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  • Encuentro de medios alternativos en cartagena.  Algoritmos y desinformación.

    Encuentro de medios alternativos en cartagena. Algoritmos y desinformación.

    El aire de Cartagena no solo arrastra el salitre pesado del Caribe; hoy arrastra una urgencia distinta.

    En los pasillos del Centro de Convenciones, lejos de las postales turísticas de carrozas y murallas coloniales, se congregan más de mil almas que sostienen la comunicación desde las orillas:

    emisoras comunitarias del Catatumbo, colectivos digitales de la Amazonía, reporteros barriales de Cali y portales independientes que disputan la narrativa diaria en un país hiperconectado pero profundamente desinformado.

    Es el Encuentro Nacional de Medios Alternativos y Digitales. El ambiente es un hervidero de acentos colombianos y lógicas de resistencia.

    Sin embargo, el gran enemigo de la jornada no tiene rostro, ni fusil, ni sede política visible. Se esconde detrás de líneas de código y pantallas brillantes.

    El debate central quema: los algoritmos de las grandes corporaciones tecnológicas y la sorda, pero letal, marea de la desinformación.
    La paradoja se instala temprano en las mesas de discusión.

    Estos mismos creadores que democratizan la palabra en las regiones dependen de las plataformas de Silicon Valley para existir en el espectro público. Pero las reglas del juego digital están trucadas.

    Varios ponentes coinciden en un diagnóstico crudo: las matemáticas del *engagement* (ese enganche forzado) no premian la rigurosidad ni el tejido social; premian la furia. El algoritmo es un cazador de atención que descubrió que el odio y la mentira indignan más rápido y, por ende, facturan mejor.

    —»Nosotros gastamos tres días verificando un dato sobre la restitución de tierras en el territorio», comenta una radialista del Cauca en los pasillos de las salas de comisiones.

    «Luego viene un perfil anónimo con un montaje burdo, el algoritmo lo infla porque genera miles de comentarios de odio, y nuestra verdad queda sepultada bajo un millón de interacciones falsas».

    La desinformación se analiza aquí no como un error del sistema, sino como un modelo de negocio altamente eficiente.

    Las pantallas del auditorio proyectan mapas conceptuales que exponen cómo las cajas negras de la Inteligencia Artificial y los sesgos algorítmicos terminan por fracturar los debates democráticos locales.

    En las regiones más apartadas, donde el acceso a la conectividad es precario y los paquetes de datos solo permiten navegar en ciertas redes sociales «gratuitas», la realidad de una comunidad entera la decide el diseño de una interfaz a miles de kilómetros de distancia. Si la red dice que hay guerra, el pueblo se paraliza, aunque las calles estén en paz.

    Frente a este panorama sombrío, el encuentro en Cartagena no se queda en la queja estéril. Hay una mística insumisa en el aire. Las propuestas para «hackear la polarización» empiezan a rodar por las mesas de trabajo.

    Se habla con insistencia de la necesidad de una alfabetización mediática e informacional que desmonte la ciber-trampa desde las escuelas rurales.

    La consigna implícita es clara: si el algoritmo aísla y radicaliza, el periodismo de base debe humanizar y enraizar.

    La contranarrativa propuesta por los medios alternativos pasa por colectivizar la tecnología. Descentralizar la verdad implica que la comunidad entienda cómo se produce la información que consume.

    No se trata de competir en volumen contra granjas de *bots* automatizados, una batalla perdida de antemano, sino de blindar los territorios con credibilidad y redes de verificación comunitaria a escala humana.

    Al caer la tarde, el sol caribeño se oculta tiñendo de fuego las murallas. Dentro del recinto, los micrófonos se apagan lentamente, pero las libretas quedan llenas de alianzas estratégicas.

    Los más de mil comunicadores regresarán a sus regiones con la certeza de que la soberanía digital es la nueva frontera de la libertad de expresión.

    La batalla contra los fantasmas algorítmicos ya empezó, y se librará con la única herramienta que las máquinas no pueden replicar: la terquedad del periodismo que pone el cuerpo en el territorio.

  • La influencer circulander y la constante de la formación de públicos.

    La influencer circulander y la constante de la formación de públicos.

    Ayer la influencer circulander hablo sobre como el mapa de puntos culturales como una forma de formación de públicos.

    El escenario físico no fue un frío auditorio institucional, sino las estanterías de madera y el aroma a café de la Librería oromo, en el barrio El Ingenio.

    Allí, resguardada por el refugio de los libros, la influencer Circulander tomó el micrófono digital y presencial.

    Su trinchera no es la de la vanidad efímera ni la del unboxing vacío; su campo de batalla es la circulación del sentido.

    ayer, con la precisión de quien opera un tejido vivo, diseccionó un artefacto que muchos confunden con simple cartografía, pero que en realidad es un manifiesto político y pedagógico: el mapa de puntos culturales.

    Para el observador perezoso, un mapa es un trozo de papel o una constelación de pixeles interactivos que te dice dónde estás y cómo llegar a donde no te han llamado.

