Etiqueta: Medios alternativos

  • Crónica de un indigena que no se arrodilló

     

     

    No hubo óleos, ni bóvedas frías, ni padrenuestros de sacristía. El 7 de octubre de 1967, en Ortega, Tolima, el párroco cerró las puertas de su cementerio a Manuel Quintín Lame Chantre.

    Un último portazo de la Iglesia a quien pasó 18 años, 7 meses y 21 días en cárceles colombianas por defender la tierra de los suyos.

    Pero qué mejor epitafio: las naciones originarias no son de santos óleos. Son de barro, de espíritus mayores, de tumbas clandestinas en la lomita marginal del río.

    La cruz reza: «Aquí duerme el indio casique… Fue el hombre que no se humillo a la in-Justicia».

    Quintín fue frentero. Frente al presidente Guillermo León Valencia —familiar de la innombrable— y frente al poeta Guillermo Valencia, autor del poema «Anarkos».

    El telegrama presidencial lo llamó «indio de carácter horrible, pícaro y estafador». Su respuesta fue un latigazo: «No acepto los insultos que me hace. Pero si la pluma del Doctor Valencia sirve para escribir ‘Anarcos’, la pluma del indio Manuel Quintín Lame servirá para defender a Colombia».

    Esa pluma no era de tinta. Era de hacha, de hoz, de güinche. Nacido en 1880 en la hacienda La Polindara, supo del terraje, del trabajo no remunerado, de la hermana violada por guerreros republicanos.

    Aprendió a leer con su tío cojo y periódicos viejos, y con el Código Civil en mano se volvió abogado de los desposeídos.

    En 1914 movilizó a los indígenas del Cauca contra la extinción de los resguardos. En 1922 fundó San José de Indias en el Tolima. Recuperó tierras, organizó cabildos, desafió a la aristocracia payanesa que lo veía como un riesgo electoral.

    Murió pobre, en su casita del barrio La Vega. Lo enterraron los indígenas, no la Iglesia. Su cuerpo no descansa en suelo sagrado, sino en el cerro de Los Avechucos, en un cementerio indígena.

    La implicación es demoledora: el Estado y la Iglesia, aliados históricos del despojo, no pudieron domesticarlo ni muerto. Quintín Lame no es un santo de vitral.

    Es una piedra en el zapato del poder, un recordatorio de que la tierra se defiende con la pluma, con el cuerpo y con la memoria. La pluma del indio sigue escribiendo.

  • El artivismo o cómo rockear desde el sofá.

     

     

    Rock al Parque siempre fue barricada, sudor y consigna. Pero hoy, con el trabajo remoto como nueva normalidad, el artivismo mutó. Ya no hace falta estar frente al escenario para sentir el riff de la resistencia.

     

    El artivismo es arte que muerde. Es la guitarra que se convierte en pancarta, el bajo que retumba como consigna, la batería que marca el pulso de una generación harta.

    Y en tiempos de Zoom y Slack, el activismo creativo encontró su propio lenguaje: playlists con mensaje, streams benéficos, ilustraciones que viralizan lo que los medios callan.

    Rock al Parque fue durante años el altar del artivismo bogotano. Allí, entre miles de almas, el punk, el metal y la fusión se volvieron herramienta política.

    Pero la pandemia nos encerró. El trabajo remoto nos volvió cyborgs de escritorio, y el escenario se trasladó a la pantalla. ¿Perdimos el rugido? No. Lo transformamos.

    Hoy, el artivismo se teje desde casa: diseñadores gráficos que convierten datos en afiches, músicos que samplean discursos presidenciales, colectivos que organizan festivales virtuales con causa.

    El arte ya no solo se exhibe: se acciona. Y el trabajo remoto, lejos de apagar la llama, le dio un nuevo amplificador.

    Porque el artivismo no es un género. Es una postura. Es decidir que tu obra no sea complaciente.

    Que tu home studio sea trinchera. Que tu playlist sea manifiesto. Que tu jornada laboral remota termine y empiece el ruido.

    Rock al Parque nos enseñó que la música puede ser multitud. El trabajo remoto nos enseñó que la multitud puede ser red. El artivismo es el puente: arte que incomoda, que organiza, que resiste. Desde un escenario o desde una silla ergonómica.

    Así que no apagues la cámara. Enciende la distorsión. El arte que no cuestiona es decoración. Y el artivismo, incluso en pijama, sigue siendo el riff más peligroso.

  • Biff 12. Bogotá se toma las pantallas.

     

    Del 8 al 14 de octubre, Bogotá se convierte en el epicentro del cine mundial con la edición 12 del Bogotá International Film Festival (BIFF).

