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  • Anakena: diez años de pop caribeño, salitre y un reencuentro con ‘El Mar’.

    Hay bandas que envejecen mal. Anakena no. La banda venezolana de pop caribeño celebra una década con el relanzamiento de su primer EP, ‘El Mar’, estrenado originalmente en septiembre de 2016.

    Ahora se llama ‘El Mar: 10 Años Después’ y no es un simple reissue: incluye regrabaciones, versiones en vivo y acústicas de los cuatro temas originales.

    Grabado en mayo durante su gira por España, en Comeback Studios, el EP también tendrá formato audiovisual dentro de las ‘Comeback Sessions’, proyecto que impulsa talento de España y LATAM.

    Ya se pueden ver en YouTube las versiones oficiales de ‘Sofía’ y ‘Veneno’. El álbum y la sesión completa estarán disponibles desde el 15 de octubre.

     

    La celebración no termina en plataformas. El 27 de octubre, Mikel y Santi, fundadores del proyecto, harán un show acústico en el mítico Café Berlín de Madrid, repasando una discografía que los ha sostenido durante diez años. “Este EP es una pausa para mirar al pasado, entender de dónde venimos y agradecer el camino”, dicen.

     

    Y no, no es un cierre. Anakena planea cerrar el año con un sencillo nuevo y ya trabaja en lo que será su cuarto álbum. Diez años después, el mar sigue sonando. Y ellos siguen navegándolo.

  • FICCALI: Donde el cine colombiano se desangra y se celebra.

    Cali no pide permiso. No imita. No espera a que Bogotá le diga cómo se hace cine. El Festival de Cine de Cali es la trinchera donde el audiovisual colombiano se despoja del traje y muestra las cicatrices.

    Mientras los grandes hubs se engominan para las alfombras rojas y los mercados, FICCALI apuesta por lo visceral. Por ese cine que huele a barrio, a salsa, a callejón sin salida.

    El Grupo de Cali —Ospina, Mayolo— ya nos enseñó que la cámara podía ser un puñal. El festival lo recuerda cada año: no hay revolución sin riesgo.

    Aquí no vienen a vender humo.

    Para quienes estamos a punto de entrar al ruedo como productores, FICCALI es una lección de resistencia. No es solo pantalla y alfombra: es industria, sí, pero industria con alma.

    Coproducciones que se tejen en la barra de un bar, fondos que se pelean, redes que se construyen sin moño. El cine no se hace solo. Se conspira.

    Y en un país que a veces premia el entretenimiento vacío, Cali se planta: cine que incomoda, que pregunta, que no da respuestas fáciles. Como debe ser.

    La energía de Cali no se copia. Se lleva en el ADN. Este festival  late como un corazón que no se rinde.

    El cine es un acto de libertad. Y Cali lo sabe desde hace décadas.

    ¿Qué película o momento te ha sacudido en los festivales colombianos? Debatamos.

     

  • La calavera sonriente: ‘One Piece’ baja a la calle

     

    14 de octubre. Entre bombos, humo y cánticos, una capa negra se levanta. El Jolly Roger de los Sombrero de Paja: calavera sonriente, sombrero de paja, huesos cruzados. No es cosplay. Es un manifiesto.

    En One Piece, el enemigo no es un pirata rival. Es el Gobierno Mundial: censura, élites intocables, Dragones Celestiales, Marina represora.

    ¿Les suena? El fascismo real también tiene su Gobierno Mundial. Sus leyes, sus policías, sus medios. La capa lo dice sin decir: los vemos.

    Luffy no quiere conquistar el mundo. Quiere ser libre. Su lucha no es por poder, sino por emancipación. Llevar esa bandera es gritar: no venimos a reemplazar tiranos. Venimos a desmantelar la tiranía.

    En el manga, Nika, Dios del Sol, tambores de liberación. En la calle, cacerolazos, voces, ritmo que el fascismo no puede silenciar.

    La cultura pop ya no es entretenimiento. Es lenguaje compartido, trinchera generacional. One Piece nos enseñó que el poder se pudre y que la amistad es revolución.

