Etiqueta: noticias arte

  • El BIFF convoca a productores de largometraje en desarrollo.

    El BIFF convoca a productores de largometraje en desarrollo.

    Hay festivales que son vitrinas de vanidades, pasarelas de alfombra roja donde el cine se consume como si fuera comida rápida.

    Y luego están las trincheras. Esas esquinas del mapa donde hacer una película no es una cuestión de ego, sino un acto de pura supervivencia cultural.

    En este 2026 de pantallas saturadas y algoritmos dictando qué debemos ver, el Bogotá International Film Festival (BIFF) acaba de activar sus motores para su duodécima edición.

    Pero no lo hace con fuegos artificiales vacíos. Lo hace con una declaración de intenciones que huele a asfalto, a oficina, a café trasnochado y a la búsqueda obsesiva de la próxima gran historia iberoamericana.

    La metamorfosis ha comenzado: el viejo *BIFF LAB* ha muerto. En su lugar, emerge el BIFF Producers Club.

    El cambio de nombre no es un mero capricho de marketing; es un giro estratégico hacia el corazón del problema. En el cine, el guion es el mapa, pero el productor es el que consigue la gasolina.

    La letra chica del talento: Un filtro para sobrevivientes.  

    Bogotá no está buscando soñadores ingenuos; está buscando cirujanos del celuloide. La convocatoria, abierta desde el 25 de mayo hasta el 20 de junio, no es apta para aficionados.

    Las reglas del juego son claras, estrictas y transparentes, como debe ser cualquier convocatoria pública que se respete:

    – Trayectoria real: Empresas productoras con mínimo tres años de constitución legal.

    – Espalda financiera: Demostrar un portafolio de al menos tres largometrajes ya estrenados.

    – Proyectos sólidos: Ficciones de mínimo 70 minutos, con un guion maduro (mínimo en tercera versión) y el 10% de la financiación ya amarrada.

    – El criterio del jurado: Aquí no se premian las buenas intenciones. Un comité riguroso evaluará la originalidad del tratamiento visual, la coherencia del desarrollo y una viabilidad financiera que garantice que la película sea una realidad en un plazo máximo de tres años. Cine posible, no promesas rotas.

    Este blindaje institucional no es un esfuerzo aislado. Detrás del blindaje del *Producers Club* se teje una red donde se encuentran la Secretaría de Cultura, el Macrosector de Industrias Creativas de la Cámara de Comercio y la Comisión Fílmica de Bogotá (Idartes). Cooperación pública y privada real, lejos de la burocracia paralizante.

    Tres días de octubre en el epicentro del caos creativo.  

    Quienes logren pasar el filtro no irán a Bogotá a pasear. En octubre, bajo el ala del Bogotá Creative Connect, los seleccionados se encerrarán durante tres días en una maratón de supervivencia profesional.

    No habrá conferencias aburridas de manual. La agenda está diseñada como un campo de entrenamiento de alto nivel: Think Tanks para repensar el negocio, paneles de discusión sectorial, Fam Trips para entender la ciudad como un set vivo, y las siempre cruciales reuniones One-to-one.

    Citas a ciegas pero con inversores, distribuidores y expertos del audiovisual mundial programadas al milímetro.

    El objetivo colateral es claro: consolidar a Bogotá no solo como una locación bonita, sino como el verdadero cerebro creativo de la región.

    El reloj ya corre. Hay tres semanas para postular, para demostrar que el cine iberoamericano tiene los dientes afilados y que las historias de este lado del mundo no necesitan pedir permiso para ser universales. Las bases están en la web del festival; la suerte, para los que se atrevan, ya está echada.

  • Día internacional de los museos.  Cuáles son las implicaciones de este día?

    Día internacional de los museos. Cuáles son las implicaciones de este día?

    El guardia de la entrada bosteza con la parsimonia de quien custodia siglos de polvo, pero adentro, el aire quema.

    No es el aire acondicionado; es la reverberación de una ciudad que se niega a ser un cementerio de objetos bellos.

    Durante décadas, nos vendieron la falsa premisa de que el museo era un templo de la pureza, un mausoleo para el deleite de las élites que podían descifrar el misterio de un lienzo abstracto mientras el mundo exterior se caía a pedazos. Qué soberbio error. Hoy, los muros han dejado de contener la respiración.

    El desarrollo cultural de una comunidad no se mide por el grosor del lomo de sus enciclopedias, sino por la porosidad de sus instituciones.

    Cuando un museo decide romper el cristal de su vitrina y mezclarse con el barro de la calle, deja de ser un depósito de nostalgia para convertirse en un motor de transformación irreversible.

