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  • El festival de teatro callejero de Bogotá ya está aquí!

    El festival de teatro callejero de Bogotá ya está aquí!

    El viento que baja de la montaña trae un eco distinto. Ya no es el murmullo de la rutina provincial, sino el estruendo de los cueros que empiezan a templarse.

    Del 5 al 8 de junio, Mesitas del Colegio deja de ser solo un mapa de fin de semana para convertirse en el epicentro de una insurrección pacífica, poética y necesaria.

    Llega el XXI Festival de Teatro Callejero, y con él, una certeza: la calle no le pertenece a los escritorios ni a los decretos; la calle es de quien la camina, la sueña y la actúa.

    El arte no pide permiso, recupera su derecho.  

    Mesitas se prepara para una metamorfosis. No es un festival más en el calendario burocrático de la cultura oficial.

    No hay palcos VIP, ni cintas de seguridad que alejen al espectador del actor. Aquí, el escenario es el andén, la plaza pública, la esquina olvidada del barrio.

    Durante cuatro días, más de 39 agrupaciones teatrales y artísticas, llegadas de distintas geografías de Colombia y del mundo, transformarán el cemento en un lienzo vivo de comparsas, zancos, tambores y máscaras.

    El teatro callejero no es un espectáculo que se consume pasivamente; es un encuentro cara a cara, una interpelación directa al alma de la comunidad.

    Esta vigesimoprimera edición llega con una carga simbólica profunda. No nace de los grandes presupuestos estatales ni de los patrocinios corporativos que lavan conciencias.

    Nace de abajo. Es la respuesta digna, estética y contundente a la infamia institucional.
    La respuesta al prejuicio: autogestión y memoria.  

    La memoria es el arma de los pueblos libres. En diciembre, el alcalde Diego López lanzó un dardo envenenado desde la comodidad de su cargo, pretendiendo reducir este patrimonio colectivo a un burdo espacio de «consumo de sustancias».

    La infamia, sin embargo, en lugar de apagar el fuego, avivó las brasas de la dignidad comunitaria. El prejuicio oficial se estrelló contra la muralla de la organización popular.

    ¿Cómo se financia la resistencia cultural cuando el poder le da la espalda? Con las uñas, con el corazón y con la mística del barrio. Este festival es un milagro de la autogestión:

    * Se sostiene a punta de «viejo teca».
    * Se levanta con el sudor de las «coca-colas bailables».
    * Se financia con la venta de bonos solidarios.
    * Se alimenta gracias al banco de alimentos que los mismos vecinos y comerciantes han levantado.

    El pueblo se ha unido para abrazar a los artistas que, en un acto de generosidad inmensa, han donado su trabajo.

    Aquí nadie viene a hacerse rico; se viene a enriquecer el espíritu colectivo. Frente al intento de criminalizar el arte callejero, Mesitas responde con solidaridad, ollas comunitarias y hospitalidad popular.

    El artista no es un peligro; es el espejo donde la sociedad se mira y se reconoce.

    El asfalto como trinchera del diálogo. 

    En tiempos donde los territorios colombianos cargan con las cicatrices del conflicto y el aislamiento, el espacio público necesita desesperadamente imaginación, diálogo y encuentro humano.

    El teatro en la calle es la antítesis del miedo. Cuando un zanquero se eleva sobre la multitud o cuando un payaso arranca la risa de un niño descalzo, se fractura el orden impuesto.

    Las más de 39 agrupaciones que se darán cita en el municipio no solo traen técnicas escénicas; traen memoria y resistencia. Los desfiles, talleres y funciones programadas son un grito de libertad en un espacio que le pertenece legítimamente a la ciudadanía.

    La dignidad no se negocia.  

    La invitación que hoy se lanza desde Mesitas del Colegio es un llamado a la defensa activa de lo público.

    No se trata solo de aplaudir un espectáculo; se trata de defender la calle como un territorio de paz, libre de la censura moralista del gobernante de turno.

    El XXI Festival de Teatro Callejero ya es una victoria antes de que caiga el primer telón imaginario.

    Es la demostración de que el arte hecho desde los territorios es indestructible cuando el pueblo lo asume como propio.

    Mientras las calles se llenen de tambores y las miradas se crucen sin intermediarios, la dignidad seguirá marchando firme sobre el asfalto. ¡Que rujan los tambores y que viva el teatro callejero!

  • El día 14 de junio se realizará el papayoging de la asociación la papaya.

    El día 14 de junio se realizará el papayoging de la asociación la papaya.

    El sol de las siete de la mañana en Cali no pide permiso; se te pega a la piel con la misma densidad del aire que sube desde el asfalto.

    Al borde del río Cali, allí donde el agua intenta recordar que alguna vez fue virgen antes de cruzar los puentes de concreto, un gentío atípico rompe la inercia del fin de semana.

    No llevan carteles políticos ni reclamos ensordecedores. Llevan tenis gastados, ropa deportiva y, en las manos, bolsas de basura vacías que pesan como una promesa.

    Es el escenario del *Papayogging*, la carrera de los raros, los tercos, los que decidieron que la indiferencia también se puede combatir trotando.

