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  • La memoria no se defiende sola: por qué el periodismo cultural necesita tejer comunidad.

     

    Cuando una pieza desaparece de un museo, cuando un archivo se cierra al público, cuando una voz histórica es silenciada bajo la excusa de la «curaduría», lo que realmente está en juego no es un objeto. Es la memoria colectiva. Y la memoria, como bien sabemos, no se defiende sola.

     

    En tiempos donde la censura ya no quema libros sino que los archiva en bodegas olvidadas —o los borra de los algoritmos—, la respuesta no puede ser individual. La protección del patrimonio cultural exige colaboración, red y comunidad.

     

    1. El periodismo cultural como articulador de resistencias.

    El periodismo cultural no puede limitarse a reseñar exposiciones o entrevistar artistas. Su rol más urgente hoy es ser puente: conectar a quienes crean, a quienes investigan, a quienes documentan y a quienes denuncian.

    * Cuando un colectivo como *Arca de Juana* visibiliza archivos feministas retirados del Museo Nacional…

    * Cuando una universidad como *Uniandes* analiza qué perdemos al vaciar las salas…

    * Cuando artistas, historiadores y ciudadanos se movilizan…

     

    …ahí el periodismo cultural encuentra su verdadera función: **nombrar lo que otros quieren borrar y tejer la red que lo sostenga**.

     

    🎨 2. Las comunidades artísticas como guardianas vivas.

    Los museos pueden cerrar sus puertas, pero las comunidades no. Los artistas, los colectivos locales, los creadores independientes se convierten en archivos vivos. Ellos recuerdan, reproducen, reinterpretan y mantienen vigente aquello que las instituciones deciden ocultar.

    La colaboración entre periodismo y comunidades artísticas permite que la memoria no dependa de un solo edificio o una sola entidad. Se descentraliza. Se democratiza. Se hace indestructible.

     

    3. La creación colectiva como acto político.

    Cuando periodistas, artistas, académicos y ciudadanos crean juntos —un documental, un archivo digital, una publicación independiente, una campaña en redes—

    están haciendo algo más que producir contenido. Están construyendo contra-memoria. Están diciendo: «esto no se borra, porque somos muchos recordándolo».

    La creación colectiva es, en sí misma, un acto de resistencia contra la censura institucional.

     

    🔗 4. Tejer red es proteger el futuro (y el presente)

    La memoria cultural no es un lujo del pasado; es el cimiento del futuro. Sin ella, no hay identidad, no hay crítica, no hay democracia cultural.

    Por eso, el periodismo cultural debe abandonar la torre de marfil y salir a tejer:

    * Con las universidades que investigan.

    * Con los colectivos que denuncian.

    * Con los artistas que reinterpretan.

    * Con los ciudadanos que exigen.

     

    Solo en la colaboración está la garantía de que ninguna pieza, ninguna voz, ninguna historia será retirada en silencio.

     

    Frente al tecnofascismo, la red humana.

    Proteger la memoria cultural no es tarea de un solo periodista, de un solo museo o de un solo artista. Es una labor de comunidad. Y mientras existan redes que se nieguen a olvidar, la censura tendrá los días contados.

     

    Hoy, esa censura ha mutado. Ya no es solo física, es digital, algorítmica y sistémica. **Por eso, en nuestra última investigación, hablamos de la urgencia de crear redes sólidas para contener los avances del tecnofascismo.** Porque si la tecnología se usa para vigilar, borrar y silenciar, la única respuesta posible es una tecnología (y una humanidad) conectada por la solidaridad, la cultura y la memoria compartida.

     

    La memoria, cuando es colectiva, es imborrable.

     

  • El museo desafina: cuando borrar a Lucila Rubio es el nuevo desastre de la censura

    No, no es vandalismo. Es algo más silencioso, más de guante blanco y de pasillo alfombrado. En el Museo Nacional de Colombia le han bajado el volumen a la memoria.

    Colectivos como Arca de Juana y análisis de la Universidad de los Andes lo dejaron al descubierto: piezas clave sobre la lucha feminista y archivos de Lucila Rubio de Laverde (esos ideales de 1950 que aún retumban) fueron retirados de la sala.

