El sol no calienta, aplasta y los locales están acostumbrados. Cartagena huele a una comida única. En el puesto de la esquina, la sartén brama. Las mojarras saltan del hielo al caldero, la piel se ampolla, se vuelve escudo crujiente. Manos las arrancan del fuego.
Crujido. La carne blanca se deshace entre los dedos, el jugo de limón arde en las grietas de la piel curtida. Al lado, el patacón: plátano verde sumergido dos veces y el paladar pero sabe a gloria.
El arroz con coco se enreda en el fondo del icopor, un una combinacion deliciosa que tira de la cuchara de plástico. La ensalada de cebolla morada y tomate da el golpe ácido, limpia el bocho para el siguiente bocado. No hay cubiertos.
La brisa no refresca pero siempre está allí y más en estos meses. Solo mueve el olor a fritura hacia las murallas coloniales, mezcla el mar con el aceite. La camisa blanca se vuelve mapa amarillo de cúrcuma y achiote. Se come de pie, apoyado en la baranda oxidada, mirando el mar indiferente.
Cartagena la amada donde se disfruta del mar y de su comida única y especial.