    No es fanatismo. Es gramática política. Las nuevas generaciones no leen panfletos: leen mangas. Y desde ahí construyen resistencia. El sistema tiene jueces, fierros, leyes. Pero no puede vencer a un pueblo que decidió ser libre.

    El Gobierno Mundial de la ficción cayó. El de acá también caerá. Porque no hay censura que borre un tambor. No hay muro que frene un amanecer.

    Como dicen los piratas de Luffy: el amanecer siempre llega. Y nadie puede detenerlo.

  • Cali con otros ojos.

    Cali después del terremoto lo miro ya con otros ojos.  Con los ojos de una extranjera que ya no se encuentra en una ciudad cercana, sino lejana.

    Una ciudad que el brillo se está desaparece. Unas partes se mantiene. En la mayoría se siente la muerte en cada esquina.

    Una muerte que las personas pasaron por ciertas zonas como la calle 5.  Toda la zona sur se siente la muerte y la destrucción.

    Pero no nos centremos en eso.  Centremos dónde la zona es más increíble: san Antonio y el bulevar.

    Es la zona viva. Dónde se siente el encanto de la ciudad.  Se siente la gente andando. De la esencia en la ciudad. Dónde se puede andar con sus gatos. Gatos encantadores.

    Eso es lo que enamora de la ciudad su increíble humanidad y como brilla en el medio.  La zona de la calle de la escopeta ayuda a transformarse.

    Y bueno.  Llega la gente a transformar las cosas en esas calles y la ciudad se vuelve viva totalmente. Y es como si las personas disfrutarán de la zona.

    Así ve la ciudad un extranjero.  Incluso uno siendo local aprende a ver la ciudad con esos ojos.

  • Crónica de un indigena que no se arrodilló

     

     

    No hubo óleos, ni bóvedas frías, ni padrenuestros de sacristía. El 7 de octubre de 1967, en Ortega, Tolima, el párroco cerró las puertas de su cementerio a Manuel Quintín Lame Chantre.

    Un último portazo de la Iglesia a quien pasó 18 años, 7 meses y 21 días en cárceles colombianas por defender la tierra de los suyos.

    Pero qué mejor epitafio: las naciones originarias no son de santos óleos. Son de barro, de espíritus mayores, de tumbas clandestinas en la lomita marginal del río.

    La cruz reza: «Aquí duerme el indio casique… Fue el hombre que no se humillo a la in-Justicia».

    Quintín fue frentero. Frente al presidente Guillermo León Valencia —familiar de la innombrable— y frente al poeta Guillermo Valencia, autor del poema «Anarkos».

    El telegrama presidencial lo llamó «indio de carácter horrible, pícaro y estafador». Su respuesta fue un latigazo: «No acepto los insultos que me hace. Pero si la pluma del Doctor Valencia sirve para escribir ‘Anarcos’, la pluma del indio Manuel Quintín Lame servirá para defender a Colombia».

    Esa pluma no era de tinta. Era de hacha, de hoz, de güinche. Nacido en 1880 en la hacienda La Polindara, supo del terraje, del trabajo no remunerado, de la hermana violada por guerreros republicanos.

    Aprendió a leer con su tío cojo y periódicos viejos, y con el Código Civil en mano se volvió abogado de los desposeídos.

    En 1914 movilizó a los indígenas del Cauca contra la extinción de los resguardos. En 1922 fundó San José de Indias en el Tolima. Recuperó tierras, organizó cabildos, desafió a la aristocracia payanesa que lo veía como un riesgo electoral.

    Murió pobre, en su casita del barrio La Vega. Lo enterraron los indígenas, no la Iglesia. Su cuerpo no descansa en suelo sagrado, sino en el cerro de Los Avechucos, en un cementerio indígena.

    La implicación es demoledora: el Estado y la Iglesia, aliados históricos del despojo, no pudieron domesticarlo ni muerto. Quintín Lame no es un santo de vitral.

    Es una piedra en el zapato del poder, un recordatorio de que la tierra se defiende con la pluma, con el cuerpo y con la memoria. La pluma del indio sigue escribiendo.

  • El artivismo o cómo rockear desde el sofá.