    El quiebre del espejo sagrado.  

    Caminar por la sala principal de este recinto ya no se siente como una procesión silenciosa. En la esquina derecha, un grupo de jóvenes de la periferia discute sobre una instalación de arte contemporáneo que utiliza restos de chatarra industrial.

    No buscan la aprobación académica; buscan su propio reflejo. Uno de ellos señala un engranaje oxidado y dice: Eso estaba en el taller de mi viejo. En ese preciso instante, el arte cumple su verdadera función política: validar la existencia de los invisibles.

    El verdadero desarrollo cultural ocurre cuando el ciudadano común no va al museo a admirar el pasado de otros, sino a construir la dignidad de su propio presente.

    Cuando los museos asumen este rol, las implicaciones sociales se disparan como esquirlas. Ya no son meros atractivos turísticos para llenar estadísticas gubernamentales o folletos de agencias de viajes.

    Se transforman en laboratorios de resistencia simbólica. Al democratizar el acceso a la belleza y al pensamiento crítico, estas instituciones liman las asperezas de la desigualdad más violenta: la desigualdad del saber y del sentir.

    La memoria como trinchera. 

    Un pueblo sin museos vivos es un pueblo con amnesia programada, listo para ser moldeado por el consumo rápido y la amargura del olvido.

    Pero el desarrollo cultural a través de estos espacios no es un proceso pacífico ni complaciente.

    Es incómodo. Implica que el guion curatorial ya no lo escriben tres intelectuales encerrados en una oficina con olor a naftalina; ahora lo tensiona la comunidad, que exige ver sus dolores, sus revueltas y sus utopías colgadas en las paredes principales.

    El museo moderno, si quiere sobrevivir a la irrelevancia, debe ser impuro. Debe oler a asfalto, a debate, a contradicción.

    Debe ser el lugar donde las infancias descubren que la historia no es un libro cerrado con candado, sino una arcilla blanda que ellos también tienen derecho a moldear.

    Al caer la tarde, la luz se cuela de soslayo por los ventanales, tiñendo de oro las esculturas y los rostros de los visitantes que se resisten a marchar.

    El valor real de este espacio no se calcula en el precio de sus pólizas de seguro, sino en las conversaciones incómodas que la gente se lleva anotadas en los ojos al salir a la calle.

    Mientras el portón pesado se cierra lentamente, queda claro que la cultura no se desarrolla guardando las cenizas en vasijas sagradas, sino manteniendo el fuego encendido en medio de la tormenta. Y aquí dentro, por fortuna, todavía hay madera para arder.

  • Balance Educativo en la Región Pacífico: Inversión Histórica para Cerrar Brechas.

    Balance Educativo en la Región Pacífico: Inversión Histórica para Cerrar Brechas.

    El aire de Cali pesa, pero no por el calor, sino por el ritmo. En los callejones del Distrito de Aguablanca, el eco de una marimba de chonta no es solo folklore; es resistencia pura, una respuesta directa a décadas de silencio institucional.

    El Pacífico colombiano —ese territorio de manglares hondos, lluvias torrenciales y una dignidad inquebrantable que abraza al Valle, Cauca, Nariño y Chocó— está viviendo una mutación silenciosa. No viene de las armas, sino de los pupitres.

    Por años, la narrativa oficial confinó a esta región a las páginas de la marginalidad o al exotismo de vitrina cultural. Hoy, sin embargo, el relato se escribe con tinta de inversión y desparpajo juvenil.

    Los datos duros, esos que la burocracia suele congelar en archivadores, vibran en la calle: más de $12,7 billones destinados a la educación en el Valle del Cauca.

    Una cifra histórica que suena abstracta hasta que uno camina por los campus de la Universidad del Valle y descubre que el 93% de los estudiantes de pregrado ya no pagan un solo peso por su matrícula.

    Estudiar gratis en el rincón más vibrante y golpeado de Colombia ya no es una utopía de pancarta; es una realidad cotidiana.

    Pero la educación sin cultura es solo instrucción, un esqueleto sin carne. En el Pacífico, el saber entra por el cuerpo.

    Las 232 intervenciones en colegios públicos y el mobiliario nuevo no solo sostienen cuadernos; sostienen identidades. En municipios del litoral como Timbiquí, Caldono o Tumaco, donde el programa «Gobierno con el Pueblo» dejó casi tres mil computadores, la tecnología se cruza de frente con el arte ancestral.

    Los jóvenes usan las pantallas para programar, sí, pero también para registrar los cantos de las cantadoras de río, para producir beats de *salsa choke* o para editar cortometrajes que narran el racismo estructural que el propio Estado ahora reconoce en sus documentos oficiales.