    Es una herramienta utilitaria. Pero la intervención de Circulander, arropada por la calidez de oromo, desarmó esa ingenuidad de inmediato.

    No estábamos hablando de coordenadas geográficas; estábamos hablando de la arquitectura de la mirada.

    El mapa de puntos culturales —esa red densa que une bibliotecas comunitarias, teatros independientes, galerías de garaje y plazas recuperadas— fue presentado por la creadora no como un inventario de ladrillos y eventos, sino como una máquina de formación de públicos.

    La construcción del ciudadano cultural.

    La tesis lanzada desde El Ingenio es cruda y necesaria: el público no nace, se hace. Y no se hace a base de decretos oficiales o de campañas publicitarias grandilocuentes que huelen a burocracia rancia.

    Se hace mediante la visibilidad y el acceso. La circulander explicaba con esa vehemencia tan suya, ajena al edulcorante de los creadores de contenido promedio, que trazar un punto en el mapa es un acto de resistencia simbólica.

    Lo que no está en el mapa, no existe en el imaginario colectivo. Y lo que se oculta a la vista del ciudadano común termina por convertirse en el privilegio de unos pocos iniciados.

    El nudo de la crónica de ayer radicó en la transformación del consumidor en ciudadano cultural.

    En un ecosistema donde las grandes corporaciones del entretenimiento dictan el menú diario a través de recomendaciones automatizadas —diseñadas minuciosamente para que nunca salgamos de nuestra zona de confort cognitivo—, el mapa de puntos culturales emerge como un contra-algoritmo humano.

    La circulander insistía en que la formación de públicos implica, obligatoriamente, educar el deseo.

    Enseñar al ojo y al oído a buscar la periferia, a incomodarse con lo desconocido, a valorar el teatro que se ensaya a tres calles de distancia tanto o más que la superproducción que llega al circuito comercial.

    La cultura no es un evento de gala al que se asiste una vez al año con ropa incómoda, sino un hábito respiratorio.

    La autogestión como escuela política del espectador.  

    Aquí es donde la intervención de la creadora alcanzó su punto más complejo y afilado: la formación de públicos no ocurre desde arriba, sino en el lodo y la libertad de los espacios autogestionados.

    La circulander fue enfática al rescatar que estos lugares —que no dependen del goteo intermitente de los fondos estatales ni de la lógica de rentabilidad de los grandes patrocinadores— son los verdaderos y únicos laboratorios de la audiencia crítica.

    En la autogestión, el espectador deja de ser un cliente pasivo que paga una boleta para consumir un enlatado; se convierte, por necesidad y por convicción, en un cómplice directo.

    Explicaba ayer que un espacio independiente se ve obligado a inventar su propio público porque no le viene dado por la inercia del mercado.

    Formar público en la autogestión no es «llenar butacas» para inflar las planillas estadísticas de un ministerio; es construir una micro-comunidad que sostiene el debate en el café de la salida, que habita el lugar de manera cotidiana y que tolera la experimentación radical. Es educar a la audiencia en el valor de la fragilidad y la honestidad intelectual.

    Para la circulander, la autogestión enseña una pedagogía de la corresponsabilidad. Quien asiste a un espacio autogestionado entiende el costo político de su ausencia:

    sabe que si deja de ir, esa sala de teatro del barrio o esa biblioteca comunitaria corre el riesgo real de desaparecer.

    El público aquí aprende que su mirada financia y protege la libertad creativa frente a la homogenización del algoritmo.

    El mapa, bajo esta luz, es una ruta de alfabetización estética y política. Cada nodo autogestionado es una escuela sin paredes.

    Al conectar los puntos, el ciudadano no solo se desplaza por el territorio físico, sino que expande su territorio mental. Descubre la necesidad cotidiana que late en la esquina de su propio barrio.

    El mapa hay que caminarlo.  

    Hacia el final de su intervención, mientras los asistentes en la librería asentían en silencio, flotaba en el aire una advertencia implícita, un eco de sospecha sobre la complacencia digital.

    La circulander no idealiza la herramienta; sabe que el mapa es solo el plano de una casa que hay que habitar.

    De nada sirve la plataforma interactiva más pulida del mercado si los puntos se quedan mudos, si las comunidades no se apropian de ellos, si el presupuesto público abandona las infraestructuras reales mientras financia fachadas virtuales.

    La formación de públicos requiere cuerpo, territorio, persistencia y, sobre todo, el músculo vivo de la resistencia autogestionada. Requiere que la gente camine el mapa.

    La transmisión terminó, los aplausos rompieron la intimidad de la Librería oromo y la pantalla volvió a su negro reflejo.

    En el aire del Ingenio quedó flotando la certeza de que ayer se sembró una pregunta incómoda en miles de usuarios que solo buscaban el entretenimiento rápido del scroll infinito.

    La circulander demostró que las redes y los espacios físicos pueden aliarse para dejar de ser el opio de la distracción, transformándose en el ágora donde se discute cómo y con qué ojos vamos a mirar el mundo mañana. El mapa está trazado; ahora nos toca a nosotros aprender a leerlo y, sobre todo, atrevernos a recorrerlo.

