntan a superar esa cifra, gracias al aumento en la ocupación hotelera, la apertura de nuevas rutas aéreas internacionales y la realización de eventos de alcance global que impulsan sectores como la gastronomía, el comercio y las industrias creativas.

    La programación incluye desde la Fanzone del Mundial FIFA 2026 y el Festival de Macetas en junio, hasta el Mundial de Salsa en septiembre y el Alumbrado Navideño con más de 130 millones de luces LED en diciembre. La Feria de Cali cerrará el año como el gran colofón, recordando que en 2025 dejó una ocupación hotelera del 87% y un impacto económico cercano a los 45 millones de dólares.

  • La circulander estrena su radiografía  cultural y muestra turismo cultural.

    La circulander estrena su radiografía cultural y muestra turismo cultural.

    Cali siempre ha tenido dos caras. Una es la de la postal oficial, la del trópico predecible con su brisa de las cinco de la tarde y sus monumentos de bronce que miran al vacío.

    La otra es la Cali que late abajo, la que huele a tinta de fanzine, a sudor de baldosa y a madera vieja de teatros independientes que sobreviven a punta de puro coraje.

    A esa segunda ciudad, la que no sale en los folletos de las agencias de viajes ni en los discursos de los burócratas, es a la que apunta *La Circulander* con su nueva radiografía cultural.

    No es un mapa turístico al uso; es un artefacto de resistencia urbana. Un inventario de los brotes de vida que insisten en florecer en los márgenes de una ciudad que muchas veces prefiere el ruido de los centros comerciales al murmullo de sus propios creadores.

    El lanzamiento de este circuito de turismo cultural no ocurre en un salón de hotel con aire acondicionado y cócteles de bienvenida para la prensa dócil.

    Ocurre donde debe: en una librería autogestionads llamada oromo, ahí donde los libros están en sus estantes y las paredes gritan lo que los periódicos callan. La Circulander se presenta ante el asfalto como un caleidoscopio que ordena el desorden, una brújula para los que se niegan a consumir cultura enlatada y prefieren untarse de la realidad local.

    Al desplegar esta cartografía, los barrios tradicionales de Cali pierden esa pátina de museos inertes y se revelan como laboratorios vivos.

    San Antonio ya no es solo el pesebre colonial de las macetas y las artesanías de exportación; ahora es el refugio de talleres de grabado donde las prensas manuales desafían la dictadura de lo digital.

    El centro de la ciudad deja de ser el nudo ciego de las oficinas públicas y los vendedores ambulantes para transformarse en un laberinto de sótanos donde el cineclubismo resiste y las librerías de viejo custodian primeras ediciones que la memoria oficial ya olvidó.

    El mérito de esta iniciativa radica en su honestidad. No maquilla a la ciudad para complacer el ojo extranjero; la muestra con sus costuras expuestas, con sus grietas y su luz rabiosa.

    El turismo cultural, bajo este enfoque, deja de ser una actividad de espectadores pasivos que miran el mundo desde la ventana de un autobús con vidrios ahumados.

    Aquí el viajero —sea un gringo con mochila o un caleño del oriente que cruza la autopista— se convierte en cómplice.

    Se le invita a entrar a la trastienda de los teatros de cámara en El Peñón, a escuchar los ensayos de las orquestas de barrio que pulen sus metales en San Fernando, a entender que la verdadera riqueza de esta comarca no está en sus bancos, sino en la cabeza de sus artistas.

    Los creadores de La Circulander han entendido el signo de los tiempos. El viajero contemporáneo padece de náuseas frente a lo prefabricado.

    Busca la fricción con lo real. Quiere saber dónde se esconde el pintor que usa el hollín de la tarde para fijar sus lienzos, dónde se discute la política de los cuerpos a través de la danza contemporánea, o en qué esquina un melómano guarda diez mil vinilos de salsa brava que explican, mejor que cualquier libro de historia, por qué esta ciudad camina con un swing que parece una herida abierta.

    Esta radiografía es, al mismo tiempo, un acto de fe y un portazo en la cara de la indiferencia institucional.

    En un país donde la gestión cultural suele ser el pariente pobre de las agendas públicas, que un circuito logre tejer los hilos invisibles que unen a las galerías independientes, los cafés literarios y los espacios autogestionados es casi un milagro.

    Es la demostración de que la escena local no necesita permisos para existir ni bendiciones oficiales para circular.

    Cuando la tarde cae y la sombra de los Farallones empieza a devorar los tejados viejos del oeste, el mapa deja de ser una guía y se convierte en un territorio real.