    El nuevo CONPES para el Desarrollo Integral del Pacífico proyecta $12,35 billones a diez años. Una hoja de ruta ambiciosa que busca extirpar la exclusión étnico-racial.

    Sin embargo, los poetas locales y los colectivos artísticos de las barriadas miran las cifras con una saludable sospecha, una lucidez heredada de la calle.

    Saben que el papel lo aguanta todo, pero que el verdadero cambio ocurre cuando el presupuesto de alimentación escolar pasa de $70.000 millones a más de $120.000 millones en este 2026. Un estómago vacío no aprende, pero tampoco crea, ni baila, ni subvierte.

    El desafío real no está en el asfalto de las capitales, sino en la ruralidad profunda, donde el 92% de los recursos educativos aún se evaporan en el mero funcionamiento del sistema, dejando apenas un 8% para inversión real.

    Es allí, entre la manigua y el mar, donde la urgencia de una «pertinencia cultural» se vuelve vital.

    La escuela del Pacífico no puede ser un calco centralista; debe ser el espacio donde los saberes de los mayores, la partería, la pesca artesanal y la literatura afrocolombiana se gradúen con honores.

    Más de 6.000 muchachos saltan hoy del bachillerato directo a la universidad gracias a programas de articulación.

    Se están formando los nuevos cineastas, los ensayistas, los científicos y los líderes que ya no miran a Bogotá como el único norte posible.

    El Pacífico está educando a su propia vanguardia. Las aulas ya no son cárceles de tiza y tablero; son los nuevos escenarios de una contracultura que aprendió que la dignidad se financia, se defiende y se baila hasta el amanecer.

  • Casa arc: laboratorio del cine comunitario nacional.

    Casa arc: laboratorio del cine comunitario nacional.

    En el vertiginoso mercado de la atención, donde la comunicación suele reducirse a un ruido blanco de algoritmos y métricas vacías, existe un refugio en Bogotá que opera bajo una lógica distinta.

    No es una oficina, aunque allí se trabaje con la precisión de un relojero; no es una fábrica de contenido, aunque sus productos circulen por las venas de la cultura continental.

    Se trata de Casa ARC, un colectivo donde se han unido saberes que, tras dos décadas de existencia y consolidada este año, ha logrado lo que parece imposible en la era de la obsolescencia programada: construir un legado basado en el rigor y la honestidad.

    Fundada en 2005, pero consolidada este año, Casa ARC no nació para seguir tendencias, sino para fundar desde una ética del acompañamiento.

    Mientras el mundo se obsesionaba con lo efímero, el equipo liderado por Nicolás Acosta Alarcón, Litza Alarcón Romero y Samuel Acosta Alarcón decidió que la comunicación estratégica debía ser.

    ante todo, un acto de fe compartido además de un saber compartido entre comunicación, publicidad y producción audiovisual dónde todas las formas de saberes son bienvenidas.

    Su premisa es tan simple como radical: *»El legado no se hereda, se construye»*. (En este caso es generacional: las historias que están construyendo Lizbeth con sus hijos) lo han hecho ladrillo a ladrillo, habitando ese espacio gris —y a menudo ignorado— entre la intención de una marca y la sensibilidad de su audiencia.

    Entrar en la narrativa de Casa ARC es recorrer una arquitectura de «Portones». No son secciones departamentales en el sentido burocrático, sino habitaciones especializadas donde los proyectos respiran. El Portón de Cine quizás su faceta más romántica y a la vez técnica, ha sido el útero de más de cien películas.

    En un país como Colombia, donde hacer cine es un acto de heroísmo cotidiano, Casa ARC se ha erigido como el aliado silencioso que sabe transformar un guion en un fenómeno cultural.

    No se limitan a «vender» una película; la habitan, comprenden su pulso y la traducen para un público que busca algo más que entretenimiento.

    Pero el santuario no se queda en la oscuridad de la sala de proyección. Se expande hacia el Turismo y la Cultura, entendiendo que viajar y crear son formas gemelas de la curiosidad humana.

    Aquí, la comunicación abandona el tono transaccional para convertirse en un relato de identidad. Y en su Sala de Prensa el ejercicio periodístico recupera su sello editorial, ese criterio que se ha perdido en la carrera por el clic fácil.

    Hay una elegancia casi anacrónica en su forma de gestionar la información: prefieren la claridad al estruendo, la esencia al artificio.

    Lo que hace a Casa ARC un fenómeno digno de análisis no es solo su longevidad, sino su capacidad para mantenerse como un «Santuario» en medio del caos corporativo. Es una anomalía saludable en el ecosistema bogotano.

