Categoría: Turismo

  • Cartagena en un mordisco…

    Cartagena en un mordisco…

    El sol no calienta, aplasta y los locales están acostumbrados. Cartagena huele a una comida única.  En el puesto de la esquina, la sartén brama. Las mojarras saltan del hielo al caldero, la piel se ampolla, se vuelve escudo crujiente. Manos las arrancan del fuego.

    Crujido. La carne blanca se deshace entre los dedos, el jugo de limón arde en las grietas de la piel curtida. Al lado, el patacón: plátano verde sumergido dos veces y el paladar pero sabe a gloria.

    El arroz con coco se enreda en el fondo del icopor, un una combinacion deliciosa que tira de la cuchara de plástico. La ensalada de cebolla morada y tomate da el golpe ácido, limpia el bocho para el siguiente bocado. No hay cubiertos.

     

    La brisa no refresca pero siempre está allí y más en estos meses.  Solo mueve el olor a fritura hacia las murallas coloniales, mezcla el mar con el aceite. La camisa blanca se vuelve mapa amarillo de cúrcuma y achiote. Se come de pie, apoyado en la baranda oxidada, mirando el mar indiferente.

    Cartagena la amada donde se disfruta del mar y de su comida única y especial.

  • Agenda Viva 2026: Cali se prepara para un segundo semestre histórico con más de 40 eventos.

    Agenda Viva 2026: Cali se prepara para un segundo semestre histórico con más de 40 eventos.

    Cali se alista para vivir un segundo semestre de 2026 sin precedentes. La ciudad ha presentado su ‘Agenda Viva 2026’, una programación que incluye más de 40 eventos deportivos, culturales, gastronómicos y académicos, diseñados para dinamizar la economía y posicionar a la capital vallecaucana como referente en América Latina.

    El alcalde Alejandro Eder destacó que eventos como el Festival Petronio Álvarez en su 30ª edición, la Feria de Cali, la Media Maratón y el Giro de Rigo serán los grandes protagonistas de esta agenda que espera atraer visitantes de más de 50 países. «Cada vez que hacemos un evento de estos, empiezan a llegar los turistas, se llenan los hoteles, se mueve la economía», afirmó el mandatario.

    La estrategia ‘Agenda Viva’ busca consolidar el crecimiento turístico de la ciudad, que en 2025 recibió más de tres millones de visitantes. Para este año, las proyecciones apuntan a superar esa cifra, gracias al aumento en la ocupación hotelera, la apertura de nuevas rutas aéreas internacionales y la realización de eventos de alcance global que impulsan sectores como la gastronomía, el comercio y las industrias creativas.

    La programación incluye desde la Fanzone del Mundial FIFA 2026 y el Festival de Macetas en junio, hasta el Mundial de Salsa en septiembre y el Alumbrado Navideño con más de 130 millones de luces LED en diciembre. La Feria de Cali cerrará el año como el gran colofón, recordando que en 2025 dejó una ocupación hotelera del 87% y un impacto económico cercano a los 45 millones de dólares.

  • CALI DISTRITO MODA: EL VALLE ES LA NUEVA PISTA.

    CALI DISTRITO MODA: EL VALLE ES LA NUEVA PISTA.

    Cali se viste de gala. Pero no de cualquier manera: con la memoria en los rieles de Palmira, el pulso verde del Jardín Botánico, el rugido cercano del Zoológico y la imponente estructura del Valle del Pacífico. La quinta edición de Cali Distrito Moda 2026 no es un desfile más; es una declaración de identidad. Del 11 al 13 de junio, la moda deja el cubículo y se toma el territorio.

    No se trata solo de telas y siluetas. Es un viaje. Cada escenario elegido —histórico, natural o urbano— se convierte en una pasarela efímera donde el diseño dialoga con el patrimonio. La antigua estación del ferrocarril no solo es fondo; es narrativa. El Jardín Botánico, textura viva. El Zoológico, encuentro inesperado. Y el Centro de Eventos, el gran nodo de una industria que late fuerte.

