toda la informacion aqui…

  • La cultura como motor del desarrollo: reseña ensayo especial culturas vivas.

    La cultura como motor del desarrollo: reseña ensayo especial culturas vivas.

    Durante décadas, los despachos oficiales de la administración pública han funcionado bajo una premisa tan cómoda como perversa: entender la cultura como un inventario de eventos y un catálogo de espectáculos dóciles.

    Una burocracia gris, adicta a las jerarquías rígidas y a las planificaciones de oficina, se ha dedicado a gestionar la inercia. Para estos administradores de la vieja escuela, el ciudadano es un simple consumidor pasivo, un número en una estadística de asistencia a un teatro o a un festival de fin de semana.

    El funcionario firma el presupuesto, el artista ejecuta su obra en un escenario distante y el público aplaude desde la sombra. Todos a casa; la inercia continúa intacta.

    Sin embargo, este engranaje obsoleto ha comenzado a crujir. En las arterias de las ciudades globalizadas, allí donde la diversidad se vive de manera descarnada y vibrante, la realidad exige un derrumbe absoluto del viejo modelo piramidal.

    La cultura no se puede seguir confinando en un compartimento estanco, aislado de la economía, de la sanidad o del urbanismo.

    Cuando la política cultural se aísla de la estructura social, se marchita y se convierte en mera ornamentación estatal, un decorado costoso para simular un bienestar que no existe.

    Fortalecer el tejido simbólico de una comunidad no es diseñar una agenda de ocio; es, en su sentido más puro y combativo, construir ciudadanía.

    La transformación que hoy se respira en los márgenes de la gestión pública no es una simple reforma técnica, sino una revolución de actitud y de estructuras.

    Es necesario transitar con urgencia del burócrata tradicional al mediador relacional. Este cambio de paradigma implica sustituir la vieja verticalidad por una horizontalidad radical que potencie el capital intelectual y que asuma la inmersión en el territorio como la única vía posible de supervivencia.

    Los equipos multidisciplinares y los canales de comunicación abierta ya no son una opción vanguardista ni un capricho de intelectuales; son un escudo imprescindible frente a una sociedad cambiante que se mueve a una velocidad que los ministerios rígidos son incapaces de procesar.

    La cultura no se genera en la pulcritud de los escritorios gubernamentales; se vive, se padece y se transforma en la rugosidad de las calles, en las redes de interacción diaria y en el conflicto creativo.

    Por ello, adoptar una hoja de ruta seria, como la inspirada en los principios de la Agenda 21 de la Cultura, obliga a los gobiernos locales a asumir un compromiso ético y político ineludible.

    Este pacto estructural exige una gobernanza donde lo cultural sea el eje transversal de toda acción pública.

    Significa entender la diversidad no como un folclorismo exótico para turistas, sino como un ecosistema vivo e indispensable, tan crucial para nuestra supervivencia social como lo es la biodiversidad para el planeta Tierra.

    El acceso al universo simbólico no puede seguir siendo un privilegio de clase o un bien de lujo regulado por el poder adquisitivo; debe ser defendido como un derecho fundamental que sostiene la dignidad humana en tiempos de crisis.

    En este escenario de transformación, la frontera digital se presenta a menudo como la gran panacea del progreso contemporáneo, aunque con frecuencia se reduce a una trampa de conectividad vacía y pantallas brillantes.

    No basta con dotar de ordenadores a las periferias o, como se suele denunciar con lucidez, con «informatizar la pobreza».

    El verdadero reto radica en una dinamización cibercultural profunda, capaz de sembrar el pensamiento crítico y de estructurar redes sólidas de creación colectiva.

    La tecnología, desprovista de una actitud comunitaria y de un sentido político, solo sirve para automatizar el aislamiento y domesticar las mentes bajo la ilusión de la hiperconexión.

    El mercado, por su parte, observa este sector con una voracidad predecible, intentando reducir los bienes simbólicos a mercancías de intercambio rápido y obsolescencia programada.

    Si bien es innegable que la cultura genera riqueza y empleo, los gobiernos locales tienen la obligación histórica de blindar su valor intrínseco.

    El fin último de una política cultural digna de ese nombre no es fabricar clientes complacientes para las industrias del entretenimiento masivo, sino forjar creadores conscientes con un compromiso activo en su propio entorno.

    Aquellas ciudades que insistan en mantener la vieja administración burocrática e inmóvil quedarán reducidas a museos inertes, a postales nostálgicas o a parques temáticos sin alma.

    Solo las comunidades que se atrevan a transitar hacia un modelo de gestión relacional, dinámico e integrado, serán capaces de alumbrar una ecología cultural viva.

    Una ecología que deje de ser el gasto suntuario de los domingos para convertirse, finalmente, en el motor invisible y real de nuestro porvenir colectivo.

    Empezamos nuestro especial de investigación de cultura viva comunitaria con este texto y podríamos ayudar con este texto.  Por eso le doy 5 en este ensayo.