    En sus oficinas, el concepto de «cocreación» no es una palabra de moda en un PowerPoint, sino una metodología donde el cliente deja de ser un emisor para convertirse en parte de un ecosistema vivo.

    Al final, la trayectoria de estos veinte años nos deja una lección sobre la sostenibilidad del pensamiento crítico aplicado a la empresa.

    Casa ARC demuestra que la comunicación, cuando se ejerce con criterio y alma, es capaz de sobrevivir a las crisis de modelo y a las mutaciones digitales. No solo han gestionado marcas; han custodiado historias.

    Y en un mundo que parece haber olvidado cómo escucharse, tener un lugar donde el ruido se transforma en claridad es, posiblemente, el mayor acto de vanguardia que podemos presenciar.

    ¿Es posible comunicar sin traicionar la esencia? En Bogotá, detrás de unos portones que miran al futuro con la calma de quien sabe lo que ha construido, la respuesta es un rotundo y creativo sí.

  • De 800 profesores a 86 caminantes: la marcha que cambió la educación pública en Colombia llega al cine.

    De 800 profesores a 86 caminantes: la marcha que cambió la educación pública en Colombia llega al cine.

    Hay historias que el poder prefiere mantener bajo el polvo del olvido, pero hay memorias que tienen la mala costumbre de no callarse nunca.

    En 1966, mientras el país miraba hacia otro lado, 800 quijotes con tiza en mano decidieron que ya no aguantaban más el hambre, el desprecio y el olvido institucional. No pedían lujos; pedían lo elemental: dignidad para enseñar.

    El rugido de los estómagos vacíos.  

    Imagina la escena: Santa Marta, un calor que quema hasta las ideas y un grupo de docentes que no han recibido su sueldo en nueve meses.

    La respuesta del Estado, como suele ser costumbre, fue el silencio. Entonces, la indignación se transformó en asfalto.

    Lo que comenzó como una protesta local se convirtió en La Marcha del Hambre, una epopeya de 1.600 kilómetros que atravesó la geografía de un país que históricamente le ha dado la espalda a sus aulas.

    No fue un camino de rosas. Fue un calvario de ampollas, sed y persecución. De los 800 que salieron, solo 86 valientes lograron pisar la fría Bogotá para mirar a los ojos al presidente Carlos Lleras Restrepo.

    Esos 86 no solo llevaban sus cuerpos agotados; cargaban con la esperanza de todo un gremio que entendió que, si el Gobierno no escucha las razones, tendrá que escuchar el eco de los pasos en la calle.

    La pantalla como trinchera de memoria. 

    Hoy, sesenta años después, esa gesta no se queda en los libros de historia que nadie lee. La directora y docente Sorany Marín Trejos ha decidido que el cine es la mejor herramienta para desenterrar la verdad.

    Su documental, *La Marcha del Hambre*, no es solo una película; es un acto de reparación.
    «Esta obra es el espejo de una lucha que aún no termina. Es justicia poética para quienes sembraron las bases del Estatuto Docente con el sudor de su frente.»

    La cinta ya está haciendo ruido en el exterior, cosechando premios en festivales de Uruguay, demostrando que la lucha por la educación pública es un lenguaje universal.

    Mientras algunos se empeñan en romantizar la precariedad, este documental nos recuerda que los derechos no se mendigan, se conquistan.

    ¿Por qué esta historia nos quema las manos hoy?

    Ver este documental no es un ejercicio de nostalgia. Es una bofetada de realidad para entender de dónde venimos:

    – El origen de la carrera: Sin esos kilómetros recorridos, el Estatuto Docente que hoy protege a miles de maestros sería una fantasía.

    – La unión como músculo: Demuestra que cuando el magisterio se une, no hay distancia ni frío que lo detenga.

    La deuda eterna: Nos recuerda que el Estado colombiano sigue teniendo una cuenta pendiente con la educación rural y la dignidad de quienes forman el futuro. (Aunque ahora con este gobierno se está subsanando).

    El veredicto de la calle
    Desde este 14 de mayo, las salas de cine se convierten en aulas de resistencia. No es solo cine para maestros; es cine para cualquier colombiano que crea que la educación es el único camino real hacia la libertad.

    No permitamos que el sacrificio de esos 86 héroes se pierda en el ruido de la política barata de siempre.

    Que se llenen las salas, que se incomoden los de arriba y que se escuche fuerte el grito que todavía resuena desde 1966: ¡Dignidad para el maestro, educación para el pueblo!