     

     

    Rock al Parque siempre fue barricada, sudor y consigna. Pero hoy, con el trabajo remoto como nueva normalidad, el artivismo mutó. Ya no hace falta estar frente al escenario para sentir el riff de la resistencia.

     

    El artivismo es arte que muerde. Es la guitarra que se convierte en pancarta, el bajo que retumba como consigna, la batería que marca el pulso de una generación harta.

    Y en tiempos de Zoom y Slack, el activismo creativo encontró su propio lenguaje: playlists con mensaje, streams benéficos, ilustraciones que viralizan lo que los medios callan.

    Rock al Parque fue durante años el altar del artivismo bogotano. Allí, entre miles de almas, el punk, el metal y la fusión se volvieron herramienta política.

    Pero la pandemia nos encerró. El trabajo remoto nos volvió cyborgs de escritorio, y el escenario se trasladó a la pantalla. ¿Perdimos el rugido? No. Lo transformamos.

    Hoy, el artivismo se teje desde casa: diseñadores gráficos que convierten datos en afiches, músicos que samplean discursos presidenciales, colectivos que organizan festivales virtuales con causa.

    El arte ya no solo se exhibe: se acciona. Y el trabajo remoto, lejos de apagar la llama, le dio un nuevo amplificador.

    Porque el artivismo no es un género. Es una postura. Es decidir que tu obra no sea complaciente.

    Que tu home studio sea trinchera. Que tu playlist sea manifiesto. Que tu jornada laboral remota termine y empiece el ruido.

    Rock al Parque nos enseñó que la música puede ser multitud. El trabajo remoto nos enseñó que la multitud puede ser red. El artivismo es el puente: arte que incomoda, que organiza, que resiste. Desde un escenario o desde una silla ergonómica.

    Así que no apagues la cámara. Enciende la distorsión. El arte que no cuestiona es decoración. Y el artivismo, incluso en pijama, sigue siendo el riff más peligroso.

  • Biff 12. Bogotá se toma las pantallas.

     

    Del 8 al 14 de octubre, Bogotá se convierte en el epicentro del cine mundial con la edición 12 del Bogotá International Film Festival (BIFF).

    El certamen reafirma su carácter urbano, vibrante y provocador con 61 películas y más de 150 funciones. Pero va más allá de la sala oscura: invita a habitar la ciudad a través de nuevos realizadores.

    Como dice Andrés Bayona, director del festival, un festival no es solo una pantalla encendida, sino la excusa para provocar conversaciones, pensar otros mundos posibles y confirmar que las grandes historias nacen cuando miramos de frente nuestra realidad. Bogotá no solo recibe al cine, lo camina, lo habita y lo cuestiona en sus calles y plazas.

    La experiencia cinematográfica incluye 61 historias para 7 días, con dramas intimistas y documentales que cuestionan nuestra realidad. La franja académica BIFF BANG se realiza en la Cinemateca de Bogotá a las 11:00 a.m.

    El sábado 10, Cortos que llegan lejos analiza cómo un cortometraje da el salto a la gran pantalla con Salim Jaller, Nicolás Valencia, Duván Duque y Juan Miguel Gelacio.

    El domingo 11, De la mirada propia a una forma de cine explora autoría e intuición con Meritxell Colell, Blerta Basholli e Ione Hernández, moderadas por Cristina Gallego.

    El lunes 12, El cine como camino de regreso reúne a Juan Andrés Arango, Nicolás Rincón Gille y Julia Peralta para hablar de migración y pertenencia. El miércoles 14, Construir un mundo para la cámara desde la actuación cuenta con Claudio Cataño, Jaisson Jeack y Héctor Sánchez.

    Para la industria, del 7 al 9 de octubre se realiza Bogotá Creative Connect en la Cámara de Comercio de Bogotá.

    El BIFF Producers Club reúne a productores y agentes internacionales para pitch, think tanks y paneles. Entre los paneles de entrada libre están ¿Puede Iberoamérica crear su propio circuito?,

    con José Luis Rebordinos, Edward Venero y Margarita Díaz; Del trópico al norte: industria documental y coproducción, con Anders Riis-Hansen y Danniela Castro;

    Arquitectura de lo invisible: Montaje y Producción, con Dago García, María Clara García y Diana Camargo; y Del estreno al scroll: marketing y distribución, con Consuelo Castillo, Mateo Ramírez e Iván Acosta.