  • Vuela alto, Viejo Gus: Adiós a un maestro del arte caleño.

    Vuela alto, Viejo Gus: Adiós a un maestro del arte caleño.

    Cali despide con cariño a Gustavo Hincapié Reyes, el querido “Viejo Gus”, artista plástico y declamador que nos dejó físicamente estos días la velación fue  el 7 y las exequias el 8 de junio en el Campo Santo Metropolitano del Sur.

    Nacido en 1944, dedicó más de 50 años al arte espontáneo con tinta china y tintas de color, plasmando rincones, personajes y el alma cotidiana de nuestra ciudad. Sus ilustraciones forman parte de la memoria colectiva de miles de caleños.

    Desde Mirá Leé el recuerdo es personal. Hace más de 22 años tuve el privilegio de conocerlo y compartir largas charlas sobre arte que marcaron mi camino.

    Lo consideré un amigo: un conversador generoso, lleno de sabiduría callejera y una pasión contagiosa por la creación que transmitía en cada encuentro.

    Hoy la comunidad artística lo honra con mensajes como “Vuela alto, Viejo Gus” y “Gracias por tus mariposas”.

    Que su legado nos inspire a seguir amando y pintando Cali con el mismo corazón. Gracias por las charlas y por recordarnos que el arte es un acto de amor por nuestra tierra.

    Que vuelves alto maestro Gus!

  • El artivismo en redes: el fenómeno de las kpopers en colombia.

    El artivismo en redes: el fenómeno de las kpopers en colombia.

    En un rincón de la Bogotá fría, donde el asfalto retumba con el eco de las promesas de siempre, una pantalla táctil se enciende.

    No hay fusiles, no hay pancartas de tela rancia ni discursos de plaza pública que huelan a naftalina. Hay, en cambio, un par de dedos ágiles que digitan a la velocidad de la luz, coreografías perfectamente sincronizadas en video y un flujo interminable de estéticas pasteles que esconden una de las insurgencias digitales más fascinantes de la Colombia contemporánea.

    Son las *kpopers*. Una comunidad que la política tradicional —esa que habita en los clubes sociales y los debates encartonados— siempre miró con un desdén paternalista, reduciéndolas a adolescentes obsesionadas con ídolos de Seúl.

    Qué equivocados estaban. Hoy, ese inmenso engranaje de fandoms se ha convertido en el verdadero motor que intenta despertar del letargo a la campaña presidencial de Iván Cepeda.

    Mientras el comité central del candidato debate tesis de alta política en oficinas cerradas, las bases de la resistencia digital se mueven bajo sus propias reglas. El campo de batalla es X (antes Twitter), TikTok e Instagram.

    La estrategia no es el insulto visceral, la moneda de cambio común de la ultraderecha encarnada en figuras como Abelardo de la Espriella.

    La táctica de estas jóvenes es el artivismo puro: utilizar el arte, el diseño, la música y el humor para subvertir el algoritmo.

    Entrar a los hashtags de la oposición no para pelear, sino para inundarlos. Donde antes había mensajes de odio o desinformación, ahora aparecen videos en alta definición de bandas como BTS, Stray Kids o Ateez bailando de manera impecable, acompañados de infografías rigurosas que explican las propuestas de reforma agraria o paz territorial de Cepeda.

    Hackean la atención. Obligan al contrincante a mirar su contenido si quiere posicionar sus tendencias.

    Es una guerrilla cultural pop donde la munición son los memes potentes y la verdad fáctica, todo envuelto en filtros rosados y el ya famoso «corazón coreano» hecho con los dedos índice y pulgar.

    «Nos va a tocar a nosotras tomar las riendas», repiten en sus canales privados de mensajería, que ya suman miles de integrantes coordinados.

    Saben que la campaña oficial peca de parsimonia, pero no se sientan a quejarse; asumen el rol de creadoras de contenido político de vanguardia.

    Para ellas, las letras de canciones como *Guerrilla* de Ateez o *Silver Spoon* de BTS, que hablan de romper muros, de salarios indignos y de una sociedad que oprime a los jóvenes, no son simple entretenimiento de exportación.

    Son bandas sonoras de su propia realidad en un país que históricamente les ha cerrado las puertas.

    Ante el asombro del mundillo político, hombres y mujeres maduros de la izquierda tradicional intentan emular los gestos y dinámicas de este ejército digital para conectar con el electorado joven, aunque a veces el resultado raye en lo tierno o lo anacrónico.

    Pero detrás del color y la música, el trasfondo es severamente serio. Estas activistas no reciben cheques ni financiamientos ocultos.

    Su único dividendo es el agotamiento mental al final de la jornada y la convicción de que se están jugando el futuro.

    Al final del día, el artivismo *kpoper* en Colombia demuestra que las nuevas generaciones no están despolitizadas; simplemente mudaron de lenguaje.

