Hola. Hoy tenemos una reseña sobre la memoria sobre el rio de las memorias de José arcilla.
José ardilla. Escritor, guionista y editor colombiano. Tiene dos libros de cuentos publicados: Divagaciones en el interior de una ballena (2012) y Libro del tedio (2017).
Ha sido ganador de numerosos premios literarios, como el premio a novela inédita de la Alcaldía de Medellín y la beca para la escritura de libro de cuentos del Instituto de Cultura de Antioquia.
Textos suyos han aparecido en medios como Universo Centro, El Malpensante y El País. En 2021, la revista Granta lo incluyó en la lista de las veinticinco voces más prometedoras de la literatura en español.
Empezamos con el rio Atrato.
El río no tiene prisa en recordar, pero tampoco olvida. En las llanuras donde el agua se confunde con el barro, el tiempo se mide en crecientes y sequías, no en calendarios.
Allí, donde la modernidad llega tarde o simplemente prefiere no pasar, la memoria es un ejercicio de resistencia contra el flujo constante del olvido.
Y es precisamente en esa orilla, la de las palabras que no se dejan arrastrar por la corriente, donde se planta la escritura de José Ardila.
No es una coincidencia que la literatura colombiana más punzante de los últimos años huela a humedad y a fango.
En un país obsesionado con mirar hacia el asfalto de las capitales, Ardila mira hacia el cauce. Su pluma, que la revista Granta catalogó con acierto entre las más vigorosas de una generación que no le pide permiso a los viejos cánones para existir, se ha convertido en una suerte de bitácora de navegación por el interior del país físico y mental.
Se fracturan forman afluentes
de memoria y una
sola cosa no es
una sola cosa
sino muchas
que
cambian que se dispersan
que se contraen
que se funden en la espera
en los pendientes de todos los calibres.
A través de las páginas de la revista Gaceta, la indagación del autor no se queda en la superficie del paisaje idílico. El agua aquí no es postal de turismo; es un contenedor de ausencias.
enmarcada en el centenario de Delia Zapata Olivella, el río se revela como el gran cementerio y el gran escenario de la espera nacional. En Colombia, esperar a la orilla del agua es casi una condición existencial:
se espera que baje el nivel de la inundación, se espera que el pescado regrese, se espera el cuerpo de un ausente que la corriente arrastró en las noches de espanto.
Ardila entiende que narrar el río es, fundamentalmente, narrar el trauma y la paciencia de un pueblo suspendido en el tiempo.
Pero la corriente no solo arrastra mitologías colectivas; también golpea los cimientos de la casa propia.
La memoria, para este cronista, es un asunto de primer orden que se desarma en la mesa del comedor. Lo demuestra cuando se sumerge en las dinámicas domésticas con textos como «A mi hermano no le gusta llamarse Juan Gabriel».
Aquí el territorio ya no es la cuenca hidrográfica, sino el árbol genealógico, ese otro río de herencias, nombres impuestos y pequeñas neurosis familiares que nos dan forma.
Al mapear las tensiones íntimas, el autor logra algo que la gran historia oficial siempre pasa por alto: entender que los grandes dolores de una nación se incuban y se sufren en el silencio de los hogares, en el peso de un nombre que se arrastra como una condena o como un escudo.
La prosa de Ardila, conocida por títulos como Divagaciones en el interior de una ballena y Libro del tedio, opera bajo una premisa implacable: la realidad es un monstruo que nos ha tragado a todos y la única forma de no morir de asfixia es contar lo que vemos en la oscuridad de sus entrañas.
Por eso, cuando escribe sobre «Un mar sin horizonte», no busca la inmensidad romántica del océano, sino la claustrofobia de los paisajes que habitan al hombre.
Es el reflejo de una geografía humana que, a fuerza de encierro o violencia, ha perdido la capacidad de mirar el futuro, conformándose con sobrevivir al oleaje del día a día.
Esta literatura no busca la complacencia del lector de suplementos dominicales. Es una crónica de la tierra que late, que incomoda y que exige atención.
Las historias rescatadas en Gaceta funcionan como diques efímeros ante un país que padece de amnesia crónica institucionalizada.
Mientras el poder insiste en pavimentar los recuerdos para borrar las huellas del conflicto y del abandono, la narrativa de este guionista y editor se empeña en desenterrar el lodo de los recuerdos.
Al final, leer a José Ardila es aceptar que somos agua que corre y que se estanca. Sus relatos nos devuelven una imagen incómoda pero profundamente real de nosotros mismos: una sociedad que sigue buscando sus certezas en las orillas de un territorio que todavía no termina de descifrar, esperando que alguna vez el río traiga respuestas en lugar de más preguntas.
Recordemos que el rio es memoria, es acordarnos de quienes somos. Y recordar a los sobrevivientes de la guerra y el olvido. Es parte de recordar con el arte y cultura se puede crear memoria e ir sanando.