    Uno camina por el barrio Granada buscando el rastro de una exposición de fotografía underground y comprende que La Circulander no inventó nada:

    simplemente le dio un nombre y una ruta al oleaje invisible que siempre ha estado ahí, empujando la ciudad hacia adelante. Una invitación definitiva a perder el orden, a desacelerar el paso y a descubrir que en Cali el arte no se contempla en vitrinas; se respira en cada andén, rabioso y profundamente vivo.

  • Opinión.  El Indio Solari: el último aullido de la bestia.

    Opinión. El Indio Solari: el último aullido de la bestia.

    Por Óscar Alberto García.  

    Hoy, 5 de junio de 2026, se apagó la voz que durante medio siglo supo traducir la rabia, la ternura y la lucidez de toda una generación.

    Carlos Alberto “El Indio” Solari partió de este mundo a los 77 años en su refugio de Parque Leloir, dejando un vacío que duele en el pecho de millones que crecimos cantando sus metáforas como oraciones laicas.

    No se fue un cantante más: se fue el artífice de un universo propio donde el rock dejó de ser mero entretenimiento para convertirse en refugio, espejo y arma contra la mediocridad.

    Su partida nos obliga a mirar de frente lo que siempre nos enseñó: que la verdadera rebeldía es la de seguir siendo uno mismo en un mundo que premia la obediencia.

    Solari construyó con Los Redonditos de Ricota y luego con sus Fundamentalistas del Aire Acondicionado una obra que trasciende géneros y fronteras.

    Sus letras, densas de literatura beat, simbolismo y crítica filosa, fueron banda sonora de dictaduras, crisis y resistencias cotidianas. “Jijiji”, “La Bestia Pop”, “Un Ángel para tu Soledad” no eran solo canciones: eran himnos que nos daban permiso para sentir rabia, para soñar y para no arrodillarnos.

    En un continente que a veces se olvida de sus propios poetas, el Indio nos recordó que la música puede ser territorio de dignidad y belleza salvaje.

    Su retiro por la enfermedad de Parkinson no lo silenció del todo. Siguió creando, honrando su compromiso con la autonomía creativa lejos de las lógicas del mercado.

    El Doctor Honoris Causa que le otorgó la Universidad de Buenos Aires en mayo pasado fue apenas el reconocimiento tardío de una academia que, por fin, se inclinó ante quien nunca necesitó sus diplomas.

    Ese gesto, como sus recitales multitudinarios que se convertían en misas ricoteras, confirma que su legado no está en los charts ni en las listas de éxitos, sino en la forma en que miles de personas encontraron en sus versos las palabras que ellos mismos no lograban pronunciar.

    Hoy, mientras el Río Cali sigue corriendo como testigo silencioso de nuestras propias luchas, desde Mirá Leé rendimos homenaje al Indio con gratitud profunda.

    Su partida nos deja la responsabilidad de seguir cuidando esa llama contracultural que él alimentó con maestría. Gracias, Carlos Alberto. Gracias por enseñarnos que la poesía puede ser rock, que la rebeldía puede ser amor y que, incluso cuando la bestia parece dormida, siempre queda un último aullido capaz de despertar conciencias. Que tu vuelo sea liviano, maestro. La ricota sigue rodando.

     

  • Biblioteca del centenario: un remanso literario en la ciudad turística.

    Biblioteca del centenario: un remanso literario en la ciudad turística.

    Afuera, la tarde en Cali se derrite con lentitud sobre el asfalto del barrio El Peñón. Quien camina por estas calles se topa con el ritmo frenético de la zona turística:

    el aroma a café tostado que sale de los locales modernos, el crujir de las empanadas recién fritas, los murmullos en tres idiomas de los viajeros que buscan la sombra y el viento que baja de los cerros golpeando con suavidad las hojas de los almendros.

    Todo es movimiento, color, una coreografía urbana y gastronómica impecable. Sin embargo, justo allí, en la Calle 4 Oeste, el bullicio turístico se detiene en seco ante un umbral de calma: la Biblioteca Pública Patrimonial del Centenario.

    Fundada en el mítico año de 1910 para conmemorar los cien años de la independencia nacional, esta biblioteca —la más antigua de la ciudad— se levanta hoy como un oasis inesperado.

    Es el secreto mejor guardado de un circuito donde la gente suele buscar rumba, museos o alta cocina, pero donde pocos imaginan encontrar un refugio para el silencio y la memoria escrita.