    El certamen reafirma su carácter urbano, vibrante y provocador con 61 películas y más de 150 funciones. Pero va más allá de la sala oscura: invita a habitar la ciudad a través de nuevos realizadores.

    Como dice Andrés Bayona, director del festival, un festival no es solo una pantalla encendida, sino la excusa para provocar conversaciones, pensar otros mundos posibles y confirmar que las grandes historias nacen cuando miramos de frente nuestra realidad. Bogotá no solo recibe al cine, lo camina, lo habita y lo cuestiona en sus calles y plazas.

    La experiencia cinematográfica incluye 61 historias para 7 días, con dramas intimistas y documentales que cuestionan nuestra realidad. La franja académica BIFF BANG se realiza en la Cinemateca de Bogotá a las 11:00 a.m.

    El sábado 10, Cortos que llegan lejos analiza cómo un cortometraje da el salto a la gran pantalla con Salim Jaller, Nicolás Valencia, Duván Duque y Juan Miguel Gelacio.

    El domingo 11, De la mirada propia a una forma de cine explora autoría e intuición con Meritxell Colell, Blerta Basholli e Ione Hernández, moderadas por Cristina Gallego.

    El lunes 12, El cine como camino de regreso reúne a Juan Andrés Arango, Nicolás Rincón Gille y Julia Peralta para hablar de migración y pertenencia. El miércoles 14, Construir un mundo para la cámara desde la actuación cuenta con Claudio Cataño, Jaisson Jeack y Héctor Sánchez.

    Para la industria, del 7 al 9 de octubre se realiza Bogotá Creative Connect en la Cámara de Comercio de Bogotá.

    El BIFF Producers Club reúne a productores y agentes internacionales para pitch, think tanks y paneles. Entre los paneles de entrada libre están ¿Puede Iberoamérica crear su propio circuito?,

    con José Luis Rebordinos, Edward Venero y Margarita Díaz; Del trópico al norte: industria documental y coproducción, con Anders Riis-Hansen y Danniela Castro;

    Arquitectura de lo invisible: Montaje y Producción, con Dago García, María Clara García y Diana Camargo; y Del estreno al scroll: marketing y distribución, con Consuelo Castillo, Mateo Ramírez e Iván Acosta.

    El BIFF no es solo un evento: es una experiencia que se vive. Consulta la programación en BIFF.co y prepárate para mirar de frente nuestra realidad a través de la pantalla.

  • tu labor social suena en Oriente Estéreo 96.0 FM.

    No es un concierto, pero tiene intro de guitarra. La Plataforma de Juventudes, la Red Cultural y la Emisora Oriente Estéreo 96.0 FM Cali se juntan para lanzar una convocatoria dirigida a estudiantes de 9°, 10° y 11°.

    La idea: que el servicio social deje de ser un trámite apagado y se convierta en un riff de comunicación, cultura y trabajo comunitario.

    Olvídate de las fotocopias y las oficinas grises. Aquí el requisito académico se amplifica. Los seleccionados podrán participar en procesos de comunicación comunitaria de la mano de Oriente Estéreo.

    Integrarse a las actividades de la Red Cultural y desarrollar competencias sociales, comunicativas y de trabajo en equipo. Todo en un ambiente formativo, real y con actitud.

    La alianza suena a power trío: Plataforma de Juventudes, Red Cultural y Oriente Estéreo. Juntos abren un espacio dinámico, creativo y comprometido con la comunidad.

    La meta no es solo sumar horas. Es vivir una experiencia transformadora, conectar con el barrio, con la gente, con los micrófonos y con los sueños.

    El llamado es para quienes quieran salir de la zona de confort. Para quienes entiendan que la labor social no es un requisito muerto, sino una posibilidad de crecer y aportar.

    La inscripción ya está abierta. Solo hay que marcar un número: 311 332 8558. Ahí darán los detalles, los requisitos y el backstage de esta movida.

    Desde la Asociación Agencia Chicas Comunicativas y la Red Cultural –que teje sueños, dice su lema– el mensaje es directo: ¡Los esperamos! No hay excusas. Si estás en media, esto es para ti. La música de la comunidad suena fuerte. Y tú puedes ser parte del coro.

    Así que afina la guitarra, agarra el bolígrafo y apunta el número. El servicio social puede ser aburrido… o puede ser tu primer gran escenario. Tú decides.

  • Ya estamos en el grupo de culturas vivas donde hay que estar.

    Se juntan los colectivos. Se sacan la foto. Se abrazan. Se prometen horizontalidad, redes, territorio, diversidad. Y suena lindo.