    La iniciativa, parida en las entrañas de la Asociación La Papaya —ese ecosistema de soñadores urbanos que lidera el arquitecto Felipe Velásquez—, suena en el papel a utopía de escritorio: un deporte medioambiental que consiste en recorrer ocho kilómetros de la ronda del río recogiendo lo que otros tiraron.

    En la práctica, es un sacudón a la desidia caleña. Una coreografía de cuerpos que se agachan, esquivan ramas y desentierran del lodo botellas de plástico, icopor, llantas viejas y colillas de cigarrillo.

    El río Cali, que según las alarmas de la Procuraduría ya arrastra trazas de plomo y mercurio en sus venas altas, recibe esta mañana un bálsamo de manos ciudadanas.

    Pero el truco del *Papayogging* no se queda en el sudor ni en el romanticismo del voluntariado. El verdadero quiebre del sistema ocurre cuando la basura pasa por la báscula de los Guardianes del Río, jóvenes de zonas vulnerables de las riberas que han encontrado en la asociación un refugio contra la violencia urbana.

    Allí, el plástico mugriento se transmuta. Por cada kilo de residuos rescatados de la corriente, la plataforma digital de La Papaya te inyecta mil «papayos» en tu cuenta.

    ¿Qué es un papayo? Es una moneda alternativa, un desafío directo al monopolio del dinero electrónico convencional.

    Un billete invisible respaldado no por el oro de los bancos ni por la especulación de Wall Street, sino por el peso real de la contaminación extraída de la tierra.

    Con esos papayos en el celular, el corredor que acaba de romperse la espalda sacando un colchón viejo del agua puede ir a entrenar a cadenas de gimnasios como Bodytech, pagar servicios o comprar productos locales.

    La ecología deja de ser un sermón dominical para convertirse en transacciones tangibles. El residuo, la escoria de la sociedad de consumo, se vuelve riqueza comunitaria.

    A lo largo del trayecto, que conecta los relatos verdes del Zoológico con el eco obrero del barrio Floralia, se ve de todo.

    Colegiales que descubren con asombro que los empaques de dulces que tiran en el recreo terminan flotando frente a sus ojos; ancianos que recuerdan cuando el río era un balneario de aguas cristalinas; y atletas de alto rendimiento que alteran su ritmo cardíaco para agacharse a recoger un pedazo de lona.

    Ya van más de veintiuna toneladas de basura arrancadas a los matorrales en la historia de estas jornadas. Tres toneladas tan solo en la última gran convocatoria, donde más de cuatrocientas cincuenta almas corrieron con el corazón sintonizado al rumor del agua.

    Al final de la jornada, el paisaje cambia de piel. Las orillas lucen un verde más limpio, más respirable, despojadas de ese gris artificial que el olvido les siembra a diario.

    Los rostros de los participantes están cubiertos de hollín, tierra y sudor pegajoso, pero hay una extraña lucidez en sus miradas.

    Al mirar sus teléfonos y ver el saldo de sus billeteras digitales expresado en papayos, entienden que el juego de la economía se puede hackear desde la empatía.

    El Papayogging no es solo una carrera limpia-ríos; es una declaración estética y política. Es demostrarle a una ciudad fragmentada que cuando el cuerpo y el espíritu se agachan juntos por el territorio, el tejido social se remienda.

    Mientras el agua sigue su curso hacia el río Cauca, un poco más libre, un poco menos asfixiada, en el ambiente queda flotando una certeza silenciosa: para cambiar el rumbo de una ciudad, a veces solo se necesita empezar a correr por sus heridas.

    Si te interesa ser parte del papayogin únete acá:

    https://www.lapapaya.org/registrations.html

  • Biblioteca del centenario: un remanso literario en la ciudad turística.

    Biblioteca del centenario: un remanso literario en la ciudad turística.

    Afuera, la tarde en Cali se derrite con lentitud sobre el asfalto del barrio El Peñón. Quien camina por estas calles se topa con el ritmo frenético de la zona turística:

    el aroma a café tostado que sale de los locales modernos, el crujir de las empanadas recién fritas, los murmullos en tres idiomas de los viajeros que buscan la sombra y el viento que baja de los cerros golpeando con suavidad las hojas de los almendros.

    Todo es movimiento, color, una coreografía urbana y gastronómica impecable. Sin embargo, justo allí, en la Calle 4 Oeste, el bullicio turístico se detiene en seco ante un umbral de calma: la Biblioteca Pública Patrimonial del Centenario.

    Fundada en el mítico año de 1910 para conmemorar los cien años de la independencia nacional, esta biblioteca —la más antigua de la ciudad— se levanta hoy como un oasis inesperado.

    Es el secreto mejor guardado de un circuito donde la gente suele buscar rumba, museos o alta cocina, pero donde pocos imaginan encontrar un refugio para el silencio y la memoria escrita.

    Cruzar su puerta es como sumergirse en un estanque de agua fresca en mitad del desierto de calor de la sucursal.

    El aire cambia, el eco de los pasos sobre el suelo se vuelve solemne y el murmullo de los motores se apaga por completo.

