
Se juntan los colectivos. Se sacan la foto. Se abrazan. Se prometen horizontalidad, redes, territorio, diversidad. Y suena lindo.
Suena a mística, a cultura popular, a “acá estamos todos”. Pero cuando se apaga la cámara, la cosa cambia. Los que organizan siguen organizando. Los que deciden siguen decidiendo.
Y los que laburan en el barrio, los que ponen el cuerpo en los talleres, los que sostienen los espacios a pulmón, quedan mirando de afuera. Otra vez.
No es que la unión sea mala. La unión es necesaria. Pero la unión sin verdad es una cáscara. Y en Culturas Vivas hay mucha cáscara. Mucha corrupción.
Mucho manejo opaco. Mucha plata que entra y no se sabe dónde va. Muchos proyectos que se caen. Muchos nombres que se repiten. Muchas voces que se apagan cuando incomodan.
Yo no vengo a romper la olla. Vengo a decir lo que veo. Y lo que veo es que la cultura no se defiende con poses ni con pancartas que después se guardan en la oficina.
Se defiende con transparencia, con rendición de cuentas, con respeto por el laburo de cada colectivo. No con dedazos, no con amiguismos, no con “vos no estás en la lista”.
Ya puse la denuncia allí. En Culturas Vivas. No lo hice por capricho. Lo hice porque no me da igual. Porque creo que la cultura es del pueblo, no de un grupito. Porque si la unión de colectivos se convierte en una jaula, entonces no es unión: es choreo con buenas intenciones.
Que quede claro: no estoy en contra de los colectivos. Estoy en contra de la corrupción que se disfraza de colectivo.
Estoy en contra de los que usan la palabra “comunidad” para llenarse la boca y el bolsillo. Estoy en contra de los que dicen “todos juntos” pero después no sueltan el timón ni aunque el barco se hunda.
Si de verdad queremos Culturas Vivas, empecemos por la verdad. Que se abran los libros. Que se sepan los criterios. Que los espacios sean de todos, no de los mismos de siempre.
Que el que la hace, la pague. Y que el rock no sea una estética, sino una actitud: decir lo que pasa, aunque duela, aunque incomode, aunque te dejen afuera.
Unión de colectivos, sí. Pero con la verdad. Sin corrupción. Sin mermelada. Sin caretas. Porque si la cultura se muere, que no sea por culpa de los que decían defenderla.
Y si esto suena fuerte, es porque tiene que sonar fuerte. No es una canción. Es una denuncia. Es memoria. Es calle. Es rock.
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