    Entendieron las lógicas de las plataformas digitales mucho mejor que cualquier estratega de traje y corbata.

    En un país que se debate entre las narrativas del miedo y la transformación social, este enjambre digital ha decidido disputar el poder píxel a píxel, recordándole a toda una nación que la resistencia también puede tener estética de videoclip y ritmo de pop coreano.

    Esto abre la puerta de ganar influencia desde las artes y lo digital.

  • Cine Sinfónico: Bandas Sonoras llega al  Teatro Municipal Enrique Buenaventura.

    Cine Sinfónico: Bandas Sonoras llega al Teatro Municipal Enrique Buenaventura.

    Hay noches en que las paredes republicanas de Cali no solo resguardan la historia, sino que se convierten en el portal hacia otros mundos.

    El Teatro Municipal Enrique Buenaventura, ese coloso de la cultura que ha visto pasar mil batallas de aplausos, se prepara para un ritual que no es simplemente un concierto: es un pasaje directo a la memoria emotiva de varias generaciones.

    El próximo viernes 10 de julio, a las siete de la noche, las luces de la sala principal se atenuarán, pero esta vez el silencio no será el preludio del drama teatral, sino el rugido de una orquesta dispuesta a hacernos flotar.

    Cine Sinfónico: Bandas Sonoras es el título de la apuesta. Suena formal, casi académico, pero detrás del nombre se esconde un artefacto de nostalgia pura.

    Imaginen la escena: la Banda Departamental del Valle del Cauca, un cuerpo de músicos que cargan en sus hombros el rigor de los clásicos, afinando sus instrumentos.

    De repente, el golpe de un timbal o el viento de un corno francés rompen el aire y, sin previo aviso, usted ya no está sentado en la luneta de un teatro del centro de Cali.

    Usted está en una galaxia muy, muy lejana; o cruzando un universo de superhéroes; o tal vez, volando en una escoba sobre un castillo medieval.

    Ese es el poder de la música de cine: te saca el corazón del pecho y te lo devuelve inflado de épica.

    Pero en esta Cali que siempre busca ir más allá de la simple contemplación, el asunto no se queda en el oído.

    La genialidad de esta velada radica en el cruce de cables, en la alianza de saberes. Mientras los músicos le dan vida a las partituras que alguna vez hicieron llorar o saltar de emoción a millones en las salas de cine, los pasillos y el proscenio del Municipal se transformarán en un lienzo vivo.

    La Facultad de Artes Visuales y Aplicadas, junto al Laboratorio de Arte y Tecnología de Bellas Artes, se han propuesto la tarea de envolver al espectador.

    No se trata de proyectar una película de fondo; se trata de hackear los sentidos mediante tecnología audiovisual interactiva, creando una atmósfera donde la luz y la imagen dancen al ritmo del contrabajo y el violín.

    Cali, tantas veces golpeada por la inmediatez y el ruido estridente de la cotidianidad, encuentra en estos eventos un oasis necesario.

    Es la democratización de la emoción. El cine, ese arte popular por excelencia que nos enseñó a soñar despiertos en pantallas de barrio, regresa aquí convertido en alta cultura, pero sin perder su esencia callejera, familiar y cercana.

    Es el espacio perfecto para que el abuelo le explique al nieto qué sintió la primera vez que escuchó aquella melodía de aventura, y para que el joven le muestre al adulto cómo la tecnología de hoy puede reimaginar los mitos del ayer.

    La preventa ya corre por los cables digitales de boletaenlinea.co, con un descuento del 20% que parece un guiño cómplice para que nadie se quede por fuera de la nave.

    Porque al final del día, ir al Teatro Municipal el 10 de julio no es solo comprar una entrada para un espectáculo; es reclamar un pedazo de la memoria colectiva, es blindar la mente contra el tedio y entregarse, aunque sea por un par de horas, a la inmersión total de un viaje sin boleto de regreso.

    Los que aman de la cultura saben que el arte sana, que la música en vivo sacude las fibras más íntimas y que una ciudad que se reúne a escuchar sus bandas sonoras es una ciudad que aún recuerda cómo emocionarse unida. Nos vemos en la fila, con los ojos abiertos y el oído listo para el despegue.

    Empezamos con nuestra sección de cine oficialmente en mira Lee colocando cada viernes sobre el cine nacional.

  • Opinión.  El Indio Solari: el último aullido de la bestia.

    Opinión. El Indio Solari: el último aullido de la bestia.

    Por Óscar Alberto García.  

    Hoy, 5 de junio de 2026, se apagó la voz que durante medio siglo supo traducir la rabia, la ternura y la lucidez de toda una generación.

    Carlos Alberto “El Indio” Solari partió de este mundo a los 77 años en su refugio de Parque Leloir, dejando un vacío que duele en el pecho de millones que crecimos cantando sus metáforas como oraciones laicas.