    Cruzar su puerta es como sumergirse en un estanque de agua fresca en mitad del desierto de calor de la sucursal.

    El aire cambia, el eco de los pasos sobre el suelo se vuelve solemne y el murmullo de los motores se apaga por completo.

    Tener este santuario en pleno epicentro turístico de Cali es un verdadero lujo para los sentidos. Mientras a unos pocos metros los hoteles boutique registran huéspedes y las terrazas se llenan de vasos con lulada bien fría, en el interior del Centenario el tiempo se mide con otra aguja.

    Sus estantes custodian tesoros bibliográficos actualizados.  Es una calma increíble dónde puedes sentarte en la parte de arriba sentarte a leer de una forma tranquila mientras pasan las horas….

    Los viajeros cansados de patear la ciudad encuentran aquí un espacio de democratización absoluta.

    Un turista con mochila al hombro puede sentarse al lado de un estudiante de Univalle o de un viejo vecino del barrio que va a revisar el libro donde lees historias increíbles de la revista gaceta.

    No hay que pagar entrada, no hay que consumir para tener derecho a una silla cómoda bajo el airey la ventana grande que hay en la parte de arriba.

    La biblioteca se convierte así en un punto de encuentro comunitario y cultural donde conviven la Cali de siempre y la Cali que mira al mundo.

    una luz suave danzando por la ventana invitan a quedarse, a hojear una novela policiaca o un ensayo histórico sobre el Valle del Cauca, mientras las horas pasan sin pedir permiso.

    El verdadero encanto del Centenario radica en ese sabio contraste. Se puede pasar una mañana entera devorando un libro en sus salas de lectura y, al salir, estar a solo unos pasos de los mejores restaurantes de la ciudad o del icónico Río Cali.

    Es el complemento perfecto para el espíritu: alimentar la mente en la quietud patrimonial para luego salir a celebrar la vibrante vida nocturna y cultural que late en los alrededores.

    La biblioteca no se aísla de su entorno turístico; al contrario, lo equilibra, dotándolo de una profundidad intelectual y un peso histórico que la simple contemplación de monumentos no puede dar.

    Al final del día, cuando el sol caleño empieza a dar tregua y los faroles de El Peñón se encienden para inaugurar la noche, la Biblioteca del Centenario cierra sus puertas con la promesa de seguir siendo ese templo de resistencia cultural.

    Quien sale de allí lo hace con los ojos frescos, listo para reincorporarse al alegre caos de la zona turística, llevando consigo el murmullo de mil historias guardadas y la certeza de que, en Santiago de Cali, la cultura y el disfrute caminan siempre de la mano.

    Así que si estás en cali, ve, disfruta de un libro y siéntate a leer en un gran lugar y disfruta de una zona genial de nuestra ciudad!

  • El fallecimiento de Toto la Momposina y el turismo cultural. Cuál es la relación?

    El fallecimiento de Toto la Momposina y el turismo cultural. Cuál es la relación?

    El golpe del tambor alegre tiene una memoria terca. No se diluye con el agua del río ni se silencia cuando el corazón que lo empujaba decide, finalmente, detenerse.

    Sonia Bazanta Vides, la mujer que el mundo entero conoció bajo el nombre totémico de Totó la Momposina, ha dejado este plano a los 85 años tras un silencio definitivo en tierras mexicanas.

    Con su partida el pasado 17 de mayo, no solo se apaga una garganta de fuego y lodo; se fractura el cordón umbilical que unía la herencia viva del Caribe profundo con los mapas de un turismo global que hoy, más que nunca, busca desesperadamente un pedazo de verdad.

    Nacida en Talaigua Nuevo, un punto suspendido en la depresión momposina donde el Magdalena se abre como una mano abierta, Totó entendió muy pronto que la música no era un espectáculo para el aplauso fácil de los salones burgueses.

    Era resistencia. Su voz, que arrastraba el lamento del esclavo africano y la melancolía del indígena zenú, se convirtió en el principal motor de exportación de una Colombia invisible.

    Mucho antes de que los ministerios inventaran marcas país, eslóganes sofisticados o campañas de turoperadores en Europa, ella ya recorría los escenarios del mundo con sus polleras encendidas, llevando el mapa sonoro de una nación que el relato oficial prefería ignorar.

    Aquí radica la paradoja de su muerte y su relación directa con el turismo cultural moderno. Hoy, miles de viajeros desembarcan en Cartagena, se adentran en las calles coloniales de Mompox o buscan la mística del bullerengue en San Jacinto.