    Más de 30 diseñadores —maestros y novatos— desplegarán 33 desfiles en 17 pasarelas. No es cantidad: es relevo generacional, es apuesta por el talento que pisa fuerte. Pero el evento no se queda en el brillo fugaz. Habrá espacio para el conocimiento, para el negocio, para tejer alianzas que fortalezcan la cadena productiva. Porque de eso se trata: de que la creatividad encuentre un mercado y el mercado, una razón para mirar al Valle.

    Cali Distrito Moda no busca solo un aplauso. Busca posicionar al Valle del Cauca como ese destino donde la moda se piensa, se vive y se exporta. Donde el turismo encuentra un nuevo atractivo y la cultura, un altavoz. La región se viste de futuro, pero sin olvidar el eco de sus raíces. Y esa, quizás, es la mejor colección.

  • La circulander estrena su radiografía  cultural y muestra turismo cultural.

    La circulander estrena su radiografía cultural y muestra turismo cultural.

    Cali siempre ha tenido dos caras. Una es la de la postal oficial, la del trópico predecible con su brisa de las cinco de la tarde y sus monumentos de bronce que miran al vacío.

    La otra es la Cali que late abajo, la que huele a tinta de fanzine, a sudor de baldosa y a madera vieja de teatros independientes que sobreviven a punta de puro coraje.

    A esa segunda ciudad, la que no sale en los folletos de las agencias de viajes ni en los discursos de los burócratas, es a la que apunta *La Circulander* con su nueva radiografía cultural.

    No es un mapa turístico al uso; es un artefacto de resistencia urbana. Un inventario de los brotes de vida que insisten en florecer en los márgenes de una ciudad que muchas veces prefiere el ruido de los centros comerciales al murmullo de sus propios creadores.

    El lanzamiento de este circuito de turismo cultural no ocurre en un salón de hotel con aire acondicionado y cócteles de bienvenida para la prensa dócil.

    Ocurre donde debe: en una librería autogestionads llamada oromo, ahí donde los libros están en sus estantes y las paredes gritan lo que los periódicos callan. La Circulander se presenta ante el asfalto como un caleidoscopio que ordena el desorden, una brújula para los que se niegan a consumir cultura enlatada y prefieren untarse de la realidad local.

    Al desplegar esta cartografía, los barrios tradicionales de Cali pierden esa pátina de museos inertes y se revelan como laboratorios vivos.

    San Antonio ya no es solo el pesebre colonial de las macetas y las artesanías de exportación; ahora es el refugio de talleres de grabado donde las prensas manuales desafían la dictadura de lo digital.

    El centro de la ciudad deja de ser el nudo ciego de las oficinas públicas y los vendedores ambulantes para transformarse en un laberinto de sótanos donde el cineclubismo resiste y las librerías de viejo custodian primeras ediciones que la memoria oficial ya olvidó.

    El mérito de esta iniciativa radica en su honestidad. No maquilla a la ciudad para complacer el ojo extranjero; la muestra con sus costuras expuestas, con sus grietas y su luz rabiosa.

    El turismo cultural, bajo este enfoque, deja de ser una actividad de espectadores pasivos que miran el mundo desde la ventana de un autobús con vidrios ahumados.

    Aquí el viajero —sea un gringo con mochila o un caleño del oriente que cruza la autopista— se convierte en cómplice.

    Se le invita a entrar a la trastienda de los teatros de cámara en El Peñón, a escuchar los ensayos de las orquestas de barrio que pulen sus metales en San Fernando, a entender que la verdadera riqueza de esta comarca no está en sus bancos, sino en la cabeza de sus artistas.

    Los creadores de La Circulander han entendido el signo de los tiempos. El viajero contemporáneo padece de náuseas frente a lo prefabricado.

    Busca la fricción con lo real. Quiere saber dónde se esconde el pintor que usa el hollín de la tarde para fijar sus lienzos, dónde se discute la política de los cuerpos a través de la danza contemporánea, o en qué esquina un melómano guarda diez mil vinilos de salsa brava que explican, mejor que cualquier libro de historia, por qué esta ciudad camina con un swing que parece una herida abierta.