    Tener este santuario en pleno epicentro turístico de Cali es un verdadero lujo para los sentidos. Mientras a unos pocos metros los hoteles boutique registran huéspedes y las terrazas se llenan de vasos con lulada bien fría, en el interior del Centenario el tiempo se mide con otra aguja.

    Sus estantes custodian tesoros bibliográficos actualizados.  Es una calma increíble dónde puedes sentarte en la parte de arriba sentarte a leer de una forma tranquila mientras pasan las horas….

    Los viajeros cansados de patear la ciudad encuentran aquí un espacio de democratización absoluta.

    Un turista con mochila al hombro puede sentarse al lado de un estudiante de Univalle o de un viejo vecino del barrio que va a revisar el libro donde lees historias increíbles de la revista gaceta.

    No hay que pagar entrada, no hay que consumir para tener derecho a una silla cómoda bajo el airey la ventana grande que hay en la parte de arriba.

    La biblioteca se convierte así en un punto de encuentro comunitario y cultural donde conviven la Cali de siempre y la Cali que mira al mundo.

    una luz suave danzando por la ventana invitan a quedarse, a hojear una novela policiaca o un ensayo histórico sobre el Valle del Cauca, mientras las horas pasan sin pedir permiso.

    El verdadero encanto del Centenario radica en ese sabio contraste. Se puede pasar una mañana entera devorando un libro en sus salas de lectura y, al salir, estar a solo unos pasos de los mejores restaurantes de la ciudad o del icónico Río Cali.

    Es el complemento perfecto para el espíritu: alimentar la mente en la quietud patrimonial para luego salir a celebrar la vibrante vida nocturna y cultural que late en los alrededores.

    La biblioteca no se aísla de su entorno turístico; al contrario, lo equilibra, dotándolo de una profundidad intelectual y un peso histórico que la simple contemplación de monumentos no puede dar.

    Al final del día, cuando el sol caleño empieza a dar tregua y los faroles de El Peñón se encienden para inaugurar la noche, la Biblioteca del Centenario cierra sus puertas con la promesa de seguir siendo ese templo de resistencia cultural.

    Quien sale de allí lo hace con los ojos frescos, listo para reincorporarse al alegre caos de la zona turística, llevando consigo el murmullo de mil historias guardadas y la certeza de que, en Santiago de Cali, la cultura y el disfrute caminan siempre de la mano.

    Así que si estás en cali, ve, disfruta de un libro y siéntate a leer en un gran lugar y disfruta de una zona genial de nuestra ciudad!

  • Reseña crónica el rio de las memorias: temas de memoria y literatura.

    Reseña crónica el rio de las memorias: temas de memoria y literatura.

    Hola.  Hoy tenemos una reseña sobre la memoria sobre el rio de las memorias de José arcilla.

    José ardilla. Escritor, guionista y editor colombiano. Tiene dos libros de cuentos publicados: Divagaciones en el interior de una ballena (2012) y Libro del tedio (2017).

    Ha sido ganador de numerosos premios literarios, como el premio a novela inédita de la Alcaldía de Medellín y la beca para la escritura de libro de cuentos del Instituto de Cultura de Antioquia.

    Textos suyos han aparecido en medios como Universo CentroEl Malpensante y El País. En 2021, la revista Granta lo incluyó en la lista de las veinticinco voces más prometedoras de la literatura en español.

    Empezamos con el rio Atrato.

    El río no tiene prisa en recordar, pero tampoco olvida. En las llanuras donde el agua se confunde con el barro, el tiempo se mide en crecientes y sequías, no en calendarios.

    Allí, donde la modernidad llega tarde o simplemente prefiere no pasar, la memoria es un ejercicio de resistencia contra el flujo constante del olvido.

    Y es precisamente en esa orilla, la de las palabras que no se dejan arrastrar por la corriente, donde se planta la escritura de José Ardila.

    No es una coincidencia que la literatura colombiana más punzante de los últimos años huela a humedad y a fango.

    En un país obsesionado con mirar hacia el asfalto de las capitales, Ardila mira hacia el cauce. Su pluma, que la revista Granta catalogó con acierto entre las más vigorosas de una generación que no le pide permiso a los viejos cánones para existir, se ha convertido en una suerte de bitácora de navegación por el interior del país físico y mental.

    Se fracturan forman afluentes

    de memoria y una

    sola cosa no es

    una sola cosa

    sino muchas

    que

    cambian que se dispersan

    que se contraen

    que se funden en la espera

    en los pendientes de todos los calibres.

    A través de las páginas de la revista Gaceta, la indagación del autor no se queda en la superficie del paisaje idílico. El agua aquí no es postal de turismo; es un contenedor de ausencias.

    enmarcada en el centenario de Delia Zapata Olivella, el río se revela como el gran cementerio y el gran escenario de la espera nacional. En Colombia, esperar a la orilla del agua es casi una condición existencial:

    se espera que baje el nivel de la inundación, se espera que el pescado regrese, se espera el cuerpo de un ausente que la corriente arrastró en las noches de espanto.