    Buscan una experiencia. Pero esa experiencia que hoy se vende en agencias y hoteles boutique fue esculpida, piedra a piedra y canto a canto, por la terquedad de investigadores y artistas como Totó.

    Ella rastreó los pueblos fluviales, rescató la cantá tradicional de las lavanderas y dignificó los ritmos de la chalupa, el porro y el mapalé, transformándolos en un patrimonio vivo.

    El turismo cultural en Colombia no existiría tal como lo conocemos sin ese blindaje identitario. Los extranjeros no llegan buscando réplicas de la modernidad occidental; llegan persiguiendo la vibración de una tierra que suena a madera, a tambora y a cantos de monte.

    Totó fue la gran tejedora de ese puente. Su legado es el recordatorio de que la cultura no es un producto estático para consumir en un mostrador, sino un proceso social que respira, sufre y sobrevive a la violencia histórica.

    Su fallecimiento deja una herencia inmensa pero frágil. Mientras los hoteles se llenan y las rutas culturales se promocionan en ferias internacionales, las comunidades que dieron origen a esos sonidos siguen lidiando con el olvido estatal.

    La mejor forma de honrar a la cantadora que puso a bailar a los académicos del Premio Nobel en 1982 no es la nostalgia de mármol, sino asegurar que el flujo del turismo cultural irrigue con justicia a los herederos de su tambor.

    La candela viva que Totó encendió sigue ardiendo en cada rincón del Caribe; queda en manos de los vivos evitar que el mercado la convierta en una simple ceniza de souvenir.

  • El turismo comunitario en cali: como se está desarrollando?

    El turismo comunitario en cali: como se está desarrollando?

    La guala trepa la pendiente de la Comuna 20 con el motor rabiando, desafiando la gravedad de una Cali que durante décadas prefirió mirar hacia el plano, ignorando las lomas donde se cocinaba la verdadera resistencia cultural.

    Hoy, sin embargo, el viento de la tarde no huele a pólvora ni a miedo. Huele a café recién colado en los miradores improvisados de Siloé, a pintura fresca sobre las fachadas de la Calle Arcoíris y a la dignidad de un pueblo que decidió arrebatarle su propia narrativa a las páginas judiciales de los diarios.
    El turismo comunitario en Cali ya no es una promesa exótica ni un experimento de oenegé de oficina; es una realidad de asfalto, sudor y autogestión.

    En los laberintos de la loma, más de once colectivos locales han entendido que la memoria no se entierra, se camina.

    El visitante que llega hasta la cancha La Amistad o se asoma al Mirador 360 no busca el confort anestésico de un hotel cinco estrellas; busca la descarga eléctrica del hip-hop, los relatos de los viejos que fundaron el barrio a punta de convites y la verdad sin filtros de un territorio que sanó sus heridas a través del arte urbano.

    La paradoja de la cumbre: de la exclusión a la vitrina.  

    Mientras el centro histórico repite sus postales de siempre, la periferia de Cali se reinventa como el verdadero epicentro de la reconciliación. No es un fenómeno fortuito.

    El tejido comunitario ha sabido forzar la mano de la burocracia estatal, obligando a incubadoras de proyectos y comités locales a financiar con recursos públicos lo que los jóvenes del barrio levantaron con las uñas.

    El resultado: un corredor turístico que conecta la memoria viva de la salsa del Barrio Obrero con la resistencia ecológica de la ladera.

    Pero la transformación no es solo urbana. En las goteras de la ciudad, allá donde el cemento cede el paso a la niebla de los Farallones, el fenómeno muta.

    Corregimientos como Villacarmelo, Felidia y Pance están librando su propia batalla. Campesinos y ambientalistas han convertido el senderismo y las huertas tradicionales en una trinchera contra la expansión urbana descontrolada.

    El mensaje de los colectivos es claro: el agua, la fauna y el territorio se defienden mostrando su valor, no vendiendo la tierra al mejor postor inmobiliario.

    El reto del espejo: evitar la trampa de la postal.  

    El peligro, por supuesto, acecha en cada esquina donde un turista saca su teléfono para capturar la pobreza estética del muralismo. La línea entre la reivindicación social y la explotación de la nostalgia popular es delgada.

    Los líderes locales lo saben. Por eso insisten en que aquí no se viene a ver «cómo sobrevive el marginado», sino a consumir economía real: el bolso tejido por la vecina, el almuerzo en la fonda de la esquina, el café cultivado en la misma loma.
    «Para transformar el territorio tuvimos que sanar la rabia», se escucha decir en las asambleas comunitarias. Y es esa sanación la que se ofrece en cada recorrido.