    No se fue un cantante más: se fue el artífice de un universo propio donde el rock dejó de ser mero entretenimiento para convertirse en refugio, espejo y arma contra la mediocridad.

    Su partida nos obliga a mirar de frente lo que siempre nos enseñó: que la verdadera rebeldía es la de seguir siendo uno mismo en un mundo que premia la obediencia.

    Solari construyó con Los Redonditos de Ricota y luego con sus Fundamentalistas del Aire Acondicionado una obra que trasciende géneros y fronteras.

    Sus letras, densas de literatura beat, simbolismo y crítica filosa, fueron banda sonora de dictaduras, crisis y resistencias cotidianas. “Jijiji”, “La Bestia Pop”, “Un Ángel para tu Soledad” no eran solo canciones: eran himnos que nos daban permiso para sentir rabia, para soñar y para no arrodillarnos.

    En un continente que a veces se olvida de sus propios poetas, el Indio nos recordó que la música puede ser territorio de dignidad y belleza salvaje.

    Su retiro por la enfermedad de Parkinson no lo silenció del todo. Siguió creando, honrando su compromiso con la autonomía creativa lejos de las lógicas del mercado.

    El Doctor Honoris Causa que le otorgó la Universidad de Buenos Aires en mayo pasado fue apenas el reconocimiento tardío de una academia que, por fin, se inclinó ante quien nunca necesitó sus diplomas.

    Ese gesto, como sus recitales multitudinarios que se convertían en misas ricoteras, confirma que su legado no está en los charts ni en las listas de éxitos, sino en la forma en que miles de personas encontraron en sus versos las palabras que ellos mismos no lograban pronunciar.

    Hoy, mientras el Río Cali sigue corriendo como testigo silencioso de nuestras propias luchas, desde Mirá Leé rendimos homenaje al Indio con gratitud profunda.

    Su partida nos deja la responsabilidad de seguir cuidando esa llama contracultural que él alimentó con maestría. Gracias, Carlos Alberto. Gracias por enseñarnos que la poesía puede ser rock, que la rebeldía puede ser amor y que, incluso cuando la bestia parece dormida, siempre queda un último aullido capaz de despertar conciencias. Que tu vuelo sea liviano, maestro. La ricota sigue rodando.

     

  • El festival de teatro callejero de Bogotá ya está aquí!

    El festival de teatro callejero de Bogotá ya está aquí!

    El viento que baja de la montaña trae un eco distinto. Ya no es el murmullo de la rutina provincial, sino el estruendo de los cueros que empiezan a templarse.

    Del 5 al 8 de junio, Mesitas del Colegio deja de ser solo un mapa de fin de semana para convertirse en el epicentro de una insurrección pacífica, poética y necesaria.

    Llega el XXI Festival de Teatro Callejero, y con él, una certeza: la calle no le pertenece a los escritorios ni a los decretos; la calle es de quien la camina, la sueña y la actúa.

    El arte no pide permiso, recupera su derecho.  

    Mesitas se prepara para una metamorfosis. No es un festival más en el calendario burocrático de la cultura oficial.

    No hay palcos VIP, ni cintas de seguridad que alejen al espectador del actor. Aquí, el escenario es el andén, la plaza pública, la esquina olvidada del barrio.

    Durante cuatro días, más de 39 agrupaciones teatrales y artísticas, llegadas de distintas geografías de Colombia y del mundo, transformarán el cemento en un lienzo vivo de comparsas, zancos, tambores y máscaras.

    El teatro callejero no es un espectáculo que se consume pasivamente; es un encuentro cara a cara, una interpelación directa al alma de la comunidad.

    Esta vigesimoprimera edición llega con una carga simbólica profunda. No nace de los grandes presupuestos estatales ni de los patrocinios corporativos que lavan conciencias.

    Nace de abajo. Es la respuesta digna, estética y contundente a la infamia institucional.
    La respuesta al prejuicio: autogestión y memoria.  

    La memoria es el arma de los pueblos libres. En diciembre, el alcalde Diego López lanzó un dardo envenenado desde la comodidad de su cargo, pretendiendo reducir este patrimonio colectivo a un burdo espacio de «consumo de sustancias».

    La infamia, sin embargo, en lugar de apagar el fuego, avivó las brasas de la dignidad comunitaria. El prejuicio oficial se estrelló contra la muralla de la organización popular.

    ¿Cómo se financia la resistencia cultural cuando el poder le da la espalda? Con las uñas, con el corazón y con la mística del barrio. Este festival es un milagro de la autogestión:

    * Se sostiene a punta de «viejo teca».
    * Se levanta con el sudor de las «coca-colas bailables».
    * Se financia con la venta de bonos solidarios.
    * Se alimenta gracias al banco de alimentos que los mismos vecinos y comerciantes han levantado.

    El pueblo se ha unido para abrazar a los artistas que, en un acto de generosidad inmensa, han donado su trabajo.