    La memoria es el único antídoto contra la repetición de las injusticias. Nos vemos en el cine, porque un pueblo que olvida sus marchas está condenado a caminar en círculos.
    ¡Hasta la victoria de la inteligencia! ✊📽️

    Puedes ver el trailer aquí.   https://youtu.be/X5ZrTn-5QG4?si=XE_8JxI8qBuvIBO5

     

  • Convocatoria era futuro: el fondo audiovisual para la equidad racial ya se encuentra aquí.

    Convocatoria era futuro: el fondo audiovisual para la equidad racial ya se encuentra aquí.

    En un país donde la pantalla grande ha sido, por décadas, un club privado de estéticas importadas y relatos de «clase media alta en crisis existencial», surge una pregunta que pica como el sol del Chocó a mediodía:

    ¿Si tuviéramos otras imágenes, qué pensaríamos de nosotros? No es una duda retórica; es un desafío estructural.

    Durante años, la representación de las comunidades étnicas en Colombia ha oscilado entre el folclorismo condescendiente o el retrato crudo de la carencia.

    Pero el guion está cambiando, y esta vez, quienes sostienen la cámara no piden permiso para entrar en el encuadre.

    La llegada de la segunda convocatoria de ERA FUTURO, el Fondo Audiovisual para la Equidad Racial de Manos Visibles, no es solo una noticia administrativa; es un acto de soberanía narrativa.

    Estamos hablando de un fondo que entiende que la equidad no es un adorno en los créditos finales, sino una base sólida desde la producción.

    La regla es clara y contundente: empresas cinematográficas con al menos un 40% de participación de personas indígenas o afrodescendientes. Aquí no se trata de «incluir», se trata de pertenecer.

    La Anatomía de la Nueva Imagen. 

    La convocatoria busca largometrajes, ya sean de ficción o documental, que tengan la potencia estética de una marea alta. No buscan contenidos ligeros; buscan cinematografías que miren de frente los problemas urgentes de nuestro tiempo. Es una apuesta por el cine que no solo se ve, sino que se siente en los huesos.

    ¿Qué se necesita?

    Identidad en el ADN: La cuota del 40% asegura que la mirada étnica sea parte de la toma de decisiones, no solo un decorado frente a la lente.

    Madurez Creativa: Proyectos en etapa avanzada de desarrollo, producción, posproducción o incluso listos para el gran estreno.

    Visión Artística: Menos clichés, más riesgo. Se premia la estética que rompe el molde tradicional del «cine colombiano de exportación».

    El Reloj Corre: La Ruta Hacia el Pitch.  

    El calendario cinematográfico de este 2026 ya tiene marcadas sus fechas de oro. Quienes tengan historias que queman en el pecho tienen hasta el 21 de mayo para cerrar sus carpetas y enviar ese formulario que podría cambiar el rumbo de su productora.

    Después, vendrá el suspenso: el 12 de junio se conocerán los aceptados, y entre el 2 y 3 de julio, los seleccionados tendrán que defender su visión en un pitch que promete ser más intenso que un clímax de suspenso.

    Finalmente, el 9 de julio, el país conocerá a los nuevos guardianes de nuestras imágenes.
    «No estamos pidiendo un espacio en su historia; estamos construyendo la nuestra.»

    La verdadera transformación no ocurre en la alfombra roja, ocurre en el presupuesto, en la financiación y en la libertad de contar quiénes somos sin filtros coloniales.

    Manos Visibles, a través de ERA FUTURO, está poniendo los recursos donde antes solo había promesas.

    Si tienes el guion, si tienes la empresa con el alma diversa y si tienes la rabia o la ternura necesaria para capturar nuestra realidad, el correo audiovisual@manosvisibles.org es tu puerta de entrada.

    Porque si cambiamos las imágenes, cambiamos el pensamiento. Y si cambiamos lo que pensamos de nosotros, el futuro deja de ser una incertidumbre para convertirse en una película que, por fin, nos representa con dignidad y belleza.
    Corten. Cámara. ¡Acción por la equidad!

  • El ocaso de las pasarelas de papel: Miranda Priestly en la era del clic.

    El ocaso de las pasarelas de papel: Miranda Priestly en la era del clic.

    El eco de los tacones de aguja sobre el mármol de Elias-Clarke ya no suena a poder, sino a nostalgia. En la secuela que nadie pidió pero que la realidad nos impuso, *El diablo viste a la moda* ha dejado de ser un manifiesto sobre el azul cerúleo para convertirse en la autopsia de una industria que se desangra entre algoritmos y muros de pago.

    Miranda Priestly no está luchando contra una nueva diseñadora de vanguardia; está luchando contra un adolescente en TikTok que tiene más relevancia que una portada de setecientas páginas.

    El prestigio no paga el servidor. 