    El BIFF no es solo un evento: es una experiencia que se vive. Consulta la programación en BIFF.co y prepárate para mirar de frente nuestra realidad a través de la pantalla.

  • Barrio Adentro: cuando el cine comunitario se subió al escenario

     

    La cita no era en un estadio, pero tenía algo de ritual. Luces, sillas, expectativa. En el lanzamiento de la 2ª Edición de Publicaciones CCINEC, el séptimo arte bajó del pedestal y se sentó en la esquina del barrio. Bajo el lema “Barrio Adentro”, la jornada reunió a cineclubistas, vecinos y curiosos que llegaron a ver, oír y leer cine hecho desde la comunidad.

    Primero fue la socialización de la revista. Sobre la mesa, textos que suenan a manifiesto: “Cine Clubismo en Latinoamérica” y “Perspectivas Globales sobre Cine”. No eran papers fríos; eran cartas de navegación para entender cómo se proyecta, se discute y se resiste desde una sala comunitaria. Los ejemplares se vendieron ahí mismo, casi como merchandising de una causa.

    El momento más intenso llegó con la muestra documental. La pantalla mostró el territorio y su gente en el contexto del terremoto. No hubo golpes bajos, sino memoria y resiliencia. El público quedó en silencio, ese silencio que pesa más que cualquier discurso. Ahí se entendió que el cine comunitario no compite con Hollywood: compite con el olvido.

    Luego vino la charla. Pablo Anaya, Leandro Pérez —Discursador CCINEC— y Mari Lu Arango se sentaron frente al público a hablar de procesos creativos, de cámaras prestadas, de ideas que se graban con las uñas. No dieron cátedra: compartieron trinchera. Hablaron del cine como herramienta de transformación social, de tejer comunidad cuadro a cuadro.

    La organización de Corrinche Creativo puso el cuerpo y el alma. Y quedó claro que esta segunda edición no es un punto final, sino un riff que sigue. Porque en los barrios también se hace cine, se escribe crítica y se construye memoria. La función continúa. Y el público, ahora, es protagonista.

    Y colaboramos juntos para lograr la visibilidad de la revista adelante.

  • tu labor social suena en Oriente Estéreo 96.0 FM.

    No es un concierto, pero tiene intro de guitarra. La Plataforma de Juventudes, la Red Cultural y la Emisora Oriente Estéreo 96.0 FM Cali se juntan para lanzar una convocatoria dirigida a estudiantes de 9°, 10° y 11°.

    La idea: que el servicio social deje de ser un trámite apagado y se convierta en un riff de comunicación, cultura y trabajo comunitario.

    Olvídate de las fotocopias y las oficinas grises. Aquí el requisito académico se amplifica. Los seleccionados podrán participar en procesos de comunicación comunitaria de la mano de Oriente Estéreo.

    Integrarse a las actividades de la Red Cultural y desarrollar competencias sociales, comunicativas y de trabajo en equipo. Todo en un ambiente formativo, real y con actitud.

    La alianza suena a power trío: Plataforma de Juventudes, Red Cultural y Oriente Estéreo. Juntos abren un espacio dinámico, creativo y comprometido con la comunidad.

    La meta no es solo sumar horas. Es vivir una experiencia transformadora, conectar con el barrio, con la gente, con los micrófonos y con los sueños.

    El llamado es para quienes quieran salir de la zona de confort. Para quienes entiendan que la labor social no es un requisito muerto, sino una posibilidad de crecer y aportar.

    La inscripción ya está abierta. Solo hay que marcar un número: 311 332 8558. Ahí darán los detalles, los requisitos y el backstage de esta movida.

    Desde la Asociación Agencia Chicas Comunicativas y la Red Cultural –que teje sueños, dice su lema– el mensaje es directo: ¡Los esperamos! No hay excusas. Si estás en media, esto es para ti. La música de la comunidad suena fuerte. Y tú puedes ser parte del coro.

    Así que afina la guitarra, agarra el bolígrafo y apunta el número. El servicio social puede ser aburrido… o puede ser tu primer gran escenario. Tú decides.