    Suena a mística, a cultura popular, a “acá estamos todos”. Pero cuando se apaga la cámara, la cosa cambia. Los que organizan siguen organizando. Los que deciden siguen decidiendo.

    Y los que laburan en el barrio, los que ponen el cuerpo en los talleres, los que sostienen los espacios a pulmón, quedan mirando de afuera. Otra vez.

    No es que la unión sea mala. La unión es necesaria. Pero la unión sin verdad es una cáscara. Y en Culturas Vivas hay mucha cáscara. Mucha corrupción.

    Mucho manejo opaco. Mucha plata que entra y no se sabe dónde va. Muchos proyectos que se caen. Muchos nombres que se repiten. Muchas voces que se apagan cuando incomodan.

    Yo no vengo a romper la olla. Vengo a decir lo que veo. Y lo que veo es que la cultura no se defiende con poses ni con pancartas que después se guardan en la oficina.

    Se defiende con transparencia, con rendición de cuentas, con respeto por el laburo de cada colectivo. No con dedazos, no con amiguismos, no con “vos no estás en la lista”.

    Ya puse la denuncia allí. En Culturas Vivas. No lo hice por capricho. Lo hice porque no me da igual. Porque creo que la cultura es del pueblo, no de un grupito. Porque si la unión de colectivos se convierte en una jaula, entonces no es unión: es choreo con buenas intenciones.

    Que quede claro: no estoy en contra de los colectivos. Estoy en contra de la corrupción que se disfraza de colectivo.

    Estoy en contra de los que usan la palabra “comunidad” para llenarse la boca y el bolsillo. Estoy en contra de los que dicen “todos juntos” pero después no sueltan el timón ni aunque el barco se hunda.

    Si de verdad queremos Culturas Vivas, empecemos por la verdad. Que se abran los libros. Que se sepan los criterios. Que los espacios sean de todos, no de los mismos de siempre.

    Que el que la hace, la pague. Y que el rock no sea una estética, sino una actitud: decir lo que pasa, aunque duela, aunque incomode, aunque te dejen afuera.

    Unión de colectivos, sí. Pero con la verdad. Sin corrupción. Sin mermelada. Sin caretas. Porque si la cultura se muere, que no sea por culpa de los que decían defenderla.

    Y si esto suena fuerte, es porque tiene que sonar fuerte. No es una canción. Es una denuncia. Es memoria. Es calle. Es rock.

  • Socialdemocracia profunda. Es necesaria.

     

    Bien.  vamos a hablar claro. Últimamente parece que todo el mundo tiene la receta mágica para arreglar el mundo. Por un lado, los que te dicen que la solución es romperlo todo, quemar el sistema y empezar de cero.

    Por otro, los que pretenden que volvamos a los años 80, a ese neoliberalismo salvaje que nos prometió que si trabajábamos 14 horas al día y renunciábamos a todo, seríamos felices.

    Y en medio, los socialdemócratas. Sí, esos que a veces parecemos el primo aburrido de la fiesta, el que intenta poner orden mientras los demás se pelean.

    Pero espera. La socialdemocracia no es aburrida. O no debería serlo. La socialdemocracia profunda es la única alternativa seria que queda. Y no, no hablo de ese social liberalismo descafeinado que solo gestiona la miseria con una sonrisa.

    Hablo de algo más grande: de equilibrio. Y el equilibrio no es quedarse en el medio por miedo, ni ser tibio, ni traicionar principios. El equilibrio es la tensión dinámica entre libertad e igualdad, entre mercado y estado, entre lo individual y lo colectivo. Es la capacidad de sostener esa cuerda sin que se rompa.

    ¿Por qué es esto transformador? Porque el capitalismo desatado nos está devorando. Nos vende la libertad como consumo, la meritocracia como excusa para que los ricos sigan ganando, y la competitividad como única forma de existir.

    Y la izquierda radical, con todo su ruido, a veces olvida que la gente no quiere una revolución que le quite el pan, sino una vida digna. La socialdemocracia profunda entiende eso.

    No promete el paraíso en la tierra, pero sí un suelo firme: sanidad, educación, vivienda, derechos laborales, una red que no te deje caer. Y a la vez, no te ahoga con impuestos asfixiantes ni te dice cómo vivir.

    Transformar la sociedad no es hacer una revolución de cartón o un ajuste brutal. Es construir un equilibrio real: que el mercado funcione, pero con reglas; que el estado proteja, pero sin ser un monstruo burocrático; que la libertad sea de todos, no solo de los que tienen dinero.

    Eso es socialdemocracia profunda. No es glamuroso, no te da titulares épicos, pero es lo único que ha demostrado que se puede mejorar la vida de la mayoría sin destruir el país.