  • La circulander estrena su radiografía  cultural y muestra turismo cultural.

    La circulander estrena su radiografía cultural y muestra turismo cultural.

    Cali siempre ha tenido dos caras. Una es la de la postal oficial, la del trópico predecible con su brisa de las cinco de la tarde y sus monumentos de bronce que miran al vacío.

    La otra es la Cali que late abajo, la que huele a tinta de fanzine, a sudor de baldosa y a madera vieja de teatros independientes que sobreviven a punta de puro coraje.

    A esa segunda ciudad, la que no sale en los folletos de las agencias de viajes ni en los discursos de los burócratas, es a la que apunta *La Circulander* con su nueva radiografía cultural.

    No es un mapa turístico al uso; es un artefacto de resistencia urbana. Un inventario de los brotes de vida que insisten en florecer en los márgenes de una ciudad que muchas veces prefiere el ruido de los centros comerciales al murmullo de sus propios creadores.

    El lanzamiento de este circuito de turismo cultural no ocurre en un salón de hotel con aire acondicionado y cócteles de bienvenida para la prensa dócil.

    Ocurre donde debe: en una librería autogestionads llamada oromo, ahí donde los libros están en sus estantes y las paredes gritan lo que los periódicos callan. La Circulander se presenta ante el asfalto como un caleidoscopio que ordena el desorden, una brújula para los que se niegan a consumir cultura enlatada y prefieren untarse de la realidad local.

    Al desplegar esta cartografía, los barrios tradicionales de Cali pierden esa pátina de museos inertes y se revelan como laboratorios vivos.

    San Antonio ya no es solo el pesebre colonial de las macetas y las artesanías de exportación; ahora es el refugio de talleres de grabado donde las prensas manuales desafían la dictadura de lo digital.

    El centro de la ciudad deja de ser el nudo ciego de las oficinas públicas y los vendedores ambulantes para transformarse en un laberinto de sótanos donde el cineclubismo resiste y las librerías de viejo custodian primeras ediciones que la memoria oficial ya olvidó.

    El mérito de esta iniciativa radica en su honestidad. No maquilla a la ciudad para complacer el ojo extranjero; la muestra con sus costuras expuestas, con sus grietas y su luz rabiosa.

    El turismo cultural, bajo este enfoque, deja de ser una actividad de espectadores pasivos que miran el mundo desde la ventana de un autobús con vidrios ahumados.

    Aquí el viajero —sea un gringo con mochila o un caleño del oriente que cruza la autopista— se convierte en cómplice.

    Se le invita a entrar a la trastienda de los teatros de cámara en El Peñón, a escuchar los ensayos de las orquestas de barrio que pulen sus metales en San Fernando, a entender que la verdadera riqueza de esta comarca no está en sus bancos, sino en la cabeza de sus artistas.

    Los creadores de La Circulander han entendido el signo de los tiempos. El viajero contemporáneo padece de náuseas frente a lo prefabricado.

    Busca la fricción con lo real. Quiere saber dónde se esconde el pintor que usa el hollín de la tarde para fijar sus lienzos, dónde se discute la política de los cuerpos a través de la danza contemporánea, o en qué esquina un melómano guarda diez mil vinilos de salsa brava que explican, mejor que cualquier libro de historia, por qué esta ciudad camina con un swing que parece una herida abierta.

    Esta radiografía es, al mismo tiempo, un acto de fe y un portazo en la cara de la indiferencia institucional.

    En un país donde la gestión cultural suele ser el pariente pobre de las agendas públicas, que un circuito logre tejer los hilos invisibles que unen a las galerías independientes, los cafés literarios y los espacios autogestionados es casi un milagro.

    Es la demostración de que la escena local no necesita permisos para existir ni bendiciones oficiales para circular.

    Cuando la tarde cae y la sombra de los Farallones empieza a devorar los tejados viejos del oeste, el mapa deja de ser una guía y se convierte en un territorio real.

    Uno camina por el barrio Granada buscando el rastro de una exposición de fotografía underground y comprende que La Circulander no inventó nada:

    simplemente le dio un nombre y una ruta al oleaje invisible que siempre ha estado ahí, empujando la ciudad hacia adelante. Una invitación definitiva a perder el orden, a desacelerar el paso y a descubrir que en Cali el arte no se contempla en vitrinas; se respira en cada andén, rabioso y profundamente vivo.

  • La cultura como motor del desarrollo: reseña ensayo especial culturas vivas.

    La cultura como motor del desarrollo: reseña ensayo especial culturas vivas.

    Durante décadas, los despachos oficiales de la administración pública han funcionado bajo una premisa tan cómoda como perversa: entender la cultura como un inventario de eventos y un catálogo de espectáculos dóciles.

    Una burocracia gris, adicta a las jerarquías rígidas y a las planificaciones de oficina, se ha dedicado a gestionar la inercia. Para estos administradores de la vieja escuela, el ciudadano es un simple consumidor pasivo, un número en una estadística de asistencia a un teatro o a un festival de fin de semana.