    Esta radiografía es, al mismo tiempo, un acto de fe y un portazo en la cara de la indiferencia institucional.

    En un país donde la gestión cultural suele ser el pariente pobre de las agendas públicas, que un circuito logre tejer los hilos invisibles que unen a las galerías independientes, los cafés literarios y los espacios autogestionados es casi un milagro.

    Es la demostración de que la escena local no necesita permisos para existir ni bendiciones oficiales para circular.

    Cuando la tarde cae y la sombra de los Farallones empieza a devorar los tejados viejos del oeste, el mapa deja de ser una guía y se convierte en un territorio real.

    Uno camina por el barrio Granada buscando el rastro de una exposición de fotografía underground y comprende que La Circulander no inventó nada:

    simplemente le dio un nombre y una ruta al oleaje invisible que siempre ha estado ahí, empujando la ciudad hacia adelante. Una invitación definitiva a perder el orden, a desacelerar el paso y a descubrir que en Cali el arte no se contempla en vitrinas; se respira en cada andén, rabioso y profundamente vivo.

  • Biblioteca del centenario: un remanso literario en la ciudad turística.

    Biblioteca del centenario: un remanso literario en la ciudad turística.

    Afuera, la tarde en Cali se derrite con lentitud sobre el asfalto del barrio El Peñón. Quien camina por estas calles se topa con el ritmo frenético de la zona turística:

    el aroma a café tostado que sale de los locales modernos, el crujir de las empanadas recién fritas, los murmullos en tres idiomas de los viajeros que buscan la sombra y el viento que baja de los cerros golpeando con suavidad las hojas de los almendros.

    Todo es movimiento, color, una coreografía urbana y gastronómica impecable. Sin embargo, justo allí, en la Calle 4 Oeste, el bullicio turístico se detiene en seco ante un umbral de calma: la Biblioteca Pública Patrimonial del Centenario.

    Fundada en el mítico año de 1910 para conmemorar los cien años de la independencia nacional, esta biblioteca —la más antigua de la ciudad— se levanta hoy como un oasis inesperado.

    Es el secreto mejor guardado de un circuito donde la gente suele buscar rumba, museos o alta cocina, pero donde pocos imaginan encontrar un refugio para el silencio y la memoria escrita.

    Cruzar su puerta es como sumergirse en un estanque de agua fresca en mitad del desierto de calor de la sucursal.

    El aire cambia, el eco de los pasos sobre el suelo se vuelve solemne y el murmullo de los motores se apaga por completo.

    Tener este santuario en pleno epicentro turístico de Cali es un verdadero lujo para los sentidos. Mientras a unos pocos metros los hoteles boutique registran huéspedes y las terrazas se llenan de vasos con lulada bien fría, en el interior del Centenario el tiempo se mide con otra aguja.

    Sus estantes custodian tesoros bibliográficos actualizados.  Es una calma increíble dónde puedes sentarte en la parte de arriba sentarte a leer de una forma tranquila mientras pasan las horas….

    Los viajeros cansados de patear la ciudad encuentran aquí un espacio de democratización absoluta.

    Un turista con mochila al hombro puede sentarse al lado de un estudiante de Univalle o de un viejo vecino del barrio que va a revisar el libro donde lees historias increíbles de la revista gaceta.

    No hay que pagar entrada, no hay que consumir para tener derecho a una silla cómoda bajo el airey la ventana grande que hay en la parte de arriba.

    La biblioteca se convierte así en un punto de encuentro comunitario y cultural donde conviven la Cali de siempre y la Cali que mira al mundo.

    una luz suave danzando por la ventana invitan a quedarse, a hojear una novela policiaca o un ensayo histórico sobre el Valle del Cauca, mientras las horas pasan sin pedir permiso.