  • Cinco minutos en el Mar Muerto y los secretos del barrio árabe con sus mujeres

     

    Por Andrea Murillo.

     

    El Mar Muerto no es un mar, es un abrazo denso, salado y ancestral que te obliga a flotar. No puedes hundirte, aunque lo intentes. Pero mi cuerpo, que ha aprendido a ser un radar de sensibilidades extremas, decidió que cinco minutos eran más que suficientes.

    No aguanté más. Salí del agua caminando casi corriendo, sin toalla, apenas con mi vestido de baño. Hablé en un susurro, pero de todas maneras me escucharon. Mi hermana me miró desde la orilla y me soltó la pregunta directa: *»¿Por qué se meten así?»*. Yo no dije nada. Solo asentí en silencio, sintiendo cómo mi piel empezaba a reclamar.

    Frente a mí, un grupo de chicas locales disfrutaba del agua. Llevaban trajes de baño negros, elegantes, que les cubrían hasta los tobillos. Algunas portaban el hiyab, otras no. Me quedé quieta en mi bikini y, en un primer instante, pensé: *»Seguro les llama la atención ver a una occidental en bikini mientras ellas están de negro riguroso»*.

    Pero luego caí en la cuenta. Mi piel no estaba roja todavía. Quizás lo que les sorprendió fue ver a una mujer de piel tostada —no la típica blanca que esperan ver por estas tierras— saliendo despavorida del agua, sin toalla, hablando en susurros. Seguro se estaban preguntando, tal como yo lo intuía: ¿De dónde es? ¿Y qué le pasó? Allí, en medio del Mar Muerto, mi salida abrupta debió parecerles todo un misterio.

    Las miré y nada más. Sin juicio, sin curiosidad invasiva. Fue la misma mirada que me dio aquella chica de las galletas del hotel, ¿recuerdan? Ese reconocimiento silencioso entre mujeres que se cruzan en territorios inesperados. Nos identificamos tanto que duele.

    Lo de la cosmética no lo vi en el agua. Lo vi después, cuando ya estábamos caminando por el barrio árabe. Ahí fue donde entendí el verdadero secreto de su belleza.

    En el barrio hay un colegio de chicas. Las más jóvenes andaban por la calle con chaqueta de jean, tenis y un maquillaje bellísimo. Tenían una piel de porcelana, luminosa, impecable. ¿Cuál es el secreto? Me puse a investigar con mi mente de periodista. Usan cosmética *halal*.

    El maquillaje halal no es solo una tendencia; es una filosofía. Son fórmulas libres de alcohol, sin ingredientes de origen animal prohibido, sin transgénicos. Es una cosmética que respeta la piel, que la deja respirar, que la cuida como un templo. No es casualidad que su piel se vea tan sana. Cuidan lo que ponen sobre su cuerpo con la misma rigurosidad con la que eligen lo que entra en él.

    Donde fuimos a comprar el almuerzo, vi a una chica sola, estudiando. Es fascinante ver eso. Chicas que transitan entre la tradición del hiyab y la modernidad de los tenis y la chaqueta de jean, que cuidan su piel con rituales ancestrales y que se toman un momento para estudiar a solas en medio del bullicio del barrio.

    Mientras las observaba, pensé en mi bisabuela. En esa foto donde aparecemos juntas, yo con mi camisa rosa, ella con su sonrisa serena. Pienso en ella cada vez que miro mi piel tostada, cada vez que reconozco en mi rostro los rasgos que me conectan con mis raíces. Mi piel no es la de las chicas del Mar Muerto, pero es mía, es heredada, es real. Y también es sensible, también rechaza lo que no le hace bien.

    Salí del Mar Muerto a los cinco minutos, sin toalla y con el cuerpo en alerta. Pero me llevé algo mucho más valioso que flotar en sus aguas: la lección de que la belleza no tiene un solo formato. Que el pudor y la modernidad pueden caminar juntas en tenis y chaqueta de jean. Y que a veces, las miradas de otras mujeres no son flechas, sino puentes de curiosidad.

    Mi piel es sensible, sí. Pero mis ojos, esos sí saben cómo mirar el mundo.