    El funcionario firma el presupuesto, el artista ejecuta su obra en un escenario distante y el público aplaude desde la sombra. Todos a casa; la inercia continúa intacta.

    Sin embargo, este engranaje obsoleto ha comenzado a crujir. En las arterias de las ciudades globalizadas, allí donde la diversidad se vive de manera descarnada y vibrante, la realidad exige un derrumbe absoluto del viejo modelo piramidal.

    La cultura no se puede seguir confinando en un compartimento estanco, aislado de la economía, de la sanidad o del urbanismo.

    Cuando la política cultural se aísla de la estructura social, se marchita y se convierte en mera ornamentación estatal, un decorado costoso para simular un bienestar que no existe.

    Fortalecer el tejido simbólico de una comunidad no es diseñar una agenda de ocio; es, en su sentido más puro y combativo, construir ciudadanía.

    La transformación que hoy se respira en los márgenes de la gestión pública no es una simple reforma técnica, sino una revolución de actitud y de estructuras.

    Es necesario transitar con urgencia del burócrata tradicional al mediador relacional. Este cambio de paradigma implica sustituir la vieja verticalidad por una horizontalidad radical que potencie el capital intelectual y que asuma la inmersión en el territorio como la única vía posible de supervivencia.

    Los equipos multidisciplinares y los canales de comunicación abierta ya no son una opción vanguardista ni un capricho de intelectuales; son un escudo imprescindible frente a una sociedad cambiante que se mueve a una velocidad que los ministerios rígidos son incapaces de procesar.

    La cultura no se genera en la pulcritud de los escritorios gubernamentales; se vive, se padece y se transforma en la rugosidad de las calles, en las redes de interacción diaria y en el conflicto creativo.

    Por ello, adoptar una hoja de ruta seria, como la inspirada en los principios de la Agenda 21 de la Cultura, obliga a los gobiernos locales a asumir un compromiso ético y político ineludible.

    Este pacto estructural exige una gobernanza donde lo cultural sea el eje transversal de toda acción pública.

    Significa entender la diversidad no como un folclorismo exótico para turistas, sino como un ecosistema vivo e indispensable, tan crucial para nuestra supervivencia social como lo es la biodiversidad para el planeta Tierra.

    El acceso al universo simbólico no puede seguir siendo un privilegio de clase o un bien de lujo regulado por el poder adquisitivo; debe ser defendido como un derecho fundamental que sostiene la dignidad humana en tiempos de crisis.

    En este escenario de transformación, la frontera digital se presenta a menudo como la gran panacea del progreso contemporáneo, aunque con frecuencia se reduce a una trampa de conectividad vacía y pantallas brillantes.

    No basta con dotar de ordenadores a las periferias o, como se suele denunciar con lucidez, con «informatizar la pobreza».

    El verdadero reto radica en una dinamización cibercultural profunda, capaz de sembrar el pensamiento crítico y de estructurar redes sólidas de creación colectiva.

    La tecnología, desprovista de una actitud comunitaria y de un sentido político, solo sirve para automatizar el aislamiento y domesticar las mentes bajo la ilusión de la hiperconexión.

    El mercado, por su parte, observa este sector con una voracidad predecible, intentando reducir los bienes simbólicos a mercancías de intercambio rápido y obsolescencia programada.

    Si bien es innegable que la cultura genera riqueza y empleo, los gobiernos locales tienen la obligación histórica de blindar su valor intrínseco.

    El fin último de una política cultural digna de ese nombre no es fabricar clientes complacientes para las industrias del entretenimiento masivo, sino forjar creadores conscientes con un compromiso activo en su propio entorno.

    Aquellas ciudades que insistan en mantener la vieja administración burocrática e inmóvil quedarán reducidas a museos inertes, a postales nostálgicas o a parques temáticos sin alma.

    Solo las comunidades que se atrevan a transitar hacia un modelo de gestión relacional, dinámico e integrado, serán capaces de alumbrar una ecología cultural viva.

    Una ecología que deje de ser el gasto suntuario de los domingos para convertirse, finalmente, en el motor invisible y real de nuestro porvenir colectivo.

    Empezamos nuestro especial de investigación de cultura viva comunitaria con este texto y podríamos ayudar con este texto.  Por eso le doy 5 en este ensayo.

  • Vuela alto, Viejo Gus: Adiós a un maestro del arte caleño.

    Vuela alto, Viejo Gus: Adiós a un maestro del arte caleño.

    Cali despide con cariño a Gustavo Hincapié Reyes, el querido “Viejo Gus”, artista plástico y declamador que nos dejó físicamente estos días la velación fue  el 7 y las exequias el 8 de junio en el Campo Santo Metropolitano del Sur.

    Nacido en 1944, dedicó más de 50 años al arte espontáneo con tinta china y tintas de color, plasmando rincones, personajes y el alma cotidiana de nuestra ciudad. Sus ilustraciones forman parte de la memoria colectiva de miles de caleños.