    La excusa oficial: «reorganización». La traducción real: editar la historia para que ciertas voces no suenen en el relato oficial.

    Aquí no queman libros en la plaza. La censura moderna se ejerce con «olvido administrativo» y una carpetica de «estamos reordenando» pero la Alemania de weimar ante su final aplicaba la misma censura a la libertad de expresión.

    Recordemos la quema de libros de 1933 cuando estudiantes universitarios quemaron libros que el régimen consideraba prohibidos. Increíble el parecido a ahorita, no?

    Pero el efecto es el mismo: sacrifican el contexto. Una sala de museo no es un depósito de objetos bonitos; es una conversación viva.

    Si sacas la pieza que incomoda, que cuestiona la desigualdad, rompes el diálogo. Dejas el museo como un escenario decorativo, vacío de conflicto y, sobre todo, de verdad. El ejemplo más claro es sobre la desaparición de la memoria de Carlos Pizarro del museo.

    Y ojo, que el golpe es doble para el periodismo cultural. Cuando los guardianes de la memoria ocultan sus archivos, nos quedamos sin fuente primaria.

    Nos obligan a narrar el pasado con lo que el poder permite ver, no con lo que realmente pasó. Por eso, el periodismo cultural deja de ser «informativo» y se vuelve resistencia pura:

    tenemos que documentar lo que otros quieren borrar. Si no denunciamos estas retiradas, somos cómplices del borrado histórico y más cuando cierta persona nos dió a entender que éramos adoctrinadores.

    Un museo que retira las huellas de la lucha de las mujeres no está «limpiando» salas; está amputando la memoria colectiva. Nuestras abuelas y bisabuelas lucharon por esos derechos y ahora quieren quitarnos estos mismos derechos que bisabuelas y abuelas lucharon tanto.

    Exijamos que las salas se lean en conjunto, con todas sus aristas, incluso las que desafinan al poder establecido.

    Porque un afiche o un periódico viejo pueden parecer objetos del pasado, pero en ellos permanece la verdad que alguien, en algún momento, quiso callar y la memoria no se puede callar.

    Y callar a Lucila Rubio no es curaduría: es un solo de censura que no debemos aplaudir ni permitir que ocurran cosas de un siglo atrás censurando hasta la música jazz simplemente por qué era música decadente.  A ver si seguimos así.

     

  • Cali, la ciudad que suena como un disco que no quieres que termine.

    Si cierras los ojos y abres los oídos, Cali deja de ser un mapa y se convierte en una mezcla imposible: salsa, pregones, tráfico, risas y el rumor de un río que también marca compás.

    La Sucursal del Cielo no se ve: se escucha. Y su paisaje sonoro es una colección de canciones que se cruzan en la calle sin pedir permiso.

    La mañana empieza con el crack de una aguja sobre un vinilo de salsa, como si alguien pusiera a girar el día.

    Luego entra el pregón del carretillero del raspado, anunciando el calor con ritmo de pregón viejo, y el murmullo de la panadería se mezcla con el crujir del pandebono recién horneado. Ahí ya hay una intro, un ritmo de fondo, una promesa.

    El tráfico llega como percusión. Pero el corazón no está en los motores: está en las bocinas de las chivas que gritan “¡a gozar!”, en el bullicio de la Galería de Alameda, en el viento que baja de los Farallones y mueve las hojas de los mangos como maracas naturales. Es un sampleo urbano que solo Cali sabe mezclar.

    Al caer la noche, la ciudad cambia de tono. El tintinear de los vasos en San Antonio, las risas del Parque del Perro y ese bajo profundo de la salsa brava que se escapa por las ventanas y te obliga a mover los pies sin darte cuenta. No hay manera de quedarse quieto: la ciudad te lleva.

    Si todo este paisaje sonoro fuera una sola canción, sería un guaguancó: los metales serían el bullicio de la calle, el bajo el cauce del río y la clave, el latido de su gente. Cali no suena bonito: suena vivo.

    ¿Y tú? ¿Cuál es ese sonido que, al escucharlo, te transporta inmediatamente a Cali?

