El fallecimiento de Toto la Momposina y el turismo cultural. Cuál es la relación?

El golpe del tambor alegre tiene una memoria terca. No se diluye con el agua del río ni se silencia cuando el corazón que lo empujaba decide, finalmente, detenerse.

Sonia Bazanta Vides, la mujer que el mundo entero conoció bajo el nombre totémico de Totó la Momposina, ha dejado este plano a los 85 años tras un silencio definitivo en tierras mexicanas.

Con su partida el pasado 17 de mayo, no solo se apaga una garganta de fuego y lodo; se fractura el cordón umbilical que unía la herencia viva del Caribe profundo con los mapas de un turismo global que hoy, más que nunca, busca desesperadamente un pedazo de verdad.

Nacida en Talaigua Nuevo, un punto suspendido en la depresión momposina donde el Magdalena se abre como una mano abierta, Totó entendió muy pronto que la música no era un espectáculo para el aplauso fácil de los salones burgueses.

Era resistencia. Su voz, que arrastraba el lamento del esclavo africano y la melancolía del indígena zenú, se convirtió en el principal motor de exportación de una Colombia invisible.

Mucho antes de que los ministerios inventaran marcas país, eslóganes sofisticados o campañas de turoperadores en Europa, ella ya recorría los escenarios del mundo con sus polleras encendidas, llevando el mapa sonoro de una nación que el relato oficial prefería ignorar.

Aquí radica la paradoja de su muerte y su relación directa con el turismo cultural moderno. Hoy, miles de viajeros desembarcan en Cartagena, se adentran en las calles coloniales de Mompox o buscan la mística del bullerengue en San Jacinto.

Buscan una experiencia. Pero esa experiencia que hoy se vende en agencias y hoteles boutique fue esculpida, piedra a piedra y canto a canto, por la terquedad de investigadores y artistas como Totó.

Ella rastreó los pueblos fluviales, rescató la cantá tradicional de las lavanderas y dignificó los ritmos de la chalupa, el porro y el mapalé, transformándolos en un patrimonio vivo.

El turismo cultural en Colombia no existiría tal como lo conocemos sin ese blindaje identitario. Los extranjeros no llegan buscando réplicas de la modernidad occidental; llegan persiguiendo la vibración de una tierra que suena a madera, a tambora y a cantos de monte.

Totó fue la gran tejedora de ese puente. Su legado es el recordatorio de que la cultura no es un producto estático para consumir en un mostrador, sino un proceso social que respira, sufre y sobrevive a la violencia histórica.

Su fallecimiento deja una herencia inmensa pero frágil. Mientras los hoteles se llenan y las rutas culturales se promocionan en ferias internacionales, las comunidades que dieron origen a esos sonidos siguen lidiando con el olvido estatal.

La mejor forma de honrar a la cantadora que puso a bailar a los académicos del Premio Nobel en 1982 no es la nostalgia de mármol, sino asegurar que el flujo del turismo cultural irrigue con justicia a los herederos de su tambor.

La candela viva que Totó encendió sigue ardiendo en cada rincón del Caribe; queda en manos de los vivos evitar que el mercado la convierta en una simple ceniza de souvenir.

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