    Desde Mirá Leé el recuerdo es personal. Hace más de 22 años tuve el privilegio de conocerlo y compartir largas charlas sobre arte que marcaron mi camino.

    Lo consideré un amigo: un conversador generoso, lleno de sabiduría callejera y una pasión contagiosa por la creación que transmitía en cada encuentro.

    Hoy la comunidad artística lo honra con mensajes como “Vuela alto, Viejo Gus” y “Gracias por tus mariposas”.

    Que su legado nos inspire a seguir amando y pintando Cali con el mismo corazón. Gracias por las charlas y por recordarnos que el arte es un acto de amor por nuestra tierra.

    Que vuelves alto maestro Gus!

  • El artivismo en redes: el fenómeno de las kpopers en colombia.

    El artivismo en redes: el fenómeno de las kpopers en colombia.

    En un rincón de la Bogotá fría, donde el asfalto retumba con el eco de las promesas de siempre, una pantalla táctil se enciende.

    No hay fusiles, no hay pancartas de tela rancia ni discursos de plaza pública que huelan a naftalina. Hay, en cambio, un par de dedos ágiles que digitan a la velocidad de la luz, coreografías perfectamente sincronizadas en video y un flujo interminable de estéticas pasteles que esconden una de las insurgencias digitales más fascinantes de la Colombia contemporánea.

    Son las *kpopers*. Una comunidad que la política tradicional —esa que habita en los clubes sociales y los debates encartonados— siempre miró con un desdén paternalista, reduciéndolas a adolescentes obsesionadas con ídolos de Seúl.

    Qué equivocados estaban. Hoy, ese inmenso engranaje de fandoms se ha convertido en el verdadero motor que intenta despertar del letargo a la campaña presidencial de Iván Cepeda.

    Mientras el comité central del candidato debate tesis de alta política en oficinas cerradas, las bases de la resistencia digital se mueven bajo sus propias reglas. El campo de batalla es X (antes Twitter), TikTok e Instagram.

    La estrategia no es el insulto visceral, la moneda de cambio común de la ultraderecha encarnada en figuras como Abelardo de la Espriella.

    La táctica de estas jóvenes es el artivismo puro: utilizar el arte, el diseño, la música y el humor para subvertir el algoritmo.

    Entrar a los hashtags de la oposición no para pelear, sino para inundarlos. Donde antes había mensajes de odio o desinformación, ahora aparecen videos en alta definición de bandas como BTS, Stray Kids o Ateez bailando de manera impecable, acompañados de infografías rigurosas que explican las propuestas de reforma agraria o paz territorial de Cepeda.

    Hackean la atención. Obligan al contrincante a mirar su contenido si quiere posicionar sus tendencias.

    Es una guerrilla cultural pop donde la munición son los memes potentes y la verdad fáctica, todo envuelto en filtros rosados y el ya famoso «corazón coreano» hecho con los dedos índice y pulgar.

    «Nos va a tocar a nosotras tomar las riendas», repiten en sus canales privados de mensajería, que ya suman miles de integrantes coordinados.

    Saben que la campaña oficial peca de parsimonia, pero no se sientan a quejarse; asumen el rol de creadoras de contenido político de vanguardia.

    Para ellas, las letras de canciones como *Guerrilla* de Ateez o *Silver Spoon* de BTS, que hablan de romper muros, de salarios indignos y de una sociedad que oprime a los jóvenes, no son simple entretenimiento de exportación.

    Son bandas sonoras de su propia realidad en un país que históricamente les ha cerrado las puertas.

    Ante el asombro del mundillo político, hombres y mujeres maduros de la izquierda tradicional intentan emular los gestos y dinámicas de este ejército digital para conectar con el electorado joven, aunque a veces el resultado raye en lo tierno o lo anacrónico.

    Pero detrás del color y la música, el trasfondo es severamente serio. Estas activistas no reciben cheques ni financiamientos ocultos.

    Su único dividendo es el agotamiento mental al final de la jornada y la convicción de que se están jugando el futuro.

    Al final del día, el artivismo *kpoper* en Colombia demuestra que las nuevas generaciones no están despolitizadas; simplemente mudaron de lenguaje.

    Entendieron las lógicas de las plataformas digitales mucho mejor que cualquier estratega de traje y corbata.

    En un país que se debate entre las narrativas del miedo y la transformación social, este enjambre digital ha decidido disputar el poder píxel a píxel, recordándole a toda una nación que la resistencia también puede tener estética de videoclip y ritmo de pop coreano.

    Esto abre la puerta de ganar influencia desde las artes y lo digital.

  • Cine Sinfónico: Bandas Sonoras llega al  Teatro Municipal Enrique Buenaventura.

    Cine Sinfónico: Bandas Sonoras llega al Teatro Municipal Enrique Buenaventura.

    Hay noches en que las paredes republicanas de Cali no solo resguardan la historia, sino que se convierten en el portal hacia otros mundos.