    Aquí nadie viene a hacerse rico; se viene a enriquecer el espíritu colectivo. Frente al intento de criminalizar el arte callejero, Mesitas responde con solidaridad, ollas comunitarias y hospitalidad popular.

    El artista no es un peligro; es el espejo donde la sociedad se mira y se reconoce.

    El asfalto como trinchera del diálogo. 

    En tiempos donde los territorios colombianos cargan con las cicatrices del conflicto y el aislamiento, el espacio público necesita desesperadamente imaginación, diálogo y encuentro humano.

    El teatro en la calle es la antítesis del miedo. Cuando un zanquero se eleva sobre la multitud o cuando un payaso arranca la risa de un niño descalzo, se fractura el orden impuesto.

    Las más de 39 agrupaciones que se darán cita en el municipio no solo traen técnicas escénicas; traen memoria y resistencia. Los desfiles, talleres y funciones programadas son un grito de libertad en un espacio que le pertenece legítimamente a la ciudadanía.

    La dignidad no se negocia.  

    La invitación que hoy se lanza desde Mesitas del Colegio es un llamado a la defensa activa de lo público.

    No se trata solo de aplaudir un espectáculo; se trata de defender la calle como un territorio de paz, libre de la censura moralista del gobernante de turno.

    El XXI Festival de Teatro Callejero ya es una victoria antes de que caiga el primer telón imaginario.

    Es la demostración de que el arte hecho desde los territorios es indestructible cuando el pueblo lo asume como propio.

    Mientras las calles se llenen de tambores y las miradas se crucen sin intermediarios, la dignidad seguirá marchando firme sobre el asfalto. ¡Que rujan los tambores y que viva el teatro callejero!

  • El día 14 de junio se realizará el papayoging de la asociación la papaya.

    El día 14 de junio se realizará el papayoging de la asociación la papaya.

    El sol de las siete de la mañana en Cali no pide permiso; se te pega a la piel con la misma densidad del aire que sube desde el asfalto.

    Al borde del río Cali, allí donde el agua intenta recordar que alguna vez fue virgen antes de cruzar los puentes de concreto, un gentío atípico rompe la inercia del fin de semana.

    No llevan carteles políticos ni reclamos ensordecedores. Llevan tenis gastados, ropa deportiva y, en las manos, bolsas de basura vacías que pesan como una promesa.

    Es el escenario del *Papayogging*, la carrera de los raros, los tercos, los que decidieron que la indiferencia también se puede combatir trotando.

    La iniciativa, parida en las entrañas de la Asociación La Papaya —ese ecosistema de soñadores urbanos que lidera el arquitecto Felipe Velásquez—, suena en el papel a utopía de escritorio: un deporte medioambiental que consiste en recorrer ocho kilómetros de la ronda del río recogiendo lo que otros tiraron.

    En la práctica, es un sacudón a la desidia caleña. Una coreografía de cuerpos que se agachan, esquivan ramas y desentierran del lodo botellas de plástico, icopor, llantas viejas y colillas de cigarrillo.

    El río Cali, que según las alarmas de la Procuraduría ya arrastra trazas de plomo y mercurio en sus venas altas, recibe esta mañana un bálsamo de manos ciudadanas.

    Pero el truco del *Papayogging* no se queda en el sudor ni en el romanticismo del voluntariado. El verdadero quiebre del sistema ocurre cuando la basura pasa por la báscula de los Guardianes del Río, jóvenes de zonas vulnerables de las riberas que han encontrado en la asociación un refugio contra la violencia urbana.

    Allí, el plástico mugriento se transmuta. Por cada kilo de residuos rescatados de la corriente, la plataforma digital de La Papaya te inyecta mil «papayos» en tu cuenta.

    ¿Qué es un papayo? Es una moneda alternativa, un desafío directo al monopolio del dinero electrónico convencional.

    Un billete invisible respaldado no por el oro de los bancos ni por la especulación de Wall Street, sino por el peso real de la contaminación extraída de la tierra.

    Con esos papayos en el celular, el corredor que acaba de romperse la espalda sacando un colchón viejo del agua puede ir a entrenar a cadenas de gimnasios como Bodytech, pagar servicios o comprar productos locales.

    La ecología deja de ser un sermón dominical para convertirse en transacciones tangibles. El residuo, la escoria de la sociedad de consumo, se vuelve riqueza comunitaria.

    A lo largo del trayecto, que conecta los relatos verdes del Zoológico con el eco obrero del barrio Floralia, se ve de todo.

    Colegiales que descubren con asombro que los empaques de dulces que tiran en el recreo terminan flotando frente a sus ojos; ancianos que recuerdan cuando el río era un balneario de aguas cristalinas; y atletas de alto rendimiento que alteran su ritmo cardíaco para agacharse a recoger un pedazo de lona.