    El verdadero encanto del Centenario radica en ese sabio contraste. Se puede pasar una mañana entera devorando un libro en sus salas de lectura y, al salir, estar a solo unos pasos de los mejores restaurantes de la ciudad o del icónico Río Cali.

    Es el complemento perfecto para el espíritu: alimentar la mente en la quietud patrimonial para luego salir a celebrar la vibrante vida nocturna y cultural que late en los alrededores.

    La biblioteca no se aísla de su entorno turístico; al contrario, lo equilibra, dotándolo de una profundidad intelectual y un peso histórico que la simple contemplación de monumentos no puede dar.

    Al final del día, cuando el sol caleño empieza a dar tregua y los faroles de El Peñón se encienden para inaugurar la noche, la Biblioteca del Centenario cierra sus puertas con la promesa de seguir siendo ese templo de resistencia cultural.

    Quien sale de allí lo hace con los ojos frescos, listo para reincorporarse al alegre caos de la zona turística, llevando consigo el murmullo de mil historias guardadas y la certeza de que, en Santiago de Cali, la cultura y el disfrute caminan siempre de la mano.

    Así que si estás en cali, ve, disfruta de un libro y siéntate a leer en un gran lugar y disfruta de una zona genial de nuestra ciudad!

  • Wellness en colombia.  Lujo imposible para las clases más altas.

    Wellness en colombia. Lujo imposible para las clases más altas.

    El cemento de la capital colombiana no suele tener piedad con los nervios. A 2.600 metros sobre el nivel del mar, el éxito se midió, durante décadas.

    en la cantidad de metros cuadrados que lograbas encerrar entre muros de ladrillo texturizado en los cerros orientales y el número de escoltas que custodiaban tu blindado.El lujo era una fortaleza de concreto, un aislamiento ruidoso.

    Pero el aire está cambiando. En las exclusivas colinas de Usaquén, justo donde la urbe choca contra el verde imponente de la cordillera, un nuevo tipo de opulencia está desplazando a la vieja ostentación.

    Ya no se trata de poseer el penthouse más alto para mirar al resto desde arriba; se trata de sobrevivir a la velocidad del siglo XXI sin perder la cabeza.

    La tendencia global del bienestar holístico ha desembarcado en Colombia, mutando el paradigma inmobiliario premium. Lo que antes era un «gimnasio social» en el último piso del edificio, hoy es un ecosistema de diseño biofílico y medicina preventiva integrativa.

    Los nuevos compradores de alto patrimonio —atiborrados de reuniones en el centro financiero de la 72 y con el cortisol por las nubes— ya no buscan grifería importada de Italia. Buscan oxígeno. Buscan tiempo.

    La arquitectura del silencio.  

    En los nuevos desarrollos boutique que empiezan a levantarse en las zonas más cotizadas del norte bogotano y en los retiros exclusivos de las afueras de Medellín, como El Poblado o Llanogrande, la ingeniería se ha puesto al servicio del sistema nervioso.

    Los proyectos ya no se venden por su cercanía al club social, sino por su capacidad de aislar el caos y restaurar el cuerpo.
    Termorregulación y contraste: Espacios que integran piscinas de inmersión fría junto a saunas infrarrojos, replicando los centros de biohacking europeos para combatir la inflamación sistémica del ejecutivo moderno.

    Diseño Biofílico Real: Fachadas vivas y ventanales de piso a techo que no solo ofrecen una vista limpia a los cerros, sino que garantizan una sincronización real con los ciclos circadianos a través del manejo de luz natural.

    Sostenibilidad Estructural:  Sistemas de ventilación pasiva y purificación de aire que filtran el esmog de la metrópoli, convirtiendo cada departamento en un santuario respiratorio.

    El verdadero lujo contemporáneo en Colombia no es el oro ni el mármol de Carrara; es la capacidad de respirar aire puro y apagar el ruido mental sin salir de tu propia casa.

    De la ostentación a la reconexión.  

    Este fenómeno responde a un profundo cambio cultural en las élites del país. El aislamiento de la pandemia y la posterior aceleración digital crearon una epidemia silenciosa de fatiga crónica.