    El Teatro Municipal Enrique Buenaventura, ese coloso de la cultura que ha visto pasar mil batallas de aplausos, se prepara para un ritual que no es simplemente un concierto: es un pasaje directo a la memoria emotiva de varias generaciones.

    El próximo viernes 10 de julio, a las siete de la noche, las luces de la sala principal se atenuarán, pero esta vez el silencio no será el preludio del drama teatral, sino el rugido de una orquesta dispuesta a hacernos flotar.

    Cine Sinfónico: Bandas Sonoras es el título de la apuesta. Suena formal, casi académico, pero detrás del nombre se esconde un artefacto de nostalgia pura.

    Imaginen la escena: la Banda Departamental del Valle del Cauca, un cuerpo de músicos que cargan en sus hombros el rigor de los clásicos, afinando sus instrumentos.

    De repente, el golpe de un timbal o el viento de un corno francés rompen el aire y, sin previo aviso, usted ya no está sentado en la luneta de un teatro del centro de Cali.

    Usted está en una galaxia muy, muy lejana; o cruzando un universo de superhéroes; o tal vez, volando en una escoba sobre un castillo medieval.

    Ese es el poder de la música de cine: te saca el corazón del pecho y te lo devuelve inflado de épica.

    Pero en esta Cali que siempre busca ir más allá de la simple contemplación, el asunto no se queda en el oído.

    La genialidad de esta velada radica en el cruce de cables, en la alianza de saberes. Mientras los músicos le dan vida a las partituras que alguna vez hicieron llorar o saltar de emoción a millones en las salas de cine, los pasillos y el proscenio del Municipal se transformarán en un lienzo vivo.

    La Facultad de Artes Visuales y Aplicadas, junto al Laboratorio de Arte y Tecnología de Bellas Artes, se han propuesto la tarea de envolver al espectador.

    No se trata de proyectar una película de fondo; se trata de hackear los sentidos mediante tecnología audiovisual interactiva, creando una atmósfera donde la luz y la imagen dancen al ritmo del contrabajo y el violín.

    Cali, tantas veces golpeada por la inmediatez y el ruido estridente de la cotidianidad, encuentra en estos eventos un oasis necesario.

    Es la democratización de la emoción. El cine, ese arte popular por excelencia que nos enseñó a soñar despiertos en pantallas de barrio, regresa aquí convertido en alta cultura, pero sin perder su esencia callejera, familiar y cercana.

    Es el espacio perfecto para que el abuelo le explique al nieto qué sintió la primera vez que escuchó aquella melodía de aventura, y para que el joven le muestre al adulto cómo la tecnología de hoy puede reimaginar los mitos del ayer.

    La preventa ya corre por los cables digitales de boletaenlinea.co, con un descuento del 20% que parece un guiño cómplice para que nadie se quede por fuera de la nave.

    Porque al final del día, ir al Teatro Municipal el 10 de julio no es solo comprar una entrada para un espectáculo; es reclamar un pedazo de la memoria colectiva, es blindar la mente contra el tedio y entregarse, aunque sea por un par de horas, a la inmersión total de un viaje sin boleto de regreso.

    Los que aman de la cultura saben que el arte sana, que la música en vivo sacude las fibras más íntimas y que una ciudad que se reúne a escuchar sus bandas sonoras es una ciudad que aún recuerda cómo emocionarse unida. Nos vemos en la fila, con los ojos abiertos y el oído listo para el despegue.

    Empezamos con nuestra sección de cine oficialmente en mira Lee colocando cada viernes sobre el cine nacional.

  • Opinión.  El Indio Solari: el último aullido de la bestia.

    Opinión. El Indio Solari: el último aullido de la bestia.

    Por Óscar Alberto García.  

    Hoy, 5 de junio de 2026, se apagó la voz que durante medio siglo supo traducir la rabia, la ternura y la lucidez de toda una generación.

    Carlos Alberto “El Indio” Solari partió de este mundo a los 77 años en su refugio de Parque Leloir, dejando un vacío que duele en el pecho de millones que crecimos cantando sus metáforas como oraciones laicas.

    No se fue un cantante más: se fue el artífice de un universo propio donde el rock dejó de ser mero entretenimiento para convertirse en refugio, espejo y arma contra la mediocridad.

    Su partida nos obliga a mirar de frente lo que siempre nos enseñó: que la verdadera rebeldía es la de seguir siendo uno mismo en un mundo que premia la obediencia.

    Solari construyó con Los Redonditos de Ricota y luego con sus Fundamentalistas del Aire Acondicionado una obra que trasciende géneros y fronteras.

    Sus letras, densas de literatura beat, simbolismo y crítica filosa, fueron banda sonora de dictaduras, crisis y resistencias cotidianas. “Jijiji”, “La Bestia Pop”, “Un Ángel para tu Soledad” no eran solo canciones: eran himnos que nos daban permiso para sentir rabia, para soñar y para no arrodillarnos.

    En un continente que a veces se olvida de sus propios poetas, el Indio nos recordó que la música puede ser territorio de dignidad y belleza salvaje.