    Ya van más de veintiuna toneladas de basura arrancadas a los matorrales en la historia de estas jornadas. Tres toneladas tan solo en la última gran convocatoria, donde más de cuatrocientas cincuenta almas corrieron con el corazón sintonizado al rumor del agua.

    Al final de la jornada, el paisaje cambia de piel. Las orillas lucen un verde más limpio, más respirable, despojadas de ese gris artificial que el olvido les siembra a diario.

    Los rostros de los participantes están cubiertos de hollín, tierra y sudor pegajoso, pero hay una extraña lucidez en sus miradas.

    Al mirar sus teléfonos y ver el saldo de sus billeteras digitales expresado en papayos, entienden que el juego de la economía se puede hackear desde la empatía.

    El Papayogging no es solo una carrera limpia-ríos; es una declaración estética y política. Es demostrarle a una ciudad fragmentada que cuando el cuerpo y el espíritu se agachan juntos por el territorio, el tejido social se remienda.

    Mientras el agua sigue su curso hacia el río Cauca, un poco más libre, un poco menos asfixiada, en el ambiente queda flotando una certeza silenciosa: para cambiar el rumbo de una ciudad, a veces solo se necesita empezar a correr por sus heridas.

    Si te interesa ser parte del papayogin únete acá:

    https://www.lapapaya.org/registrations.html

  • Biblioteca del centenario: un remanso literario en la ciudad turística.

    Biblioteca del centenario: un remanso literario en la ciudad turística.

    Afuera, la tarde en Cali se derrite con lentitud sobre el asfalto del barrio El Peñón. Quien camina por estas calles se topa con el ritmo frenético de la zona turística:

    el aroma a café tostado que sale de los locales modernos, el crujir de las empanadas recién fritas, los murmullos en tres idiomas de los viajeros que buscan la sombra y el viento que baja de los cerros golpeando con suavidad las hojas de los almendros.

    Todo es movimiento, color, una coreografía urbana y gastronómica impecable. Sin embargo, justo allí, en la Calle 4 Oeste, el bullicio turístico se detiene en seco ante un umbral de calma: la Biblioteca Pública Patrimonial del Centenario.

    Fundada en el mítico año de 1910 para conmemorar los cien años de la independencia nacional, esta biblioteca —la más antigua de la ciudad— se levanta hoy como un oasis inesperado.

    Es el secreto mejor guardado de un circuito donde la gente suele buscar rumba, museos o alta cocina, pero donde pocos imaginan encontrar un refugio para el silencio y la memoria escrita.

    Cruzar su puerta es como sumergirse en un estanque de agua fresca en mitad del desierto de calor de la sucursal.

    El aire cambia, el eco de los pasos sobre el suelo se vuelve solemne y el murmullo de los motores se apaga por completo.

    Tener este santuario en pleno epicentro turístico de Cali es un verdadero lujo para los sentidos. Mientras a unos pocos metros los hoteles boutique registran huéspedes y las terrazas se llenan de vasos con lulada bien fría, en el interior del Centenario el tiempo se mide con otra aguja.

    Sus estantes custodian tesoros bibliográficos actualizados.  Es una calma increíble dónde puedes sentarte en la parte de arriba sentarte a leer de una forma tranquila mientras pasan las horas….

    Los viajeros cansados de patear la ciudad encuentran aquí un espacio de democratización absoluta.

    Un turista con mochila al hombro puede sentarse al lado de un estudiante de Univalle o de un viejo vecino del barrio que va a revisar el libro donde lees historias increíbles de la revista gaceta.

    No hay que pagar entrada, no hay que consumir para tener derecho a una silla cómoda bajo el airey la ventana grande que hay en la parte de arriba.

    La biblioteca se convierte así en un punto de encuentro comunitario y cultural donde conviven la Cali de siempre y la Cali que mira al mundo.

    una luz suave danzando por la ventana invitan a quedarse, a hojear una novela policiaca o un ensayo histórico sobre el Valle del Cauca, mientras las horas pasan sin pedir permiso.

    El verdadero encanto del Centenario radica en ese sabio contraste. Se puede pasar una mañana entera devorando un libro en sus salas de lectura y, al salir, estar a solo unos pasos de los mejores restaurantes de la ciudad o del icónico Río Cali.

    Es el complemento perfecto para el espíritu: alimentar la mente en la quietud patrimonial para luego salir a celebrar la vibrante vida nocturna y cultural que late en los alrededores.

    La biblioteca no se aísla de su entorno turístico; al contrario, lo equilibra, dotándolo de una profundidad intelectual y un peso histórico que la simple contemplación de monumentos no puede dar.

    Al final del día, cuando el sol caleño empieza a dar tregua y los faroles de El Peñón se encienden para inaugurar la noche, la Biblioteca del Centenario cierra sus puertas con la promesa de seguir siendo ese templo de resistencia cultural.