    Ardila entiende que narrar el río es, fundamentalmente, narrar el trauma y la paciencia de un pueblo suspendido en el tiempo.

    Pero la corriente no solo arrastra mitologías colectivas; también golpea los cimientos de la casa propia.

    La memoria, para este cronista, es un asunto de primer orden que se desarma en la mesa del comedor. Lo demuestra cuando se sumerge en las dinámicas domésticas con textos como «A mi hermano no le gusta llamarse Juan Gabriel».

    Aquí el territorio ya no es la cuenca hidrográfica, sino el árbol genealógico, ese otro río de herencias, nombres impuestos y pequeñas neurosis familiares que nos dan forma.

    Al mapear las tensiones íntimas, el autor logra algo que la gran historia oficial siempre pasa por alto: entender que los grandes dolores de una nación se incuban y se sufren en el silencio de los hogares, en el peso de un nombre que se arrastra como una condena o como un escudo.

    La prosa de Ardila, conocida por títulos como Divagaciones en el interior de una ballena y Libro del tedio, opera bajo una premisa implacable: la realidad es un monstruo que nos ha tragado a todos y la única forma de no morir de asfixia es contar lo que vemos en la oscuridad de sus entrañas.

    Por eso, cuando escribe sobre «Un mar sin horizonte», no busca la inmensidad romántica del océano, sino la claustrofobia de los paisajes que habitan al hombre.

    Es el reflejo de una geografía humana que, a fuerza de encierro o violencia, ha perdido la capacidad de mirar el futuro, conformándose con sobrevivir al oleaje del día a día.

    Esta literatura no busca la complacencia del lector de suplementos dominicales. Es una crónica de la tierra que late, que incomoda y que exige atención.

    Las historias rescatadas en Gaceta funcionan como diques efímeros ante un país que padece de amnesia crónica institucionalizada.

    Mientras el poder insiste en pavimentar los recuerdos para borrar las huellas del conflicto y del abandono, la narrativa de este guionista y editor se empeña en desenterrar el lodo de los recuerdos.

    Al final, leer a José Ardila es aceptar que somos agua que corre y que se estanca. Sus relatos nos devuelven una imagen incómoda pero profundamente real de nosotros mismos: una sociedad que sigue buscando sus certezas en las orillas de un territorio que todavía no termina de descifrar, esperando que alguna vez el río traiga respuestas en lugar de más preguntas.

    Recordemos que el rio es memoria, es acordarnos de quienes somos.  Y recordar a los sobrevivientes de la guerra y el olvido. Es parte de recordar con el arte y cultura se puede crear memoria e ir sanando.

  • Las ventas de los libros online está creciendo en colombia? Y está creciendo está forma de ventas en periodismo?

    Las ventas de los libros online está creciendo en colombia? Y está creciendo está forma de ventas en periodismo?

    El clic de una tarjeta de crédito en Bogotá y el pago electrónico a un portal independiente en Cali no hacen ruido.

    Sin embargo, detrás de la pantalla, mueven una maquinaria colosal. La industria editorial en Colombia consolidó ventas netas por $1,06 billones de pesos, un crecimiento del 7,5% apalancado por la circulación de 39,4 millones de ejemplares.

    El país ya no solo lee en el silencio de las bibliotecas; compra en la invisibilidad de las redes y las interfaces web, dividiendo su devoción entre las grandes autopistas corporativas y las trincheras de la prensa independiente.

    El gigante invisible del e-commerce.  

    El comercio electrónico tradicional ha dejado de ser un canal alternativo para convertirse en una fuerza corporativa masiva. Aunque las librerías físicas (independientes y de cadena)

    retienen el liderato comercial con un 39,7% de la participación total, las plataformas virtuales de distribución y los canales digitales propios de las editoriales ya canalizan una porción crucial del mercado, especialmente en el subsector de ficción y no ficción, que encabeza los ingresos nacionales con $425.679 millones de pesos.

    Este ecosistema funciona bajo la lógica de la inmediatez logística y el algoritmo puro:

    – Inventario virtual absoluto: Catálogos infinitos que pulverizan el límite físico de cualquier estante de madera tradicional.

    – Optimización transaccional: El usuario compara precios, calcula fletes intermunicipales y gestiona el pago en menos de tres minutos.

    – Logística centralizada: Furgonetas que procesan paquetes sellados al vacío desde grandes centros de distribución urbana para entregarlos directamente en la puerta del lector.

    La trinchera digital del medio alternativo.  

    A unos cuantos clics de distancia, en los márgenes del internet corporativo, la compra de libros adquiere un carácter político y comunitario.

    Los periódicos digitales alternativos y los portales periodísticos de nicho en Colombia han transformado sus páginas web en plataformas de resistencia cultural.

    Aquí no operan los algoritmos de recomendación masiva; opera la afinidad ideológica y la curaduría crítica.

    > El lector de un medio alternativo no busca la novela más vendida del semestre; compra el ensayo de investigación censurado, la crónica de territorio o la poesía autopublicada que los canales tradicionales marginan de sus góndolas.