    Su retiro por la enfermedad de Parkinson no lo silenció del todo. Siguió creando, honrando su compromiso con la autonomía creativa lejos de las lógicas del mercado.

    El Doctor Honoris Causa que le otorgó la Universidad de Buenos Aires en mayo pasado fue apenas el reconocimiento tardío de una academia que, por fin, se inclinó ante quien nunca necesitó sus diplomas.

    Ese gesto, como sus recitales multitudinarios que se convertían en misas ricoteras, confirma que su legado no está en los charts ni en las listas de éxitos, sino en la forma en que miles de personas encontraron en sus versos las palabras que ellos mismos no lograban pronunciar.

    Hoy, mientras el Río Cali sigue corriendo como testigo silencioso de nuestras propias luchas, desde Mirá Leé rendimos homenaje al Indio con gratitud profunda.

    Su partida nos deja la responsabilidad de seguir cuidando esa llama contracultural que él alimentó con maestría. Gracias, Carlos Alberto. Gracias por enseñarnos que la poesía puede ser rock, que la rebeldía puede ser amor y que, incluso cuando la bestia parece dormida, siempre queda un último aullido capaz de despertar conciencias. Que tu vuelo sea liviano, maestro. La ricota sigue rodando.

     

  • El festival de teatro callejero de mesitas del colegio ya está aquí!

    El festival de teatro callejero de mesitas del colegio ya está aquí!

    El viento que baja de la montaña trae un eco distinto. Ya no es el murmullo de la rutina provincial, sino el estruendo de los cueros que empiezan a templarse.

    Del 5 al 8 de junio, Mesitas del Colegio deja de ser solo un mapa de fin de semana para convertirse en el epicentro de una insurrección pacífica, poética y necesaria.

    Llega el XXI Festival de Teatro Callejero, y con él, una certeza: la calle no le pertenece a los escritorios ni a los decretos; la calle es de quien la camina, la sueña y la actúa.

    El arte no pide permiso, recupera su derecho.  

    Mesitas se prepara para una metamorfosis. No es un festival más en el calendario burocrático de la cultura oficial.

    No hay palcos VIP, ni cintas de seguridad que alejen al espectador del actor. Aquí, el escenario es el andén, la plaza pública, la esquina olvidada del barrio.

    Durante cuatro días, más de 39 agrupaciones teatrales y artísticas, llegadas de distintas geografías de Colombia y del mundo, transformarán el cemento en un lienzo vivo de comparsas, zancos, tambores y máscaras.

    El teatro callejero no es un espectáculo que se consume pasivamente; es un encuentro cara a cara, una interpelación directa al alma de la comunidad.

    Esta vigesimoprimera edición llega con una carga simbólica profunda. No nace de los grandes presupuestos estatales ni de los patrocinios corporativos que lavan conciencias.

    Nace de abajo. Es la respuesta digna, estética y contundente a la infamia institucional.
    La respuesta al prejuicio: autogestión y memoria.  

    La memoria es el arma de los pueblos libres. En diciembre, el alcalde Diego López lanzó un dardo envenenado desde la comodidad de su cargo, pretendiendo reducir este patrimonio colectivo a un burdo espacio de «consumo de sustancias».

    La infamia, sin embargo, en lugar de apagar el fuego, avivó las brasas de la dignidad comunitaria. El prejuicio oficial se estrelló contra la muralla de la organización popular.

    ¿Cómo se financia la resistencia cultural cuando el poder le da la espalda? Con las uñas, con el corazón y con la mística del barrio. Este festival es un milagro de la autogestión:

    * Se sostiene a punta de «viejo teca».
    * Se levanta con el sudor de las «coca-colas bailables».
    * Se financia con la venta de bonos solidarios.
    * Se alimenta gracias al banco de alimentos que los mismos vecinos y comerciantes han levantado.

    El pueblo se ha unido para abrazar a los artistas que, en un acto de generosidad inmensa, han donado su trabajo.

    Aquí nadie viene a hacerse rico; se viene a enriquecer el espíritu colectivo. Frente al intento de criminalizar el arte callejero, Mesitas responde con solidaridad, ollas comunitarias y hospitalidad popular.

    El artista no es un peligro; es el espejo donde la sociedad se mira y se reconoce.

    El asfalto como trinchera del diálogo. 

    En tiempos donde los territorios colombianos cargan con las cicatrices del conflicto y el aislamiento, el espacio público necesita desesperadamente imaginación, diálogo y encuentro humano.

    El teatro en la calle es la antítesis del miedo. Cuando un zanquero se eleva sobre la multitud o cuando un payaso arranca la risa de un niño descalzo, se fractura el orden impuesto.

    Las más de 39 agrupaciones que se darán cita en el municipio no solo traen técnicas escénicas; traen memoria y resistencia. Los desfiles, talleres y funciones programadas son un grito de libertad en un espacio que le pertenece legítimamente a la ciudadanía.

    La dignidad no se negocia.  

    La invitación que hoy se lanza desde Mesitas del Colegio es un llamado a la defensa activa de lo público.