    Quien sale de allí lo hace con los ojos frescos, listo para reincorporarse al alegre caos de la zona turística, llevando consigo el murmullo de mil historias guardadas y la certeza de que, en Santiago de Cali, la cultura y el disfrute caminan siempre de la mano.

    Así que si estás en cali, ve, disfruta de un libro y siéntate a leer en un gran lugar y disfruta de una zona genial de nuestra ciudad!

  • Reseña crónica el rio de las memorias: temas de memoria y literatura.

    Reseña crónica el rio de las memorias: temas de memoria y literatura.

    Hola.  Hoy tenemos una reseña sobre la memoria sobre el rio de las memorias de José arcilla.

    José ardilla. Escritor, guionista y editor colombiano. Tiene dos libros de cuentos publicados: Divagaciones en el interior de una ballena (2012) y Libro del tedio (2017).

    Ha sido ganador de numerosos premios literarios, como el premio a novela inédita de la Alcaldía de Medellín y la beca para la escritura de libro de cuentos del Instituto de Cultura de Antioquia.

    Textos suyos han aparecido en medios como Universo CentroEl Malpensante y El País. En 2021, la revista Granta lo incluyó en la lista de las veinticinco voces más prometedoras de la literatura en español.

    Empezamos con el rio Atrato.

    El río no tiene prisa en recordar, pero tampoco olvida. En las llanuras donde el agua se confunde con el barro, el tiempo se mide en crecientes y sequías, no en calendarios.

    Allí, donde la modernidad llega tarde o simplemente prefiere no pasar, la memoria es un ejercicio de resistencia contra el flujo constante del olvido.

    Y es precisamente en esa orilla, la de las palabras que no se dejan arrastrar por la corriente, donde se planta la escritura de José Ardila.

    No es una coincidencia que la literatura colombiana más punzante de los últimos años huela a humedad y a fango.

    En un país obsesionado con mirar hacia el asfalto de las capitales, Ardila mira hacia el cauce. Su pluma, que la revista Granta catalogó con acierto entre las más vigorosas de una generación que no le pide permiso a los viejos cánones para existir, se ha convertido en una suerte de bitácora de navegación por el interior del país físico y mental.

    Se fracturan forman afluentes

    de memoria y una

    sola cosa no es

    una sola cosa

    sino muchas

    que

    cambian que se dispersan

    que se contraen

    que se funden en la espera

    en los pendientes de todos los calibres.

    A través de las páginas de la revista Gaceta, la indagación del autor no se queda en la superficie del paisaje idílico. El agua aquí no es postal de turismo; es un contenedor de ausencias.

    enmarcada en el centenario de Delia Zapata Olivella, el río se revela como el gran cementerio y el gran escenario de la espera nacional. En Colombia, esperar a la orilla del agua es casi una condición existencial:

    se espera que baje el nivel de la inundación, se espera que el pescado regrese, se espera el cuerpo de un ausente que la corriente arrastró en las noches de espanto.

    Ardila entiende que narrar el río es, fundamentalmente, narrar el trauma y la paciencia de un pueblo suspendido en el tiempo.

    Pero la corriente no solo arrastra mitologías colectivas; también golpea los cimientos de la casa propia.

    La memoria, para este cronista, es un asunto de primer orden que se desarma en la mesa del comedor. Lo demuestra cuando se sumerge en las dinámicas domésticas con textos como «A mi hermano no le gusta llamarse Juan Gabriel».

    Aquí el territorio ya no es la cuenca hidrográfica, sino el árbol genealógico, ese otro río de herencias, nombres impuestos y pequeñas neurosis familiares que nos dan forma.

    Al mapear las tensiones íntimas, el autor logra algo que la gran historia oficial siempre pasa por alto: entender que los grandes dolores de una nación se incuban y se sufren en el silencio de los hogares, en el peso de un nombre que se arrastra como una condena o como un escudo.

    La prosa de Ardila, conocida por títulos como Divagaciones en el interior de una ballena y Libro del tedio, opera bajo una premisa implacable: la realidad es un monstruo que nos ha tragado a todos y la única forma de no morir de asfixia es contar lo que vemos en la oscuridad de sus entrañas.

    Por eso, cuando escribe sobre «Un mar sin horizonte», no busca la inmensidad romántica del océano, sino la claustrofobia de los paisajes que habitan al hombre.

    Es el reflejo de una geografía humana que, a fuerza de encierro o violencia, ha perdido la capacidad de mirar el futuro, conformándose con sobrevivir al oleaje del día a día.

    Esta literatura no busca la complacencia del lector de suplementos dominicales. Es una crónica de la tierra que late, que incomoda y que exige atención.

    Las historias rescatadas en Gaceta funcionan como diques efímeros ante un país que padece de amnesia crónica institucionalizada.

    Mientras el poder insiste en pavimentar los recuerdos para borrar las huellas del conflicto y del abandono, la narrativa de este guionista y editor se empeña en desenterrar el lodo de los recuerdos.

