Cali: Cuando el barrio se vuelve mundo.

El eco de los tambores ya no solo retumba en las laderas de Siloé o en las baldosas gastadas de la novena; ahora resuena en las playas de Río de Janeiro, donde el asfalto caleño se impuso sobre la frialdad de los algoritmos.

Cali, la ciudad que muchos insisten en narrar solo desde la herida, acaba de dar un golpe de autoridad en los Premios Iberoamericanos de Destinos Turísticos Inteligentes.

Y no, no se trata de haber instalado más cámaras de seguridad o de llenar las calles de códigos QR. La «inteligencia» de la que hoy se habla en el FIDI 2026 tiene olor a guaguancó y raíces de ceiba.

El Obrero: La resurrección de la esquina. 

Hubo un tiempo en que el Barrio Obrero era visto como el rincón de los nostálgicos, un laberinto de fachadas que guardaban el secreto de la salsa que ya no se fabricaba.

Pero el patrimonio, cuando no se embalsama en museos polvorientos, muerde. La intervención de más de 9.000 metros cuadrados de espacio urbano —una cirugía a corazón abierto con una inversión de 20.000 millones de pesos— ha transformado el sector en un «modelo de patrimonio vivo».

En el Obrero, 39 emprendimientos han dejado de sobrevivir para empezar a liderar. Allí, la salsa no es un souvenir de plástico; es el motor que mueve la economía de barrio, dignificando al zapatero que hace el botín de baile y a la matrona que sirve el sancocho tras la descarga.

Ganar en la categoría de Patrimonio en Brasil es el reconocimiento a una verdad local: Cali no necesita inventarse parques temáticos porque la ciudad misma es el escenario.

El Obrero es hoy la prueba de que el turismo puede ser una herramienta de recuperación urbana sin expulsar a quienes construyeron la identidad del lugar.

Voces de la tierra en la jungla de cemento. 

Pero si el Obrero es el pulso, el proyecto «Territorios Ancestrales» es el alma. En un país que históricamente ha empujado a sus comunidades indígenas a los márgenes, Cali decidió integrarlas al relato del viajero.

El primer lugar en la categoría de Inclusión no es un saludo a la bandera; es el resultado de sentar a la mesa a ocho comunidades indígenas y 35 emprendimientos que hablan siete idiomas propios.

Aquí la metodología no fue el «marketing» agresivo, sino el consentimiento previo y la gobernanza comunitaria.

Es turismo que respeta el silencio y la cosmogonía, que entiende que el desarrollo económico no tiene por qué pisotear el saber ancestral.

Ver a Cali posicionarse como referente de sostenibilidad social en Iberoamérica es ver a una ciudad reconciliándose con su diversidad, entendiendo que la verdadera «competitividad» está en ser auténticos.

El turismo como redención. 

María Fernanda Campuzano, secretaria de Turismo, lo dice con la claridad de quien sabe que los premios son solo el síntoma: «En Cali el turismo se construye desde el desarrollo económico de los territorios».

Es una apuesta política —en el sentido más noble de la palabra— de la administración de Alejandro Eder. El turismo aquí ya no se entiende como el conteo de extranjeros que bajan de un avión, sino como la capacidad de que ese visitante deje progreso en la comuna, en el cabildo, en la escuela de baile.

Cali regresa de Río con dos trofeos en la maleta, pero lo que realmente trae es una hoja de ruta. Ha demostrado que se puede ser un destino «inteligente» siendo profundamente humano.

Mientras otras ciudades venden fachadas de cristal y acero, Cali vende piel, historia y resistencia. La Red Iberoamericana de Destinos ahora mira al Valle del Cauca, no para ver cómo bailamos, sino para aprender cómo estamos transformando el territorio desde lo que siempre hemos sido: un pueblo que, ante la adversidad, siempre elige la alegría como su mayor acto de rebeldía.

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