    Aunque el libro físico sigue rigiendo el mercado masivo, el formato estrictamente digital (e-book) defiende una cuota estable de entre el 8% y el 9% de las ventas totales de la industria en Colombia.

    En las tiendas virtuales de la prensa alternativa, este formato se convierte en una herramienta de democratización: elimina los sobrecostos de impresión y distribución, permitiendo que un texto sobre derechos humanos o memoria histórica llegue a un teléfono celular en el Guaviare o el Catatumbo por una fracción de lo que costaría enviarlo físicamente.

    Además, los ingresos generados por estas ventas online no alimentan fondos de inversión extranjeros; se reinvierten directamente en la financiación del periodismo independiente del propio medio.

    Es un circuito cerrado de economía solidaria: el suscriptor compra un libro digital para sostener la línea editorial del periódico y, a cambio, recibe un contenido analítico que rara vez circula en las grandes superficies.

    Dos lógicas para la misma página.  

    El nuevo orden de la lectura en Colombia no se define por el soporte, sino por la intención detrás del clic. Mientras las grandes plataformas de comercio electrónico optimizan la experiencia de compra masiva basándose en el comportamiento de datos y la facturación a escala.

    las librerías virtuales de los medios alternativos rescatan el valor del libro como un artefacto de debate social.

    Ambos mundos coexisten en el ecosistema digital de un país que, paso a paso, eleva su promedio de lectura apoyado en la comodidad de una pasarela de pagos.

    Está es la esencia de nuestra tienda…. Las ventas de todos nuestros libros van en aumento y quisimos darle las gracias a todos uds por el crecimiento de nuestra tienda.

    Si les interesa pueden ver nuestra tienda por acá y muchas gracias por apoyar el periodismo alternativo!

    https://miraleeperiodicocultural.com/miralee-tienda/

     

  • El BIFF convoca a productores de largometraje en desarrollo.

    El BIFF convoca a productores de largometraje en desarrollo.

    Hay festivales que son vitrinas de vanidades, pasarelas de alfombra roja donde el cine se consume como si fuera comida rápida.

    Y luego están las trincheras. Esas esquinas del mapa donde hacer una película no es una cuestión de ego, sino un acto de pura supervivencia cultural.

    En este 2026 de pantallas saturadas y algoritmos dictando qué debemos ver, el Bogotá International Film Festival (BIFF) acaba de activar sus motores para su duodécima edición.

    Pero no lo hace con fuegos artificiales vacíos. Lo hace con una declaración de intenciones que huele a asfalto, a oficina, a café trasnochado y a la búsqueda obsesiva de la próxima gran historia iberoamericana.

    La metamorfosis ha comenzado: el viejo *BIFF LAB* ha muerto. En su lugar, emerge el BIFF Producers Club.

    El cambio de nombre no es un mero capricho de marketing; es un giro estratégico hacia el corazón del problema. En el cine, el guion es el mapa, pero el productor es el que consigue la gasolina.

    La letra chica del talento: Un filtro para sobrevivientes.  

    Bogotá no está buscando soñadores ingenuos; está buscando cirujanos del celuloide. La convocatoria, abierta desde el 25 de mayo hasta el 20 de junio, no es apta para aficionados.

    Las reglas del juego son claras, estrictas y transparentes, como debe ser cualquier convocatoria pública que se respete:

    – Trayectoria real: Empresas productoras con mínimo tres años de constitución legal.

    – Espalda financiera: Demostrar un portafolio de al menos tres largometrajes ya estrenados.

    – Proyectos sólidos: Ficciones de mínimo 70 minutos, con un guion maduro (mínimo en tercera versión) y el 10% de la financiación ya amarrada.

    – El criterio del jurado: Aquí no se premian las buenas intenciones. Un comité riguroso evaluará la originalidad del tratamiento visual, la coherencia del desarrollo y una viabilidad financiera que garantice que la película sea una realidad en un plazo máximo de tres años. Cine posible, no promesas rotas.

    Este blindaje institucional no es un esfuerzo aislado. Detrás del blindaje del *Producers Club* se teje una red donde se encuentran la Secretaría de Cultura, el Macrosector de Industrias Creativas de la Cámara de Comercio y la Comisión Fílmica de Bogotá (Idartes). Cooperación pública y privada real, lejos de la burocracia paralizante.

    Tres días de octubre en el epicentro del caos creativo.  

    Quienes logren pasar el filtro no irán a Bogotá a pasear. En octubre, bajo el ala del Bogotá Creative Connect, los seleccionados se encerrarán durante tres días en una maratón de supervivencia profesional.

    No habrá conferencias aburridas de manual. La agenda está diseñada como un campo de entrenamiento de alto nivel: Think Tanks para repensar el negocio, paneles de discusión sectorial, Fam Trips para entender la ciudad como un set vivo, y las siempre cruciales reuniones One-to-one.

    Citas a ciegas pero con inversores, distribuidores y expertos del audiovisual mundial programadas al milímetro.

    El objetivo colateral es claro: consolidar a Bogotá no solo como una locación bonita, sino como el verdadero cerebro creativo de la región.