    La premisa es cruda. Aquella redacción blindada, donde una mirada de Miranda podía hundir una colección entera, ha sido invadida por la tiranía de las métricas en tiempo real.

    El periodismo, ese que se cocía a fuego lento entre contactos exclusivos y fuentes de alto nivel, ha sido desplazado por el engagement.

    En esta nueva crónica de supervivencia, el conflicto central no es si Andy Sachs puede encontrar un manuscrito inédito de Harry Potter, sino si puede salvar una cabecera histórica de convertirse en una granja de contenido. La moda es el decorado; el verdadero villano es la obsolescencia del intermediario.

    Las nuevas reglas del juego informativo.  

    Lo que esta historia nos susurra al oído es que el periodismo ya no se dicta desde un despacho en la Quinta Avenida.

    Se ha democratizado hasta la anarquía. Veamos cómo han cambiado las fuerzas:

    – Del Gran Editor al Influencer: Antes, Miranda filtraba la realidad para las masas. Hoy, las masas eligen su propia realidad a través de nichos. La autoridad ha sido sustituida por la afinidad.

    – La Dictadura del Clic: Ya no importa la profundidad de la crítica, sino la velocidad del titular. Si no genera un impacto en los primeros tres segundos, no existe.

    – Contenido vs. Información: La línea se ha borrado. El periodismo de moda ahora compite con el lifestyle patrocinado, donde la ética se negocia por un código de descuento.

    «En mis tiempos, nosotros decidíamos qué era importante. Ahora, un logaritmo decide qué es verdad.» — Una Miranda Priestly enfrentada a su tablero de Google Analytics.

    La rebelión de las sombras. 

    Andy Sachs ya no es la joven ingenua que despreciaba el sector. Ahora es la profesional que entiende que el periodismo de calidad es un lujo que pocos pueden costear.

    Su lucha representa la de miles de cronistas que intentan mantener el rigor en un mar de fake news y contenido efímero.

    La película nos plantea una pregunta incómoda: ¿Qué queda de la verdad cuando la estética es lo único que vende? La respuesta no está en las pasarelas, sino en la capacidad de adaptación. El nuevo periodismo no es solo informar; es curar el caos.

    El veredicto de la redacción. 

    El cierre de esta crónica no es un «adiós», sino un «actualizar página». La moda pasará, las revistas físicas terminarán como objetos de colección en mesas de café pretenciosas, pero la necesidad de contar historias seguirá ahí.

    Miranda Priestly, con su cabello plateado y su voluntad de hierro, se da cuenta de que para seguir siendo la reina, tiene que aprender a hablar el lenguaje de los datos sin perder el alma de la narrativa.

    Porque al final del día, no importa si vistes de Prada o de una tienda de segunda mano; lo que importa es si lo que tienes que decir es capaz de detener el *scroll* infinito de una sociedad anestesiada.

    El diablo ya no viste a la moda. El diablo ahora gestiona tu flujo de información, y si no tienes cuidado, te hará creer que el ruido es música. Eso es todo.

    Porque decidimos hacer esto? Por qué el buen periodismo es una trinchera de calidad frente al click constante.  Si logras un buen contenido y más si es de calidad, te das cuenta que vas creando un manifiesto, con tus reglas.

    Y eso es lo que mantenemos aquí.  Los valores y las reglas que compartimos tanto nosotros como uds como comunidad.

    Esto es lo que nos mantiene.  Tener la calidad que la cantidad constante.

  • El guion de la resistencia: Cuando el sector audiovisual dejó de rodar para hacerse oír.

    El guion de la resistencia: Cuando el sector audiovisual dejó de rodar para hacerse oír.

    El pasado 14 de abril no fue un domingo cualquiera en el calendario de la burocracia estatal colombiana.

    Mientras las cámaras en los sets de rodaje descansaban, una pulsión distinta se cocinaba en las oficinas del Ministerio TIC.

    Allí, donde las frecuencias se reparten y los presupuestos se firman con la frialdad de quien nunca ha cargado un trípode bajo el sol del mediodía, se gestó un encuentro que muchos han tildado de histórico.

    No fue una reunión de cortesía, fue un careo necesario entre quienes crean la identidad visual del país y quienes administran sus recursos.

    La ministra Carina Murcia Yela y los gerentes de la televisión pública —esa red que va desde RTVC hasta los rincones de Telecafé, Canal Trece, Capital y Telecaribe— se sentaron a la mesa.

    Al otro lado, no había solo delegados; había el peso de más de 400 firmas. Cuatrocientas rúbricas que representan a directores, técnicos, guionistas y productores que, cansados de ser el eslabón más débil de la cadena, decidieron que el silencio ya no era una opción narrativa válida.