    Así que dejémonos de cuentos. Ni comunismo de salón ni neoliberalismo de multinacional. Equilibrio. Socialdemocracia profunda.

    Transformación real. Y sí, suena menos épico que una barricada, pero es lo que necesitamos para no acabar en la mierda. O eso, o seguimos bailando al son de los que nos quieren divididos. Tú decides.

    Y nosotros elegimos la socialdemocracia profunda como mira Lee.

  • Cine en la cuerda floja.

     

    La sala olía a café recalentado y a nervios. En la mesa, tres cineastas, una productora y un moderador que abrió con una pregunta que no era retórica:

    ¿se puede hacer cine libre cuando el dinero y el poder escriben el guion? La respuesta, durante casi dos horas, fue un no con matices. Una crónica de resistencia.

    Primero, la financiación. No es un detalle administrativo: es el primer filtro. Quién paga decide qué historias existen y cuáles se quedan en el cajón. La distribución remata: si no te ven, no existes.

    En Venezuela lo saben bien. Hablaron de censura, de exilio, de películas que solo pudieron estrenarse fuera. En Francia, la ultraderecha no necesita prohibir: amenaza, hostiga, corre el margen. El resultado es el mismo: creadores que se van o que se callan.

    Colombia apareció como laboratorio. Un país que ha intentado proteger su cine con leyes y fondos, pero que tiembla cada vez que cambia el gobierno.

    La pregunta flotó: ¿cuánto dura un modelo de protección cuando la ideología del poder muta? Nadie se atrevió a dar una fecha.

    Después vino lo más incómodo: la autocensura. No hace falta un decreto si el miedo se instala en la sala de montaje.

    Los cineastas lo dijeron sin adornos: el mercado exige representaciones digeribles, exotizadas, vendibles. Pero una cultura que no se representa a sí misma, con sus contradicciones y heridas, termina siendo representada por otros.

    La salida no fue heroica. Fue comunitaria. Solidaridad entre pares, diálogo con públicos, pedagogía para desactivar el miedo.

    No se trata de esperar que el Estado o el mercado se apiaden. Se trata de tejer redes que sostengan lo frágil. Porque el cine, cuando es libre, no es entretenimiento: es memoria, es espejo, es trinchera.

    La mesa terminó sin conclusiones felices. Solo con una certeza: mientras alguien encienda una cámara sin pedir permiso, habrá algo que rescatar. Y eso, en tiempos de ruido, ya es una forma de libertad.

  • Cómo volvernos tiernos?

     

    Son las tres de la mañana y el mundo sigue gritando. Afuera, la ciudad hace lo de siempre: apura, empuja, cobra.

    Adentro, un texto de Lilian Silva publicado en Quira Medios me agarra del cuello con guante blanco. Se llama «La ternura como desobediencia» y yo entro pensando en tarjetas de felicitación, en ositos, en cursilería de domingo. Salgo pensando en otra cosa.

    Porque el diagnóstico es brutal: la violencia se nos volvió idioma. Lo que no entendemos, lo rompemos. Cuerpos, ríos, animales, memoria: todo puesto al servicio de la rabia o del desprecio.

    Y ahí va la frase que me deja sordo un rato: confundimos la fuerza con la capacidad de hacer daño. Cuántas veces toqué fuerte y creí que estaba tocando bien.

    Silva no pide que nos abracemos. Pide que miremos. La ternura, dice, es atención: reconocer que la existencia del otro no me pertenece. Cuidar la planta. Escuchar al que habla lento. Tocar sin querer agarrar. Decir «te quiero» y también «perdóname».

    Y esa línea que me parte: ya no tienes que soportarlo todo.

    Después llegan los fantasmas de siempre: Nussbaum diciendo que la vida buena es frágil; Tronto bajando el cuidado del cielo privado al terreno político, contra el mercado que todo lo quiere desechable.

    Y Le Guin, con su bolsa, su recipiente, su teoría del cuento: no la lanza del héroe, sino la bolsa de la que junta lo que otros dejan caer.

    Ahí entiendo. La ternura no es acústico suave de ascensor. Es riff distorsionado. Se puede tener rabia y ser tierno. Se puede decir no, poner límites, defenderse. No es falta de fuerza: es otra forma de ejercerla.

    En una cultura que premia la dureza, no volverse brutal después de ver la brutalidad es un acto punk. Casi un himno.

    Apago el teléfono. Afuera sigue el ruido. Yo, por primera vez en semanas, bajo el volumen.

  • Mora anunciada? Crónica de la cultura.