    El reloj ya corre. Hay tres semanas para postular, para demostrar que el cine iberoamericano tiene los dientes afilados y que las historias de este lado del mundo no necesitan pedir permiso para ser universales. Las bases están en la web del festival; la suerte, para los que se atrevan, ya está echada.

  • La IA se toma las aulas educativas: así fue el lanzamiento del Programa Cali Avanza 2026.

    La IA se toma las aulas educativas: así fue el lanzamiento del Programa Cali Avanza 2026.

    El libreto está escrito con tinta de marketing gubernamental y se repite de administración en administración.

    Esta vez el escenario fue el lanzamiento de ‘Cali Avanza 2026’, un programa que promete meter a la fuerza la inteligencia artificial y el pensamiento lógico en el ADN de diez instituciones educativas oficiales de la ciudad.

    Con la fanfarria propia de los convenios público-privados —esta vez de la mano con la academia en línea Crack The Code—, la Alcaldía de Alejandro Eder saca pecho anunciando que beneficiará a cerca de 3.500 estudiantes.

    Sin embargo, detrás del brillo de las pantallas nuevas y los discursos sobre «cerrar brechas», la realidad de la educación pública en las periferias y zonas rurales de Cali suele tener un cableado mucho más complejo y menos idílico.

    La danza de las cifras y los fierros. 

    La Secretaría de Educación Distrital, liderada por Sara Mercedes Rodas, materializó el entusiasmo con la entrega de 260 equipos tecnológicos.

    La matemática oficial divide los recursos con precisión quirúrgica por cada colegio: 24 computadores para la infraestructura general, dos para los docentes y un parlante para ambientar las clases.

    A primera vista, la distribución suena a justicia social digital. Instituciones emblemáticas y golpeadas por los contextos sociales como el Eustaquio Palacios, El Diamante, el Técnico Industrial Carlos Holguín Mallarino, y escuelas de la ruralidad profunda como La Leonera y Villacarmelo, recibieron sus respectivos paquetes de hardware.

    El gran interrogante que queda flotando en los pasillos de estas instituciones no es si los computadores llegaron, sino cuánto durarán encendidos, si habrá conectividad real y estable para operarlos, y si las redes eléctricas de los planteles soportarán la nueva carga sin que se caigan los tacos.

    La historia reciente de la ciudad está plagada de salas de sistemas que terminan convertidas en cementerios de tecnología obsoleta por falta de mantenimiento o de planes de internet sostenibles en el tiempo.

    Entre avatares de IA y la dura realidad. 

    El evento estuvo aderezado con la presentación de *Pixie*, un personaje de inteligencia artificial diseñado para acercar a los jóvenes a la programación y la innovación ética en su vida cotidiana.

    Los estudiantes jugaron, compitieron y se llevaron a casa audífonos inalámbricos y tarjetas de Netflix o Spotify como incentivos de un ecosistema que premia el consumo digital inmediato.

    Pero la verdadera innovación, esa que nace del asfalto y de la resistencia cultural, se vio en proyectos como ‘Raíces y Rizos’, ideado por las estudiantes Shery Nícol Naranjo y Eilyn Sofía Palacios, de la Institución Educativa Cristóbal Colón.

    Ellas lograron cruzar la botánica del Pacífico con la IA para crear un centro de experiencia capilar enfocado en el cuidado del cabello afro y la identidad étnica.

    Este tipo de iniciativas demuestra que el talento y el hambre de futuro en la juventud caleña están intactos; el problema radica en si la estructura estatal es capaz de sostener ese impulso más allá del corte de cinta y de la foto oficial del convenio BP-26005487.

    ¿Transformación estructural o pañitos de agua tibia?. 

    Apostarle a la alfabetización digital y a la inteligencia artificial generativa en pleno 2026 no es un lujo, es una obligación básica.

    El punto crítico es si ‘Cali Avanza’ es una estrategia de transformación pedagógica a largo plazo o simplemente una entrega de «fierros» para cumplir metas de un plan de desarrollo.

    Gobernar una ciudad con las urgencias sociales de Cali requiere que la tecnología no sea un espectáculo de luces de un solo día, sino una herramienta integrada a techos que no se lluevan, comedores escolares dignos y docentes bien remunerados.

    El tiempo y el estado de esos 260 computadores dirán si la administración de Eder realmente sembró futuro o si solo financió un costoso y temporal espejismo digital.

    ¿Qué opinas del impacto real de estos programas de tecnología en los colegios públicos de tu comuna?

  • Wellness en colombia.  Lujo imposible para las clases más altas.

    Wellness en colombia. Lujo imposible para las clases más altas.

    El cemento de la capital colombiana no suele tener piedad con los nervios. A 2.600 metros sobre el nivel del mar, el éxito se midió, durante décadas.

    en la cantidad de metros cuadrados que lograbas encerrar entre muros de ladrillo texturizado en los cerros orientales y el número de escoltas que custodiaban tu blindado.El lujo era una fortaleza de concreto, un aislamiento ruidoso.