    Cali, la ciudad que se debate siempre entre la fiesta eterna y la desigualdad profunda, parece haber encontrado en sus bases una brújula impensada.

    El turismo comunitario no va a solucionar el desempleo estructural ni la falta de oportunidades de la noche a la mañana, pero ha logrado algo más subversivo: que el habitante de la ladera mire al visitante a los ojos, de igual a igual, y le demuestre que el futuro de la sucursal ya no se decide abajo, sino que se está escribiendo allá arriba, donde el viento pega primero.

  • Cali: Cuando el barrio se vuelve mundo.

    Cali: Cuando el barrio se vuelve mundo.

    El eco de los tambores ya no solo retumba en las laderas de Siloé o en las baldosas gastadas de la novena; ahora resuena en las playas de Río de Janeiro, donde el asfalto caleño se impuso sobre la frialdad de los algoritmos.

    Cali, la ciudad que muchos insisten en narrar solo desde la herida, acaba de dar un golpe de autoridad en los Premios Iberoamericanos de Destinos Turísticos Inteligentes.

    Y no, no se trata de haber instalado más cámaras de seguridad o de llenar las calles de códigos QR. La «inteligencia» de la que hoy se habla en el FIDI 2026 tiene olor a guaguancó y raíces de ceiba.

    El Obrero: La resurrección de la esquina. 

    Hubo un tiempo en que el Barrio Obrero era visto como el rincón de los nostálgicos, un laberinto de fachadas que guardaban el secreto de la salsa que ya no se fabricaba.

    Pero el patrimonio, cuando no se embalsama en museos polvorientos, muerde. La intervención de más de 9.000 metros cuadrados de espacio urbano —una cirugía a corazón abierto con una inversión de 20.000 millones de pesos— ha transformado el sector en un «modelo de patrimonio vivo».

    En el Obrero, 39 emprendimientos han dejado de sobrevivir para empezar a liderar. Allí, la salsa no es un souvenir de plástico; es el motor que mueve la economía de barrio, dignificando al zapatero que hace el botín de baile y a la matrona que sirve el sancocho tras la descarga.

    Ganar en la categoría de Patrimonio en Brasil es el reconocimiento a una verdad local: Cali no necesita inventarse parques temáticos porque la ciudad misma es el escenario.

    El Obrero es hoy la prueba de que el turismo puede ser una herramienta de recuperación urbana sin expulsar a quienes construyeron la identidad del lugar.

    Voces de la tierra en la jungla de cemento. 

    Pero si el Obrero es el pulso, el proyecto «Territorios Ancestrales» es el alma. En un país que históricamente ha empujado a sus comunidades indígenas a los márgenes, Cali decidió integrarlas al relato del viajero.

    El primer lugar en la categoría de Inclusión no es un saludo a la bandera; es el resultado de sentar a la mesa a ocho comunidades indígenas y 35 emprendimientos que hablan siete idiomas propios.

    Aquí la metodología no fue el «marketing» agresivo, sino el consentimiento previo y la gobernanza comunitaria.

    Es turismo que respeta el silencio y la cosmogonía, que entiende que el desarrollo económico no tiene por qué pisotear el saber ancestral.

    Ver a Cali posicionarse como referente de sostenibilidad social en Iberoamérica es ver a una ciudad reconciliándose con su diversidad, entendiendo que la verdadera «competitividad» está en ser auténticos.

    El turismo como redención. 

    María Fernanda Campuzano, secretaria de Turismo, lo dice con la claridad de quien sabe que los premios son solo el síntoma: «En Cali el turismo se construye desde el desarrollo económico de los territorios».

    Es una apuesta política —en el sentido más noble de la palabra— de la administración de Alejandro Eder. El turismo aquí ya no se entiende como el conteo de extranjeros que bajan de un avión, sino como la capacidad de que ese visitante deje progreso en la comuna, en el cabildo, en la escuela de baile.

    Cali regresa de Río con dos trofeos en la maleta, pero lo que realmente trae es una hoja de ruta. Ha demostrado que se puede ser un destino «inteligente» siendo profundamente humano.

    Mientras otras ciudades venden fachadas de cristal y acero, Cali vende piel, historia y resistencia. La Red Iberoamericana de Destinos ahora mira al Valle del Cauca, no para ver cómo bailamos, sino para aprender cómo estamos transformando el territorio desde lo que siempre hemos sido: un pueblo que, ante la adversidad, siempre elige la alegría como su mayor acto de rebeldía.