  • Hannibal Lecter no era un monstruo: era un fantasma con hambre.

     

    Thomas Harris hizo algo que muy pocos se atreven: agarrar al villano más icónico de la literatura y decirle al mundo “espera, no era tan simple”.

    En Hannibal: El origen del mal (2006), Harris no celebra al caníbal elegante de El silencio de los corderos. Lo desmonta. Nos muestra al niño roto, al fantasma que lo precede.

    Y ojo: aquí no hay demonios sobrenaturales. Hay fantasmas. Recuerdos que se niegan a morir. Harris usa su prosa quirúrgica para decirnos que el mal no es una entidad abstracta, sino una construcción a fuego lento de trauma, memoria y traición.

    El invierno lituano no es paisaje: es personaje. Harris te mete el frío en los huesos. Nieve, silencio, olor a humo y hierro. El colapso de la civilización al final de la Segunda Guerra Mundial. El horror siempre tiene un pie en la realidad histórica.

    ¿Mischa? El fantasma que Harris se niega a olvidar. No es un recuerdo: es una presencia activa en el “Palacio de la Memoria”.

    Un recurso psicológico descrito no como locura, sino como arquitectura mental de alta precisión. El trauma no como olvido, sino como obsesión perfectamente archivada.

    Los antagonistas (Grutas y su grupo) no son genios del mal. Son hombres hambrientos, desesperados y moralmente vacíos.

    Harris plantea una tesis aterradora: el canibalismo de Hannibal no nace de una depravación innata, sino de una respuesta simétrica a la barbarie.

    La venganza como distorsión de la justicia. Los verdaderos monstruos son los hombres comunes en tiempos de guerra.

    Lady Murasaki es el contrapeso: arte, ceremonia del té, esgrima, contención. Pero Harris deja claro que la belleza y la cultura pueden refinar a un hombre, no exorcizar a sus fantasmas.

    El origen del mal es una novela sobre la memoria. Harris no nos pide perdonar a Lecter. Nos pide entender el precio que se paga cuando el mundo devora a un niño, y cómo ese niño, al sobrevivir, decide convertirse en el depredador que el mundo se merece. Prosa elegante, fría, calculada. Idéntica a la mente de su protagonista. Rock puro.

  • Anakena: diez años de pop caribeño, salitre y un reencuentro con ‘El Mar’.

    Hay bandas que envejecen mal. Anakena no. La banda venezolana de pop caribeño celebra una década con el relanzamiento de su primer EP, ‘El Mar’, estrenado originalmente en septiembre de 2016.

    Ahora se llama ‘El Mar: 10 Años Después’ y no es un simple reissue: incluye regrabaciones, versiones en vivo y acústicas de los cuatro temas originales.

    Grabado en mayo durante su gira por España, en Comeback Studios, el EP también tendrá formato audiovisual dentro de las ‘Comeback Sessions’, proyecto que impulsa talento de España y LATAM.

    Ya se pueden ver en YouTube las versiones oficiales de ‘Sofía’ y ‘Veneno’. El álbum y la sesión completa estarán disponibles desde el 15 de octubre.

     

    La celebración no termina en plataformas. El 27 de octubre, Mikel y Santi, fundadores del proyecto, harán un show acústico en el mítico Café Berlín de Madrid, repasando una discografía que los ha sostenido durante diez años. “Este EP es una pausa para mirar al pasado, entender de dónde venimos y agradecer el camino”, dicen.

     

    Y no, no es un cierre. Anakena planea cerrar el año con un sencillo nuevo y ya trabaja en lo que será su cuarto álbum. Diez años después, el mar sigue sonando. Y ellos siguen navegándolo.

  • FICCALI: Donde el cine colombiano se desangra y se celebra.

    Cali no pide permiso. No imita. No espera a que Bogotá le diga cómo se hace cine. El Festival de Cine de Cali es la trinchera donde el audiovisual colombiano se despoja del traje y muestra las cicatrices.

    Mientras los grandes hubs se engominan para las alfombras rojas y los mercados, FICCALI apuesta por lo visceral. Por ese cine que huele a barrio, a salsa, a callejón sin salida.