    El detonante es una verdad que se sabe a voces en los pasillos de las productoras: la crisis de financiación y la precarización laboral han dejado al sector audiovisual en un estado de anemia creativa.

    Durante años, el «talento colombiano» ha sido el eslogan favorito de los gobiernos, pero detrás del brillo de los premios y las alfombras rojas, se esconde un gremio que lucha contra contratos leoninos y presupuestos que se desvanecen antes de llegar a la etapa de postproducción.

    Sin embargo, el encuentro arrojó luces de esperanza, o al menos, una hoja de ruta que parece menos abstracta que las promesas de antaño.

    El acuerdo principal se traduce en la creación de dos Mesas Técnicas que prometen ser el campo de batalla de las ideas.

    La primera, denominada «ABRE CÁMARA», tiene una misión casi de urgencia médica: proteger, restaurar y aumentar el presupuesto.

    No se trata solo de dinero, se trata de dignidad. La premisa es clara: no puede haber cultura robusta si el trabajador que la produce vive en la incertidumbre.

    La segunda mesa apunta al corazón de la industria: RTVC y el Mercado de Coproducción. Aquí se busca reactivar un mecanismo que debería ser el motor del fomento público, pero que a menudo se atasca en el fango de la tramitología.

    Si este mercado se convierte en un flujo continuo y transparente, el cine y la televisión colombiana podrían dejar de ser un ejercicio de supervivencia para convertirse en una industria sostenible.

    Pero el diablo está en los detalles normativos. Por ello, la revisión de la Resolución 3556 de 2024 se presenta como el gran hito técnico. El gremio ha exigido que los recursos del FUTIC no se queden en el aire, sino que garanticen condiciones laborales justas.

    A esto se suma el compromiso de los canales regionales para respetar los tiempos de ley en las convocatorias.

    Parece un tecnicismo, pero para un creativo que debe presentar un proyecto sólido, el tiempo es el único capital que no se puede reponer.

    A pesar de las sonrisas para la foto oficial, el ambiente que queda es de una «vigilancia armada» de argumentos.

    El gremio sabe que los cambios de gobierno suelen ser los verdugos de los acuerdos previos. Reconocen la apertura al diálogo, pero el mensaje es contundente: no bajarán la guardia. La unidad lograda no es un evento fugaz, sino una nueva forma de articulación política.

    La crónica de este sector ya no se escribe solo en los guiones de ficción; se está escribiendo en las actas de compromiso.

    El 14 de abril fue el primer plano de una nueva escena donde los trabajadores del audiovisual colombiano han decidido que, por fin, ellos también tienen el control del montaje final.

  • El Algoritmo de la Amistad: Marya y la Rebelión del Pop Orgánico.

    El Algoritmo de la Amistad: Marya y la Rebelión del Pop Orgánico.

    En un ecosistema musical saturado de campañas de marketing diseñadas en laboratorios y estribillos fabricados para morir en una semana, lo que está sucediendo en las costas de Alicante tiene un aroma distinto.

    No huele a oficina de discográfica multinacional ni a contrato leonino firmado en un rascacielos de Madrid.

    Huele a calle, a complicidad y a esa verdad que solo se encuentra cuando se apagan los focos de la industria: la de la autenticidad.
    Marya no pidió permiso para entrar. No esperó a que un ejecutivo con traje le diera el visto bueno a su propuesta.

    Simplemente soltó un cable, conectó su guitarra y dejó que Mis Supernenas hiciera el resto. Hoy, las cifras lanzan un mensaje que retumba en los despachos de los puristas: más de 100.000 reproducciones en Spotify conseguidas a pulso, de forma orgánica, sin el dopaje financiero que suele inflar las listas de éxitos.

    La canción no es solo una pieza de pop-rock con ecos que nos recuerdan la honestidad melódica de bandas como Morat; es una declaración de principios sobre la amistad femenina.

    Marya ha tomado el icono pop de las famosas heroínas animadas para darle la vuelta y aterrizarlo en el asfalto de lo cotidiano.

    Aquí no hay rayos láser ni superpoderes cósmicos, sino algo mucho más potente: el vínculo que sirve de refugio cuando el mundo de afuera se vuelve demasiado ruidoso.

    «Mis Supernenas» es el hogar que se construye entre cañas, confesiones a medianoche y la certeza de que, pase lo que pase, hay una red de seguridad emocional que no te va a dejar caer.

    Es, en esencia, un himno para una generación que está cansada de la estética de plástico y busca canciones que se parezcan a sus domingos por la tarde.