    Pero el aire está cambiando. En las exclusivas colinas de Usaquén, justo donde la urbe choca contra el verde imponente de la cordillera, un nuevo tipo de opulencia está desplazando a la vieja ostentación.

    Ya no se trata de poseer el penthouse más alto para mirar al resto desde arriba; se trata de sobrevivir a la velocidad del siglo XXI sin perder la cabeza.

    La tendencia global del bienestar holístico ha desembarcado en Colombia, mutando el paradigma inmobiliario premium. Lo que antes era un «gimnasio social» en el último piso del edificio, hoy es un ecosistema de diseño biofílico y medicina preventiva integrativa.

    Los nuevos compradores de alto patrimonio —atiborrados de reuniones en el centro financiero de la 72 y con el cortisol por las nubes— ya no buscan grifería importada de Italia. Buscan oxígeno. Buscan tiempo.

    La arquitectura del silencio.  

    En los nuevos desarrollos boutique que empiezan a levantarse en las zonas más cotizadas del norte bogotano y en los retiros exclusivos de las afueras de Medellín, como El Poblado o Llanogrande, la ingeniería se ha puesto al servicio del sistema nervioso.

    Los proyectos ya no se venden por su cercanía al club social, sino por su capacidad de aislar el caos y restaurar el cuerpo.
    Termorregulación y contraste: Espacios que integran piscinas de inmersión fría junto a saunas infrarrojos, replicando los centros de biohacking europeos para combatir la inflamación sistémica del ejecutivo moderno.

    Diseño Biofílico Real: Fachadas vivas y ventanales de piso a techo que no solo ofrecen una vista limpia a los cerros, sino que garantizan una sincronización real con los ciclos circadianos a través del manejo de luz natural.

    Sostenibilidad Estructural:  Sistemas de ventilación pasiva y purificación de aire que filtran el esmog de la metrópoli, convirtiendo cada departamento en un santuario respiratorio.

    El verdadero lujo contemporáneo en Colombia no es el oro ni el mármol de Carrara; es la capacidad de respirar aire puro y apagar el ruido mental sin salir de tu propia casa.

    De la ostentación a la reconexión.  

    Este fenómeno responde a un profundo cambio cultural en las élites del país. El aislamiento de la pandemia y la posterior aceleración digital crearon una epidemia silenciosa de fatiga crónica.

    Hoy, los empresarios y los inversores internacionales que miran hacia Colombia entienden que el estatus ya no se exhibe en la billetera, sino en la calidad del sueño, en la flexibilidad del día a día y en la salud celular.

    Los nuevos proyectos en desarrollo dentro de estas zonas premium están concebidos bajo una premisa casi terapéutica.

    Se priorizan las terrazas privadas que funcionan como huertas urbanas, los senderos de meditación rodeados de vegetación nativa y el acceso peatonal a mercados orgánicos locales y cafés de origen.

    Es el paso de la densidad corporativa al *lifestyle* consciente.

    La inversión ya no busca la rentabilidad fría del ladrillo tradicional. Quienes adquieren estas unidades buscan un retorno de inversión en sus propias vidas: un santuario donde la desconexión no sea un viaje de fin de semana, sino la rutina diaria de cada mañana antes de encender la pantalla.

    En la nueva Colombia premium, el bienestar ha dejado de ser un accesorio decorativo para convertirse en la estructura misma de la supervivencia.

  • Reseña crónica marejada feliz de la revista gaceta.

    Reseña crónica marejada feliz de la revista gaceta.

    La crítica literaria institucional suele engominarse el flequillo para hablar de las periferias, abordándolas con esa distancia higiénica y condescendiente tan propia de los salones universitarios.

    Sin embargo, cuando el documento social se ensucia las manos con el aceite quemado de la realidad, el panorama cambia.

    El reciente texto de Liberman Arango Quintero, *»Marejada feliz»*, no es una pieza de vitrina para el consumo de la culpa burguesa; es una autopsia poética e incómoda de esa Medellín que el relato oficial del «milagro urbano» intenta sepultar bajo el cemento de los parques del río.

    El relato documental se centra en la figura de Jhon Fredy Espinosa Alzate, a quien el celuloide de Víctor Gaviria inmortalizó en 1998 como «Choco» en *La vendedora de rosas*.

    Pero el texto de Arango Quintero opera en una temporalidad distinta, lejos del destello efímero de la pantalla del festival de cine. Nos traslada a los años 2015 y 2016, situándonos frente a un hombre confinado a una silla de ruedas en las entrañas de Barrio Triste.

    Aquí, la crónica de lectura revela su mayor virtud: no utiliza la marginalidad como decorado exótico, sino que la habita desde la memoria afectiva del autor, un hombre criado entre chatarrerías que aprendió a buscar oro donde la sociedad solo ve descarte.

    El reverso del milagro paisa Barrio Triste —cuyo nombre oficial, Barrio del Sagrado Corazón, suena a ironía clerical— es diseccionado en el texto a través de una dualidad desgarradora.

    Por un lado, la peste de la tuberculosis que devora los pulmones de los nadies sin que las estadísticas oficiales se den por enteradas; por el otro, la mitología popular que lo rebautiza como el «Barrio de las Estrellas».