    Al final, leer a José Ardila es aceptar que somos agua que corre y que se estanca. Sus relatos nos devuelven una imagen incómoda pero profundamente real de nosotros mismos: una sociedad que sigue buscando sus certezas en las orillas de un territorio que todavía no termina de descifrar, esperando que alguna vez el río traiga respuestas en lugar de más preguntas.

    Recordemos que el rio es memoria, es acordarnos de quienes somos.  Y recordar a los sobrevivientes de la guerra y el olvido. Es parte de recordar con el arte y cultura se puede crear memoria e ir sanando.

  • Las ventas de los libros online está creciendo en colombia? Y está creciendo está forma de ventas en periodismo?

    Las ventas de los libros online está creciendo en colombia? Y está creciendo está forma de ventas en periodismo?

    El clic de una tarjeta de crédito en Bogotá y el pago electrónico a un portal independiente en Cali no hacen ruido.

    Sin embargo, detrás de la pantalla, mueven una maquinaria colosal. La industria editorial en Colombia consolidó ventas netas por $1,06 billones de pesos, un crecimiento del 7,5% apalancado por la circulación de 39,4 millones de ejemplares.

    El país ya no solo lee en el silencio de las bibliotecas; compra en la invisibilidad de las redes y las interfaces web, dividiendo su devoción entre las grandes autopistas corporativas y las trincheras de la prensa independiente.

    El gigante invisible del e-commerce.  

    El comercio electrónico tradicional ha dejado de ser un canal alternativo para convertirse en una fuerza corporativa masiva. Aunque las librerías físicas (independientes y de cadena)

    retienen el liderato comercial con un 39,7% de la participación total, las plataformas virtuales de distribución y los canales digitales propios de las editoriales ya canalizan una porción crucial del mercado, especialmente en el subsector de ficción y no ficción, que encabeza los ingresos nacionales con $425.679 millones de pesos.

    Este ecosistema funciona bajo la lógica de la inmediatez logística y el algoritmo puro:

    – Inventario virtual absoluto: Catálogos infinitos que pulverizan el límite físico de cualquier estante de madera tradicional.

    – Optimización transaccional: El usuario compara precios, calcula fletes intermunicipales y gestiona el pago en menos de tres minutos.

    – Logística centralizada: Furgonetas que procesan paquetes sellados al vacío desde grandes centros de distribución urbana para entregarlos directamente en la puerta del lector.

    La trinchera digital del medio alternativo.  

    A unos cuantos clics de distancia, en los márgenes del internet corporativo, la compra de libros adquiere un carácter político y comunitario.

    Los periódicos digitales alternativos y los portales periodísticos de nicho en Colombia han transformado sus páginas web en plataformas de resistencia cultural.

    Aquí no operan los algoritmos de recomendación masiva; opera la afinidad ideológica y la curaduría crítica.

    > El lector de un medio alternativo no busca la novela más vendida del semestre; compra el ensayo de investigación censurado, la crónica de territorio o la poesía autopublicada que los canales tradicionales marginan de sus góndolas.

    Aunque el libro físico sigue rigiendo el mercado masivo, el formato estrictamente digital (e-book) defiende una cuota estable de entre el 8% y el 9% de las ventas totales de la industria en Colombia.

    En las tiendas virtuales de la prensa alternativa, este formato se convierte en una herramienta de democratización: elimina los sobrecostos de impresión y distribución, permitiendo que un texto sobre derechos humanos o memoria histórica llegue a un teléfono celular en el Guaviare o el Catatumbo por una fracción de lo que costaría enviarlo físicamente.

    Además, los ingresos generados por estas ventas online no alimentan fondos de inversión extranjeros; se reinvierten directamente en la financiación del periodismo independiente del propio medio.

    Es un circuito cerrado de economía solidaria: el suscriptor compra un libro digital para sostener la línea editorial del periódico y, a cambio, recibe un contenido analítico que rara vez circula en las grandes superficies.

    Dos lógicas para la misma página.  

    El nuevo orden de la lectura en Colombia no se define por el soporte, sino por la intención detrás del clic. Mientras las grandes plataformas de comercio electrónico optimizan la experiencia de compra masiva basándose en el comportamiento de datos y la facturación a escala.

    las librerías virtuales de los medios alternativos rescatan el valor del libro como un artefacto de debate social.

    Ambos mundos coexisten en el ecosistema digital de un país que, paso a paso, eleva su promedio de lectura apoyado en la comodidad de una pasarela de pagos.

    Está es la esencia de nuestra tienda…. Las ventas de todos nuestros libros van en aumento y quisimos darle las gracias a todos uds por el crecimiento de nuestra tienda.

    Si les interesa pueden ver nuestra tienda por acá y muchas gracias por apoyar el periodismo alternativo!

    https://miraleeperiodicocultural.com/miralee-tienda/