    Lo que ha ocurrido en TikTok con este tema es el ejemplo perfecto de que el público ya no consume lo que le imponen, sino lo que siente como propio.

    La viralidad de Marya no es un accidente algorítmico, sino una respuesta alérgica a la sobreproducción.

    Mientras la industria se empeña en pulir cada nota hasta quitarle el alma, ella ha apostado por la imperfección brillante de lo humano.

    Esta artista alicantina representa la vanguardia de una nueva ola de música independiente. Una generación que ha entendido que la verdadera libertad no es sonar en todas las radios, sino que 100.000 personas decidan, por voluntad propia y sin anuncios de por medio, que tu voz es la banda sonora de sus vidas.

    Ver el crecimiento de Marya es asistir a la demolición de las viejas fórmulas industriales. Su éxito nos dice que todavía hay espacio para el pop con alma, para las guitarras que acompañan historias reales y para los artistas que priorizan su identidad por encima de las métricas vacías.

    Al final del día, «Mis Supernenas» es más que una canción; es un recordatorio de que la música independiente sigue viva, sana y, sobre todo, indomable.

    Marya ha demostrado que para romper esquemas no hace falta gritar más fuerte, sino tener algo que decir que valga la pena escuchar.

    Si buscas la próxima gran voz del pop español, deja de mirar las portadas de las revistas de moda y asómate a lo que está pasando en los auriculares de quienes valoran la verdad. La revolución, una vez más, ha empezado desde abajo.

  • El Escenario es el Mundo (y la calle también).

    El Escenario es el Mundo (y la calle también).

    El asfalto todavía guarda el calor de los aplausos y las tablas de los teatros parecen vibrar con un eco que no se apaga.

    Si usted ha caminado por estos días entre la multitud, habrá notado que algo cambió: la ciudad dejó de ser un mapa de afanes para convertirse en un organismo que respira, grita y baila.

    El Festival Internacional de Artes Vivas (FIAV) no es solo un evento; es un asalto a la cotidianidad que nos recuerda que estamos vivos, aunque a veces se nos olvide entre tanto trámite y semáforo.
    Hasta este 12 de abril, el país se ha transformado en un epicentro de lo que llaman «artes vivas». ¿Y qué es eso?

    Para los puristas, una amalgama de teatro, danza, performance y circo. Para el que pasa por la plaza y se queda con la boca abierta, es simplemente la magia de lo irrepetible.

    Porque a diferencia del cine o de la pantalla del celular que nos tiene hipnotizados, aquí el error es parte del arte y el sudor del actor se siente desde la primera fila.

    Crónica de un rito colectivo.  

    La descentralización ha sido la gran protagonista. No se trata solo de las grandes salas con terciopelo rojo; el arte se ha filtrado por las grietas de 15 territorios, desde el Teatro Santander en Bucaramanga hasta los rincones de Quibdó y las calles de Riohacha.  Hemos visto de todo:
    Espectáculos de gran formato:

    Esas estructuras gigantes que desafían la gravedad y que hacen que hasta el más escéptico mire al cielo con asombro.

    La fuerza de lo local: Agrupaciones nacionales como el *Matacandelas* o *El Colegio del Cuerpo* demostrando que aquí la creatividad sobra, aunque a veces falte el presupuesto.

    El diálogo global: Compañías de China, Nueva Zelanda y Ruanda que, sin hablar nuestro idioma, nos han contado historias que entendemos perfectamente porque el dolor, la alegría y la resistencia son lenguajes universales.

    ¿Por qué importa quedarse hasta el último aplauso?

    En un mundo que parece desmoronarse en fragmentos digitales, el FIAV propone el encuentro físico.

    Es la política del cuerpo presente. La ministra lo ha dicho y el público lo confirma: la cultura no es un lujo de pocos, es un derecho de todos.

    Estos «Circuitos Vivos» han demostrado que el arte es el mejor antídoto contra la indiferencia.
    Si usted no ha ido, le quedan las últimas funciones para ser testigo de cómo una calle se convierte en un ring de boxeo poético o cómo un teatro patrimonial recupera su alma con una obra contemporánea.

    No busque el festival en los libros de texto; búsquelo en el brillo de los ojos de la gente que sale de una función sintiéndose un poco menos sola.

    El 12 de abril se cerrará el telón, las luces se apagarán y los artistas empacarán sus bártulos. Pero el rastro de lo que vimos se queda. Porque cuando el arte es «vivo», no muere cuando se acaba la función; se queda a vivir en la memoria de los que se atrevieron a mirar de frente.

    Mirá, leé y, sobre todo, viví. Que para eso es la vida, y para eso es el festival.