    El Grupo de Cali —Ospina, Mayolo— ya nos enseñó que la cámara podía ser un puñal. El festival lo recuerda cada año: no hay revolución sin riesgo.

    Aquí no vienen a vender humo.

    Para quienes estamos a punto de entrar al ruedo como productores, FICCALI es una lección de resistencia. No es solo pantalla y alfombra: es industria, sí, pero industria con alma.

    Coproducciones que se tejen en la barra de un bar, fondos que se pelean, redes que se construyen sin moño. El cine no se hace solo. Se conspira.

    Y en un país que a veces premia el entretenimiento vacío, Cali se planta: cine que incomoda, que pregunta, que no da respuestas fáciles. Como debe ser.

    La energía de Cali no se copia. Se lleva en el ADN. Este festival  late como un corazón que no se rinde.

    El cine es un acto de libertad. Y Cali lo sabe desde hace décadas.

    ¿Qué película o momento te ha sacudido en los festivales colombianos? Debatamos.

     

  • La calavera sonriente: ‘One Piece’ baja a la calle

     

    14 de octubre. Entre bombos, humo y cánticos, una capa negra se levanta. El Jolly Roger de los Sombrero de Paja: calavera sonriente, sombrero de paja, huesos cruzados. No es cosplay. Es un manifiesto.

    En One Piece, el enemigo no es un pirata rival. Es el Gobierno Mundial: censura, élites intocables, Dragones Celestiales, Marina represora.

    ¿Les suena? El fascismo real también tiene su Gobierno Mundial. Sus leyes, sus policías, sus medios. La capa lo dice sin decir: los vemos.

    Luffy no quiere conquistar el mundo. Quiere ser libre. Su lucha no es por poder, sino por emancipación. Llevar esa bandera es gritar: no venimos a reemplazar tiranos. Venimos a desmantelar la tiranía.

    En el manga, Nika, Dios del Sol, tambores de liberación. En la calle, cacerolazos, voces, ritmo que el fascismo no puede silenciar.

    La cultura pop ya no es entretenimiento. Es lenguaje compartido, trinchera generacional. One Piece nos enseñó que el poder se pudre y que la amistad es revolución.

    No es fanatismo. Es gramática política. Las nuevas generaciones no leen panfletos: leen mangas. Y desde ahí construyen resistencia. El sistema tiene jueces, fierros, leyes. Pero no puede vencer a un pueblo que decidió ser libre.

    El Gobierno Mundial de la ficción cayó. El de acá también caerá. Porque no hay censura que borre un tambor. No hay muro que frene un amanecer.

    Como dicen los piratas de Luffy: el amanecer siempre llega. Y nadie puede detenerlo.

  • Cali con otros ojos.

    Cali después del terremoto lo miro ya con otros ojos.  Con los ojos de una extranjera que ya no se encuentra en una ciudad cercana, sino lejana.

    Una ciudad que el brillo se está desaparece. Unas partes se mantiene. En la mayoría se siente la muerte en cada esquina.

    Una muerte que las personas pasaron por ciertas zonas como la calle 5.  Toda la zona sur se siente la muerte y la destrucción.

    Pero no nos centremos en eso.  Centremos dónde la zona es más increíble: san Antonio y el bulevar.

    Es la zona viva. Dónde se siente el encanto de la ciudad.  Se siente la gente andando. De la esencia en la ciudad. Dónde se puede andar con sus gatos. Gatos encantadores.

    Eso es lo que enamora de la ciudad su increíble humanidad y como brilla en el medio.  La zona de la calle de la escopeta ayuda a transformarse.

    Y bueno.  Llega la gente a transformar las cosas en esas calles y la ciudad se vuelve viva totalmente. Y es como si las personas disfrutarán de la zona.

    Así ve la ciudad un extranjero.  Incluso uno siendo local aprende a ver la ciudad con esos ojos.

  • Crónica de un indigena que no se arrodilló

     

     

    No hubo óleos, ni bóvedas frías, ni padrenuestros de sacristía. El 7 de octubre de 1967, en Ortega, Tolima, el párroco cerró las puertas de su cementerio a Manuel Quintín Lame Chantre.