    Esa imagen de los trozos de metal incrustados en el pavimento que brillan bajo el aguacero de Medellín es, quizás, la metáfora más potente de la obra.

    No es romanticismo de la miseria; es la constatación de que la belleza en el subproletariado urbano es un acto de resistencia mecánica frente a la hostilidad del entorno.

    El cine allí no es distracción; es el espejo donde las identidades rotas se reconocen y se otorgan la dignidad que el Estado les niega.

    El texto nos introduce en la trastienda de un documental inédito y en la utopía de un cineclub improvisado por personajes como Javier «Rivas» Quintero y «Papá Giovanny».

    Ver cine entre mecánicos, actores naturales caídos en desgracia y habitantes de calle no es un ejercicio de cinefilia pretenciosa, sino la configuración de un refugio comunitario.

    La ola que se lleva los cuerpos La muerte de Choco en febrero de 2026 convierte a «Marejada feliz» en una urgencia fúnebre y política. El título, extraído de la salsa de Roberto Roena que musicalizaba los delirios de la calle, funciona como el epitafio de una generación de actores naturales que el cine de los noventa utilizó para su catarsis estética y que luego la realidad abandonó a su suerte.

    El texto de Arango Quintero no busca la redención del lector ni ofrece respuestas complacientes. Funciona como una advertencia explícita sobre cómo el desarrollo urbano y la gentrificación higienista borran los rastros de la memoria popular.

    Al final, esta reseña nos obliga a mirar el suelo húmedo de nuestras propias ciudades. Es una invitación a entender que la memoria de los desposeídos no necesita la validación del monumento estatal, sino la mirada atenta de una cámara o de una pluma que, al igual que la lluvia sobre el metal oxidado, sea capaz de hacerlos brillar antes de que la noche los cubra por completo.

    Es increíble el texto y por eso le damos un 5.

  • La legislación es muy importante para evitar la gentrificacion en zonas residenciales para nómadas digitales en colombia.

    La legislación es muy importante para evitar la gentrificacion en zonas residenciales para nómadas digitales en colombia.

    El aire de la tarde en San Fernando Viejo se siente espeso, cargado con el olor a café de especialidad y ese murmullo constante de teclados que ha comenzado a suplantar la vieja salsa de los barrios tradicionales.

    Caminar hoy por Miraflores o Tequendama es asistir a una mutación silenciosa pero implacable. En las fachadas de las antiguas casas republicanas ya no cuelgan los avisos de «Se arrienda»; ahora brillan cajetines con claves digitales para huéspedes que pagan en dólares y miran la ciudad a través del filtro de una pantalla.

    Cali se ha convertido en el nuevo edén del nomadismo global. Una geografía idílica donde el bajo costo de vida y el clima tropical atraen a una legión de trabajadores remotos armados con laptops y pasaportes fuertes.

    Sin embargo, detrás de la romántica narrativa de la «libertad digital» y el intercambio cultural, se esconde una fractura urbana profunda.

    El mercado inmobiliario local ha entrado en una espiral de distorsión feroz: los contratos de arrendamiento tradicionales desaparecen para dar paso a la dictadura de las plataformas de hospedaje por días.

    Para el habitante de siempre, el caleño que vive en pesos, habitar su propio vecindario se ha transformado en un lujo prohibitivo.

    La gentrificación no es un proceso abstracto; tiene nombres, rostros y dinámicas de exclusión muy concretas. Cuando los propietarios descubren que una semana de alquiler a un diseñador de software extranjero genera los mismos ingresos que un mes entero de un inquilino local, el tejido comunitario se rompe.

    Las panaderías de barrio se transforman en barras de *brunch* hiperestilizadas y los vecinos de toda la vida se ven empujados hacia las periferias urbanas.

    La identidad de Cali —arraigada en la vecindad, el encuentro en la acera y la memoria popular— corre el riesgo de convertirse en un decorado temático para el consumo de paso.

    Ante este panorama, la inacción ya no es una opción de mercado; es una negligencia social. La urgencia de una legislación estricta y de vanguardia se vuelve el único dique de contención posible.

    No se trata de prohibir la llegada de nuevas economías, sino de subordinarlas al bienestar colectivo.

    Urgen herramientas de planificación urbana que pongan límites claros: cuotas máximas de viviendas destinadas al uso turístico por manzana, impuestos progresivos a las rentas de corta estancia que financien fondos de vivienda social, y la exigencia de licencias comerciales estrictas dentro de las zonas netamente residenciales.

    Regular este fenómeno es defender el derecho a la ciudad. Las experiencias de otras capitales globales demuestran que, sin una intervención estatal firme, los barrios residenciales pierden su alma y se vacían de ciudadanos para llenarse de clientes hiperconectados.

    Cali necesita blindar su territorio antes de que los mapas de la especulación inmobiliaria redibujen de forma irreversible sus fronteras afectivas.

    La legislación no es una traba burocrática; es el pacto social indispensable para garantizar que el progreso de la ciudad no se traduzca en el destierro de sus propios habitantes.