    Hoy, los empresarios y los inversores internacionales que miran hacia Colombia entienden que el estatus ya no se exhibe en la billetera, sino en la calidad del sueño, en la flexibilidad del día a día y en la salud celular.

    Los nuevos proyectos en desarrollo dentro de estas zonas premium están concebidos bajo una premisa casi terapéutica.

    Se priorizan las terrazas privadas que funcionan como huertas urbanas, los senderos de meditación rodeados de vegetación nativa y el acceso peatonal a mercados orgánicos locales y cafés de origen.

    Es el paso de la densidad corporativa al *lifestyle* consciente.

    La inversión ya no busca la rentabilidad fría del ladrillo tradicional. Quienes adquieren estas unidades buscan un retorno de inversión en sus propias vidas: un santuario donde la desconexión no sea un viaje de fin de semana, sino la rutina diaria de cada mañana antes de encender la pantalla.

    En la nueva Colombia premium, el bienestar ha dejado de ser un accesorio decorativo para convertirse en la estructura misma de la supervivencia.

  • El fallecimiento de Toto la Momposina y el turismo cultural. Cuál es la relación?

    El fallecimiento de Toto la Momposina y el turismo cultural. Cuál es la relación?

    El golpe del tambor alegre tiene una memoria terca. No se diluye con el agua del río ni se silencia cuando el corazón que lo empujaba decide, finalmente, detenerse.

    Sonia Bazanta Vides, la mujer que el mundo entero conoció bajo el nombre totémico de Totó la Momposina, ha dejado este plano a los 85 años tras un silencio definitivo en tierras mexicanas.

    Con su partida el pasado 17 de mayo, no solo se apaga una garganta de fuego y lodo; se fractura el cordón umbilical que unía la herencia viva del Caribe profundo con los mapas de un turismo global que hoy, más que nunca, busca desesperadamente un pedazo de verdad.

    Nacida en Talaigua Nuevo, un punto suspendido en la depresión momposina donde el Magdalena se abre como una mano abierta, Totó entendió muy pronto que la música no era un espectáculo para el aplauso fácil de los salones burgueses.

    Era resistencia. Su voz, que arrastraba el lamento del esclavo africano y la melancolía del indígena zenú, se convirtió en el principal motor de exportación de una Colombia invisible.

    Mucho antes de que los ministerios inventaran marcas país, eslóganes sofisticados o campañas de turoperadores en Europa, ella ya recorría los escenarios del mundo con sus polleras encendidas, llevando el mapa sonoro de una nación que el relato oficial prefería ignorar.

    Aquí radica la paradoja de su muerte y su relación directa con el turismo cultural moderno. Hoy, miles de viajeros desembarcan en Cartagena, se adentran en las calles coloniales de Mompox o buscan la mística del bullerengue en San Jacinto.

    Buscan una experiencia. Pero esa experiencia que hoy se vende en agencias y hoteles boutique fue esculpida, piedra a piedra y canto a canto, por la terquedad de investigadores y artistas como Totó.

    Ella rastreó los pueblos fluviales, rescató la cantá tradicional de las lavanderas y dignificó los ritmos de la chalupa, el porro y el mapalé, transformándolos en un patrimonio vivo.

    El turismo cultural en Colombia no existiría tal como lo conocemos sin ese blindaje identitario. Los extranjeros no llegan buscando réplicas de la modernidad occidental; llegan persiguiendo la vibración de una tierra que suena a madera, a tambora y a cantos de monte.

    Totó fue la gran tejedora de ese puente. Su legado es el recordatorio de que la cultura no es un producto estático para consumir en un mostrador, sino un proceso social que respira, sufre y sobrevive a la violencia histórica.

    Su fallecimiento deja una herencia inmensa pero frágil. Mientras los hoteles se llenan y las rutas culturales se promocionan en ferias internacionales, las comunidades que dieron origen a esos sonidos siguen lidiando con el olvido estatal.

