El día 14 de junio se realizará el papayoging de la asociación la papaya.

El sol de las siete de la mañana en Cali no pide permiso; se te pega a la piel con la misma densidad del aire que sube desde el asfalto.

Al borde del río Cali, allí donde el agua intenta recordar que alguna vez fue virgen antes de cruzar los puentes de concreto, un gentío atípico rompe la inercia del fin de semana.

No llevan carteles políticos ni reclamos ensordecedores. Llevan tenis gastados, ropa deportiva y, en las manos, bolsas de basura vacías que pesan como una promesa.

Es el escenario del *Papayogging*, la carrera de los raros, los tercos, los que decidieron que la indiferencia también se puede combatir trotando.

La iniciativa, parida en las entrañas de la Asociación La Papaya —ese ecosistema de soñadores urbanos que lidera el arquitecto Felipe Velásquez—, suena en el papel a utopía de escritorio: un deporte medioambiental que consiste en recorrer ocho kilómetros de la ronda del río recogiendo lo que otros tiraron.

En la práctica, es un sacudón a la desidia caleña. Una coreografía de cuerpos que se agachan, esquivan ramas y desentierran del lodo botellas de plástico, icopor, llantas viejas y colillas de cigarrillo.

El río Cali, que según las alarmas de la Procuraduría ya arrastra trazas de plomo y mercurio en sus venas altas, recibe esta mañana un bálsamo de manos ciudadanas.

Pero el truco del *Papayogging* no se queda en el sudor ni en el romanticismo del voluntariado. El verdadero quiebre del sistema ocurre cuando la basura pasa por la báscula de los Guardianes del Río, jóvenes de zonas vulnerables de las riberas que han encontrado en la asociación un refugio contra la violencia urbana.

Allí, el plástico mugriento se transmuta. Por cada kilo de residuos rescatados de la corriente, la plataforma digital de La Papaya te inyecta mil «papayos» en tu cuenta.

¿Qué es un papayo? Es una moneda alternativa, un desafío directo al monopolio del dinero electrónico convencional.

Un billete invisible respaldado no por el oro de los bancos ni por la especulación de Wall Street, sino por el peso real de la contaminación extraída de la tierra.

Con esos papayos en el celular, el corredor que acaba de romperse la espalda sacando un colchón viejo del agua puede ir a entrenar a cadenas de gimnasios como Bodytech, pagar servicios o comprar productos locales.

La ecología deja de ser un sermón dominical para convertirse en transacciones tangibles. El residuo, la escoria de la sociedad de consumo, se vuelve riqueza comunitaria.

A lo largo del trayecto, que conecta los relatos verdes del Zoológico con el eco obrero del barrio Floralia, se ve de todo.

Colegiales que descubren con asombro que los empaques de dulces que tiran en el recreo terminan flotando frente a sus ojos; ancianos que recuerdan cuando el río era un balneario de aguas cristalinas; y atletas de alto rendimiento que alteran su ritmo cardíaco para agacharse a recoger un pedazo de lona.

Ya van más de veintiuna toneladas de basura arrancadas a los matorrales en la historia de estas jornadas. Tres toneladas tan solo en la última gran convocatoria, donde más de cuatrocientas cincuenta almas corrieron con el corazón sintonizado al rumor del agua.

Al final de la jornada, el paisaje cambia de piel. Las orillas lucen un verde más limpio, más respirable, despojadas de ese gris artificial que el olvido les siembra a diario.

Los rostros de los participantes están cubiertos de hollín, tierra y sudor pegajoso, pero hay una extraña lucidez en sus miradas.

Al mirar sus teléfonos y ver el saldo de sus billeteras digitales expresado en papayos, entienden que el juego de la economía se puede hackear desde la empatía.

El Papayogging no es solo una carrera limpia-ríos; es una declaración estética y política. Es demostrarle a una ciudad fragmentada que cuando el cuerpo y el espíritu se agachan juntos por el territorio, el tejido social se remienda.

Mientras el agua sigue su curso hacia el río Cauca, un poco más libre, un poco menos asfixiada, en el ambiente queda flotando una certeza silenciosa: para cambiar el rumbo de una ciudad, a veces solo se necesita empezar a correr por sus heridas.

Si te interesa ser parte del papayogin únete acá:

https://www.lapapaya.org/registrations.html

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