    No se trata solo de aplaudir un espectáculo; se trata de defender la calle como un territorio de paz, libre de la censura moralista del gobernante de turno.

    El XXI Festival de Teatro Callejero ya es una victoria antes de que caiga el primer telón imaginario.

    Es la demostración de que el arte hecho desde los territorios es indestructible cuando el pueblo lo asume como propio.

    Mientras las calles se llenen de tambores y las miradas se crucen sin intermediarios, la dignidad seguirá marchando firme sobre el asfalto. ¡Que rujan los tambores y que viva el teatro callejero!

  • El día 14 de junio se realizará el papayoging de la asociación la papaya.

    El día 14 de junio se realizará el papayoging de la asociación la papaya.

    El sol de las siete de la mañana en Cali no pide permiso; se te pega a la piel con la misma densidad del aire que sube desde el asfalto.

    Al borde del río Cali, allí donde el agua intenta recordar que alguna vez fue virgen antes de cruzar los puentes de concreto, un gentío atípico rompe la inercia del fin de semana.

    No llevan carteles políticos ni reclamos ensordecedores. Llevan tenis gastados, ropa deportiva y, en las manos, bolsas de basura vacías que pesan como una promesa.

    Es el escenario del *Papayogging*, la carrera de los raros, los tercos, los que decidieron que la indiferencia también se puede combatir trotando.

    La iniciativa, parida en las entrañas de la Asociación La Papaya —ese ecosistema de soñadores urbanos que lidera el arquitecto Felipe Velásquez—, suena en el papel a utopía de escritorio: un deporte medioambiental que consiste en recorrer ocho kilómetros de la ronda del río recogiendo lo que otros tiraron.

    En la práctica, es un sacudón a la desidia caleña. Una coreografía de cuerpos que se agachan, esquivan ramas y desentierran del lodo botellas de plástico, icopor, llantas viejas y colillas de cigarrillo.

    El río Cali, que según las alarmas de la Procuraduría ya arrastra trazas de plomo y mercurio en sus venas altas, recibe esta mañana un bálsamo de manos ciudadanas.

    Pero el truco del *Papayogging* no se queda en el sudor ni en el romanticismo del voluntariado. El verdadero quiebre del sistema ocurre cuando la basura pasa por la báscula de los Guardianes del Río, jóvenes de zonas vulnerables de las riberas que han encontrado en la asociación un refugio contra la violencia urbana.

    Allí, el plástico mugriento se transmuta. Por cada kilo de residuos rescatados de la corriente, la plataforma digital de La Papaya te inyecta mil «papayos» en tu cuenta.

    ¿Qué es un papayo? Es una moneda alternativa, un desafío directo al monopolio del dinero electrónico convencional.

    Un billete invisible respaldado no por el oro de los bancos ni por la especulación de Wall Street, sino por el peso real de la contaminación extraída de la tierra.

    Con esos papayos en el celular, el corredor que acaba de romperse la espalda sacando un colchón viejo del agua puede ir a entrenar a cadenas de gimnasios como Bodytech, pagar servicios o comprar productos locales.

    La ecología deja de ser un sermón dominical para convertirse en transacciones tangibles. El residuo, la escoria de la sociedad de consumo, se vuelve riqueza comunitaria.

    A lo largo del trayecto, que conecta los relatos verdes del Zoológico con el eco obrero del barrio Floralia, se ve de todo.

    Colegiales que descubren con asombro que los empaques de dulces que tiran en el recreo terminan flotando frente a sus ojos; ancianos que recuerdan cuando el río era un balneario de aguas cristalinas; y atletas de alto rendimiento que alteran su ritmo cardíaco para agacharse a recoger un pedazo de lona.

    Ya van más de veintiuna toneladas de basura arrancadas a los matorrales en la historia de estas jornadas. Tres toneladas tan solo en la última gran convocatoria, donde más de cuatrocientas cincuenta almas corrieron con el corazón sintonizado al rumor del agua.

    Al final de la jornada, el paisaje cambia de piel. Las orillas lucen un verde más limpio, más respirable, despojadas de ese gris artificial que el olvido les siembra a diario.

    Los rostros de los participantes están cubiertos de hollín, tierra y sudor pegajoso, pero hay una extraña lucidez en sus miradas.

    Al mirar sus teléfonos y ver el saldo de sus billeteras digitales expresado en papayos, entienden que el juego de la economía se puede hackear desde la empatía.

    El Papayogging no es solo una carrera limpia-ríos; es una declaración estética y política. Es demostrarle a una ciudad fragmentada que cuando el cuerpo y el espíritu se agachan juntos por el territorio, el tejido social se remienda.

    Mientras el agua sigue su curso hacia el río Cauca, un poco más libre, un poco menos asfixiada, en el ambiente queda flotando una certeza silenciosa: para cambiar el rumbo de una ciudad, a veces solo se necesita empezar a correr por sus heridas.

    Si te interesa ser parte del papayogin únete acá:

    https://www.lapapaya.org/registrations.html