    La mejor forma de honrar a la cantadora que puso a bailar a los académicos del Premio Nobel en 1982 no es la nostalgia de mármol, sino asegurar que el flujo del turismo cultural irrigue con justicia a los herederos de su tambor.

    La candela viva que Totó encendió sigue ardiendo en cada rincón del Caribe; queda en manos de los vivos evitar que el mercado la convierta en una simple ceniza de souvenir.

  • Cali está en los premios iberoamericanos dti en rio de Janeiro por turismo indígena.

    Cali está en los premios iberoamericanos dti en rio de Janeiro por turismo indígena.

    Cali no solo baila; ahora, se piensa y se proyecta desde la entraña. Mientras el mundo observa a las grandes metrópolis de concreto y cristal, la capital del Valle ha decidido apostar por lo que nadie más tiene:

    la sangre y el barrio. Esta apuesta, arriesgada y genuina, la tiene hoy sentada en la mesa de los finalistas de los Premios Iberoamericanos de Turismo Inteligente, cuya gala final hará vibrar a Río de Janeiro este 27 de abril.

    No es una nominación de oficina ni un galardón de escritorio. Es el reconocimiento a una ciudad que ha entendido que la «inteligencia» en el turismo no es solo tener Wi-Fi en las plazas, sino saber leer el ADN de su gente.

    El susurro de los ancestros en el asfalto.  

    En la categoría de Inclusión Social, Cali compite con un proyecto que rompe cualquier molde convencional: ‘Territorios Ancestrales’.

    Es, en esencia, la reivindicación del turismo indígena urbano. ¿Quién dijo que lo ancestral solo vive en la selva o la montaña?

    En las calles caleñas laten ocho comunidades que han decidido abrir sus puertas bajo un modelo de gobernanza real, basado en el consentimiento y el respeto.

    Con 35 emprendimientos validados y el eco de siete idiomas nativos resonando entre el ruido del tráfico, Cali le está diciendo a Iberoamérica que la inclusión no es un favor, sino una estrategia de mercado consciente.

    Es turismo con rostro, con historia y con una metodología que pone la dignidad de la comunidad por encima de la foto del visitante.

    El Obrero: Donde el patrimonio se suda y se baila. 

    Por otro lado, en la categoría de Patrimonio, la ciudad ha puesto sus fichas en un nombre que es pura mística: el Barrio Obrero.

    Aquí, la salsa no es un disco que suena de fondo; es un patrimonio vivo que respira en cada esquina. El proyecto nominado es una oda a la renovación urbana que no busca desplazar, sino potenciar.

    Con una inversión que roza los $20.000 millones y más de 9.000 metros cuadrados intervenidos, el Obrero se ha convertido en un museo a cielo abierto donde la economía local se dinamiza al ritmo del timbal.

    Se trata de proteger el alma de la ciudad para que el turista no solo vea, sino que entienda por qué Cali es la capital mundial de este género. Los 39 emprendimientos locales fortalecidos son la prueba de que la cultura, cuando se gestiona con inteligencia, es el motor económico más potente que existe.

    Un sello de validación internacional.  

    La presencia de Cali en el Foro Iberoamericano de Destinos Turísticos Inteligentes (FIDI) no es casualidad.

    Bajo la directriz del alcalde Alejandro Eder y la ejecución de la Secretaría de Turismo y casa ternario la ciudad está validando un modelo que mezcla la innovación con la raíz.

    Como bien dice María Fernanda Campuzano, secretaria de Turismo, se trata de demostrar que el turismo inteligente se construye desde las comunidades.

    Cali llega a Brasil no como una invitada más, sino como una referente de sostenibilidad e inclusión. Estas dos nominaciones son un mensaje claro para la Red Iberoamericana: el futuro del turismo no está en replicar modelos europeos, sino en profundizar en la identidad propia.

    Cali está demostrando que el turismo inteligente también se construye desde las comunidades y desde el patrimonio vivo que nos identifica ante el mundo.