    Un último portazo de la Iglesia a quien pasó 18 años, 7 meses y 21 días en cárceles colombianas por defender la tierra de los suyos.

    Pero qué mejor epitafio: las naciones originarias no son de santos óleos. Son de barro, de espíritus mayores, de tumbas clandestinas en la lomita marginal del río.

    La cruz reza: «Aquí duerme el indio casique… Fue el hombre que no se humillo a la in-Justicia».

    Quintín fue frentero. Frente al presidente Guillermo León Valencia —familiar de la innombrable— y frente al poeta Guillermo Valencia, autor del poema «Anarkos».

    El telegrama presidencial lo llamó «indio de carácter horrible, pícaro y estafador». Su respuesta fue un latigazo: «No acepto los insultos que me hace. Pero si la pluma del Doctor Valencia sirve para escribir ‘Anarcos’, la pluma del indio Manuel Quintín Lame servirá para defender a Colombia».

    Esa pluma no era de tinta. Era de hacha, de hoz, de güinche. Nacido en 1880 en la hacienda La Polindara, supo del terraje, del trabajo no remunerado, de la hermana violada por guerreros republicanos.

    Aprendió a leer con su tío cojo y periódicos viejos, y con el Código Civil en mano se volvió abogado de los desposeídos.

    En 1914 movilizó a los indígenas del Cauca contra la extinción de los resguardos. En 1922 fundó San José de Indias en el Tolima. Recuperó tierras, organizó cabildos, desafió a la aristocracia payanesa que lo veía como un riesgo electoral.

    Murió pobre, en su casita del barrio La Vega. Lo enterraron los indígenas, no la Iglesia. Su cuerpo no descansa en suelo sagrado, sino en el cerro de Los Avechucos, en un cementerio indígena.

    La implicación es demoledora: el Estado y la Iglesia, aliados históricos del despojo, no pudieron domesticarlo ni muerto. Quintín Lame no es un santo de vitral.

    Es una piedra en el zapato del poder, un recordatorio de que la tierra se defiende con la pluma, con el cuerpo y con la memoria. La pluma del indio sigue escribiendo.

  • El artivismo o cómo rockear desde el sofá.

     

     

    Rock al Parque siempre fue barricada, sudor y consigna. Pero hoy, con el trabajo remoto como nueva normalidad, el artivismo mutó. Ya no hace falta estar frente al escenario para sentir el riff de la resistencia.

     

    El artivismo es arte que muerde. Es la guitarra que se convierte en pancarta, el bajo que retumba como consigna, la batería que marca el pulso de una generación harta.

    Y en tiempos de Zoom y Slack, el activismo creativo encontró su propio lenguaje: playlists con mensaje, streams benéficos, ilustraciones que viralizan lo que los medios callan.

    Rock al Parque fue durante años el altar del artivismo bogotano. Allí, entre miles de almas, el punk, el metal y la fusión se volvieron herramienta política.

    Pero la pandemia nos encerró. El trabajo remoto nos volvió cyborgs de escritorio, y el escenario se trasladó a la pantalla. ¿Perdimos el rugido? No. Lo transformamos.

    Hoy, el artivismo se teje desde casa: diseñadores gráficos que convierten datos en afiches, músicos que samplean discursos presidenciales, colectivos que organizan festivales virtuales con causa.

    El arte ya no solo se exhibe: se acciona. Y el trabajo remoto, lejos de apagar la llama, le dio un nuevo amplificador.

    Porque el artivismo no es un género. Es una postura. Es decidir que tu obra no sea complaciente.

    Que tu home studio sea trinchera. Que tu playlist sea manifiesto. Que tu jornada laboral remota termine y empiece el ruido.

    Rock al Parque nos enseñó que la música puede ser multitud. El trabajo remoto nos enseñó que la multitud puede ser red. El artivismo es el puente: arte que incomoda, que organiza, que resiste. Desde un escenario o desde una silla ergonómica.

    Así que no apagues la cámara. Enciende la distorsión. El arte que no cuestiona es decoración. Y el artivismo, incluso en pijama, sigue siendo el riff más peligroso.