     

     

     

     

    A las 11:00 a.m. del lunes 21 de septiembre, frente al Ministerio de las Culturas, Las Artes y los Saberes, en la Carrera 8 #8-55, Bogotá, se respiró un aire de expectativa y de mora. La convocatoria no era un comunicado cualquiera: era una movilización con tipografía rojo y negro. Rojo de rabia, negro de deuda.

    El afiche lo anunciaba todo: exigir el reconocimiento y respeto al trabajo de los artistas y gestores culturales, y proclamar la dignificación de su oficio. Pero el reclamo central era uno: el cumplimiento en el pago de los desembolsos de los proyectos ganadores del año 2026. Sí, 2026. Los ganadores ya ganaron, pero el dinero sigue en el limbo.

    La escena era digna de Les Luthiers. Un artista plástico sostenía un cartel con la consigna «El arte y la cultura no viven de milagros». A su lado, una gestora cultural coreaba «Sin artistas no hay cultura».

    Y un músico, con un instrumento informal, entonaba: “Desembolso, desembolso, por qué no me desembolsas…” La multitud respondía: “¡Porque no hay plata!”. Otro, con voz de tenor desafinado, añadía: “La mora es un estado del alma, pero también es un estado de cuenta”.

    De pronto, un funcionario asomó por una ventana del Ministerio. Los manifestantes contuvieron la respiración. El funcionario dijo: “Vuelvan en 2027”. Y cerró la ventana. Entonces, el coro de gestores, en tono de zarzuela, cantó:

    “El arte no vive de milagros, pero los milagros tampoco viven del arte”. La tipografía roja y negra, mientras tanto, seguía ahí, llamativa, como recordando que la mora en la entrega de estímulos económicos asignados al sector cultural en Bogotá no es una abstracción: es un drama con fechas y nombres.

    La crónica se escribe sola: a las 11:00 a.m., en Bogotá, los artistas y gestores culturales recordaron al gobierno que sin artistas no hay cultura, y que la cultura no se financia con buenas intenciones.

    Se necesita desembolso. Y mientras el Ministerio de las Culturas, Las Artes y los Saberes no pague, la movilización seguirá. Porque el arte puede ser abstracto, pero el arriendo no. Y el mercado no acepta milagros como moneda.

    Así terminó la jornada: con pancartas rojas y negras, consignas, y la certeza de que el lunes 21 de septiembre quedará en la historia no por el pago, sino por la mora. Como decía un gestor cultural: “Nos deben desde 2026. A este paso, nos van a pagar en 3026”. Y no era un chiste. Era una crónica.

  • El amor no duele de Doly Enriquez.

     

    El amor no debería hacerte sentir pequeña-o. Léelo otra vez. Si en esa relación te sientes sin voz, con miedo de hablar, con la sensación de que siempre tienes que adaptarte para evitar el conflicto… eso no es amor. Eso es dominación disfrazada de cariño.

    El amor sano te da espacio, no te lo quita. Te deja ser quien eres sin reducirte para encajar. Si estar con alguien significa callarte por miedo a su reacción, sentir que nunca tienes la razón, que tus emociones no importan… ahí no hay amor, hay control.

    Y lo peor es que empieza sutil. Primero cedes en pequeñas decisiones. Luego vienen los comentarios que minan tu confianza. Hasta que un día despiertas y descubres que en esa relación solo hay un protagonista, y tú te convertiste en espectador-a de tu propia vida.

    El amor que vale la pena es el que te hace sentir grande. No superior, sino pleno. Un amor donde te sientes visto, escuchado, valorado. Donde puedes expresarte sin miedo, donde tu opinión importa, donde no tienes que moldearte constantemente para no incomodar.

    Desde la psicología lo sabemos: una relación saludable se basa en equidad, respeto mutuo y seguridad emocional. Las relaciones donde uno domina y el otro se anula deterioran la autoestima, desequilibran el poder y confunden la dependencia emocional con amor.

    Si el amor te hace sentir pequeña-o, algo no está bien. Y aunque duela admitirlo, no es tu trabajo hacerte más fuerte para soportarlo. Es cuestionarte por qué sigues ahí.

    El amor no debería ser una lucha constante por ser visto. Si tienes que pedir reconocimiento, si cada palabra tuya pesa menos que las del otro, si el vínculo te consume en vez de nutrirte… eso no es amor. Es sometimiento emocional.

    Mereces un amor que te haga sentir grande. No porque te endiose, sino porque te respete. Un amor donde puedas hablar sin calcular cada palabra. Donde no tengas que luchar por un espacio que debería ser tuyo desde el principio. Alguien que te valore sin que tengas que demostrar nada. Que no te pida achicarte para brillar más.

    Porque el amor de verdad no te reduce. Te expande.