    El próximo 27 de abril, en el corazón de Río, se sabrá si estos proyectos se traen el oro. Pero, más allá del metal del trofeo, Cali ya ganó.

    Ganó el respeto de sus pares y, sobre todo, reafirmó que su mayor riqueza no está en las vitrinas, sino en la fuerza de su gente indígena y el repique de sus barrios populares. Cali está lista para el mundo, pero bajo sus propios términos.

  • El turismo comunitario en cali: como se está desarrollando?

    El turismo comunitario en cali: como se está desarrollando?

    La guala trepa la pendiente de la Comuna 20 con el motor rabiando, desafiando la gravedad de una Cali que durante décadas prefirió mirar hacia el plano, ignorando las lomas donde se cocinaba la verdadera resistencia cultural.

    Hoy, sin embargo, el viento de la tarde no huele a pólvora ni a miedo. Huele a café recién colado en los miradores improvisados de Siloé, a pintura fresca sobre las fachadas de la Calle Arcoíris y a la dignidad de un pueblo que decidió arrebatarle su propia narrativa a las páginas judiciales de los diarios.
    El turismo comunitario en Cali ya no es una promesa exótica ni un experimento de oenegé de oficina; es una realidad de asfalto, sudor y autogestión.

    En los laberintos de la loma, más de once colectivos locales han entendido que la memoria no se entierra, se camina.

    El visitante que llega hasta la cancha La Amistad o se asoma al Mirador 360 no busca el confort anestésico de un hotel cinco estrellas; busca la descarga eléctrica del hip-hop, los relatos de los viejos que fundaron el barrio a punta de convites y la verdad sin filtros de un territorio que sanó sus heridas a través del arte urbano.

    La paradoja de la cumbre: de la exclusión a la vitrina.  

    Mientras el centro histórico repite sus postales de siempre, la periferia de Cali se reinventa como el verdadero epicentro de la reconciliación. No es un fenómeno fortuito.

    El tejido comunitario ha sabido forzar la mano de la burocracia estatal, obligando a incubadoras de proyectos y comités locales a financiar con recursos públicos lo que los jóvenes del barrio levantaron con las uñas.

    El resultado: un corredor turístico que conecta la memoria viva de la salsa del Barrio Obrero con la resistencia ecológica de la ladera.

    Pero la transformación no es solo urbana. En las goteras de la ciudad, allá donde el cemento cede el paso a la niebla de los Farallones, el fenómeno muta.

    Corregimientos como Villacarmelo, Felidia y Pance están librando su propia batalla. Campesinos y ambientalistas han convertido el senderismo y las huertas tradicionales en una trinchera contra la expansión urbana descontrolada.

    El mensaje de los colectivos es claro: el agua, la fauna y el territorio se defienden mostrando su valor, no vendiendo la tierra al mejor postor inmobiliario.

    El reto del espejo: evitar la trampa de la postal.  

    El peligro, por supuesto, acecha en cada esquina donde un turista saca su teléfono para capturar la pobreza estética del muralismo. La línea entre la reivindicación social y la explotación de la nostalgia popular es delgada.

    Los líderes locales lo saben. Por eso insisten en que aquí no se viene a ver «cómo sobrevive el marginado», sino a consumir economía real: el bolso tejido por la vecina, el almuerzo en la fonda de la esquina, el café cultivado en la misma loma.
    «Para transformar el territorio tuvimos que sanar la rabia», se escucha decir en las asambleas comunitarias. Y es esa sanación la que se ofrece en cada recorrido.

    Cali, la ciudad que se debate siempre entre la fiesta eterna y la desigualdad profunda, parece haber encontrado en sus bases una brújula impensada.

    El turismo comunitario no va a solucionar el desempleo estructural ni la falta de oportunidades de la noche a la mañana, pero ha logrado algo más subversivo: que el habitante de la ladera mire al visitante a los ojos, de igual a igual, y le demuestre que el futuro de la sucursal ya no se decide abajo, sino que se está escribiendo allá arriba, donde el viento pega primero.

  • Cali: Cuando el barrio se vuelve mundo.

    Cali: Cuando el barrio se vuelve mundo.

    El eco de los tambores ya no solo retumba en las laderas de Siloé o en las baldosas gastadas de la novena; ahora resuena en las playas de Río de Janeiro, donde el asfalto caleño se impuso sobre la frialdad de los algoritmos.

    Cali, la ciudad que muchos insisten en narrar solo desde la herida, acaba de dar un golpe de autoridad en los Premios Iberoamericanos de Destinos Turísticos Inteligentes.

    Y no, no se trata de haber instalado más cámaras de seguridad o de llenar las calles de códigos QR. La «inteligencia» de la que hoy se habla en el FIDI 2026 tiene olor a guaguancó y raíces de ceiba.

    El Obrero: La resurrección de la esquina. 

    Hubo un tiempo en que el Barrio Obrero era visto como el rincón de los nostálgicos, un laberinto de fachadas que guardaban el secreto de la salsa que ya no se fabricaba.

    Pero el patrimonio, cuando no se embalsama en museos polvorientos, muerde. La intervención de más de 9.000 metros cuadrados de espacio urbano —una cirugía a corazón abierto con una inversión de 20.000 millones de pesos— ha transformado el sector en un «modelo de patrimonio vivo».

    En el Obrero, 39 emprendimientos han dejado de sobrevivir para empezar a liderar. Allí, la salsa no es un souvenir de plástico; es el motor que mueve la economía de barrio, dignificando al zapatero que hace el botín de baile y a la matrona que sirve el sancocho tras la descarga.

    Ganar en la categoría de Patrimonio en Brasil es el reconocimiento a una verdad local: Cali no necesita inventarse parques temáticos porque la ciudad misma es el escenario.

    El Obrero es hoy la prueba de que el turismo puede ser una herramienta de recuperación urbana sin expulsar a quienes construyeron la identidad del lugar.

    Voces de la tierra en la jungla de cemento. 

    Pero si el Obrero es el pulso, el proyecto «Territorios Ancestrales» es el alma. En un país que históricamente ha empujado a sus comunidades indígenas a los márgenes, Cali decidió integrarlas al relato del viajero.

    El primer lugar en la categoría de Inclusión no es un saludo a la bandera; es el resultado de sentar a la mesa a ocho comunidades indígenas y 35 emprendimientos que hablan siete idiomas propios.

    Aquí la metodología no fue el «marketing» agresivo, sino el consentimiento previo y la gobernanza comunitaria.

    Es turismo que respeta el silencio y la cosmogonía, que entiende que el desarrollo económico no tiene por qué pisotear el saber ancestral.

    Ver a Cali posicionarse como referente de sostenibilidad social en Iberoamérica es ver a una ciudad reconciliándose con su diversidad, entendiendo que la verdadera «competitividad» está en ser auténticos.

    El turismo como redención. 

    María Fernanda Campuzano, secretaria de Turismo, lo dice con la claridad de quien sabe que los premios son solo el síntoma: «En Cali el turismo se construye desde el desarrollo económico de los territorios».

    Es una apuesta política —en el sentido más noble de la palabra— de la administración de Alejandro Eder. El turismo aquí ya no se entiende como el conteo de extranjeros que bajan de un avión, sino como la capacidad de que ese visitante deje progreso en la comuna, en el cabildo, en la escuela de baile.

    Cali regresa de Río con dos trofeos en la maleta, pero lo que realmente trae es una hoja de ruta. Ha demostrado que se puede ser un destino «inteligente» siendo profundamente humano.

    Mientras otras ciudades venden fachadas de cristal y acero, Cali vende piel, historia y resistencia. La Red Iberoamericana de Destinos ahora mira al Valle del Cauca, no para ver cómo bailamos, sino para aprender cómo estamos transformando el territorio desde lo que siempre hemos sido: un pueblo que, ante la adversidad, siempre elige la alegría como su mayor acto de rebeldía.