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  • Cine en la cuerda floja.

     

    La sala olía a café recalentado y a nervios. En la mesa, tres cineastas, una productora y un moderador que abrió con una pregunta que no era retórica:

    ¿se puede hacer cine libre cuando el dinero y el poder escriben el guion? La respuesta, durante casi dos horas, fue un no con matices. Una crónica de resistencia.

    Primero, la financiación. No es un detalle administrativo: es el primer filtro. Quién paga decide qué historias existen y cuáles se quedan en el cajón. La distribución remata: si no te ven, no existes.

    En Venezuela lo saben bien. Hablaron de censura, de exilio, de películas que solo pudieron estrenarse fuera. En Francia, la ultraderecha no necesita prohibir: amenaza, hostiga, corre el margen. El resultado es el mismo: creadores que se van o que se callan.

    Colombia apareció como laboratorio. Un país que ha intentado proteger su cine con leyes y fondos, pero que tiembla cada vez que cambia el gobierno.

    La pregunta flotó: ¿cuánto dura un modelo de protección cuando la ideología del poder muta? Nadie se atrevió a dar una fecha.

    Después vino lo más incómodo: la autocensura. No hace falta un decreto si el miedo se instala en la sala de montaje.

    Los cineastas lo dijeron sin adornos: el mercado exige representaciones digeribles, exotizadas, vendibles. Pero una cultura que no se representa a sí misma, con sus contradicciones y heridas, termina siendo representada por otros.

    La salida no fue heroica. Fue comunitaria. Solidaridad entre pares, diálogo con públicos, pedagogía para desactivar el miedo.

    No se trata de esperar que el Estado o el mercado se apiaden. Se trata de tejer redes que sostengan lo frágil. Porque el cine, cuando es libre, no es entretenimiento: es memoria, es espejo, es trinchera.

    La mesa terminó sin conclusiones felices. Solo con una certeza: mientras alguien encienda una cámara sin pedir permiso, habrá algo que rescatar. Y eso, en tiempos de ruido, ya es una forma de libertad.

  • Cómo volvernos tiernos?

     

    Son las tres de la mañana y el mundo sigue gritando. Afuera, la ciudad hace lo de siempre: apura, empuja, cobra.

    Adentro, un texto de Lilian Silva publicado en Quira Medios me agarra del cuello con guante blanco. Se llama «La ternura como desobediencia» y yo entro pensando en tarjetas de felicitación, en ositos, en cursilería de domingo. Salgo pensando en otra cosa.

    Porque el diagnóstico es brutal: la violencia se nos volvió idioma. Lo que no entendemos, lo rompemos. Cuerpos, ríos, animales, memoria: todo puesto al servicio de la rabia o del desprecio.

    Y ahí va la frase que me deja sordo un rato: confundimos la fuerza con la capacidad de hacer daño. Cuántas veces toqué fuerte y creí que estaba tocando bien.

    Silva no pide que nos abracemos. Pide que miremos. La ternura, dice, es atención: reconocer que la existencia del otro no me pertenece. Cuidar la planta. Escuchar al que habla lento. Tocar sin querer agarrar. Decir «te quiero» y también «perdóname».

    Y esa línea que me parte: ya no tienes que soportarlo todo.

    Después llegan los fantasmas de siempre: Nussbaum diciendo que la vida buena es frágil; Tronto bajando el cuidado del cielo privado al terreno político, contra el mercado que todo lo quiere desechable.

    Y Le Guin, con su bolsa, su recipiente, su teoría del cuento: no la lanza del héroe, sino la bolsa de la que junta lo que otros dejan caer.

    Ahí entiendo. La ternura no es acústico suave de ascensor. Es riff distorsionado. Se puede tener rabia y ser tierno. Se puede decir no, poner límites, defenderse. No es falta de fuerza: es otra forma de ejercerla.

    En una cultura que premia la dureza, no volverse brutal después de ver la brutalidad es un acto punk. Casi un himno.

    Apago el teléfono. Afuera sigue el ruido. Yo, por primera vez en semanas, bajo el volumen.

  • cómo el Doctorado en Comunicación convoca a las mentes inquietas

    Señoras y señores, distinguido público académico: llegó a nuestras manos un pergamino digital que, cual partitura de instrumento informal, convoca a propios y extraños.

    El texto anuncia, con bombos y platillos —aunque sin bombos ni platillos—, que las inscripciones al Doctorado en Comunicación están abiertas.

    La noticia nos tomó por sorpresa. Estábamos allí, con nuestras preguntas guardadas en el bolsillo, cuando leímos: «Es tiempo de llevar tus preguntas, experiencias y saberes a otro nivel».

    Y uno se pregunta: ¿a qué nivel? ¿Al nivel del mar? ¿Al nivel de la estratósfera? ¿Al nivel de aquel profesor que hablaba en latín sin saber latín?

    El documento, hay que decirlo, es persuasivo. Invita a «investigar, escribir y producir conocimiento desde nuestras realidades latinoamericanas».

    Uno imagina a los aspirantes, lápiz en mano, produciendo conocimiento como quien produce empanadas: con paciencia, con amor, y con la esperanza de que no se desarmen.

    «Piensa la comunicación para comprender y transformar nuestras sociedades», dice. Y uno piensa, comunica, comprende y transforma. Todo al mismo tiempo. Como malabarista de circo pobre, pero con título doctoral.

    La comunidad académica, esa entidad misteriosa que se reúne en congresos y toma café en vasitos de plástico, extiende la invitación. «¡Te esperamos!», exclama.

    Y uno siente el peso de la espera. Una espera doctoral. Una espera que dura, según los cánones, entre cuatro y siete años, o hasta que el director de tesis responda el correo.

    El anuncio concluye con un llamado impostergable: «Inscríbete al Doctorado en Comunicación».

    Y uno, que venía a informarse, termina con el formulario abierto en otra pestaña, preguntándose si sus preguntas, experiencias y saberes alcanzan el nivel requerido. O si, como en todo buen espectáculo, lo importante no es el nivel, sino animarse a subir al escenario.

    Porque al final, señores, de eso se trata: de investigar, escribir, producir conocimiento. Y si de paso uno comprende y transforma algo, bienvenido sea.

    Ahora, si me disculpan, tengo que llenar una solicitud.

     

  • Huida estratégica y concretada.

    Septiembre de 2026. La ciudad es un amplificador distorsionado: notificaciones, reuniones, pantallas que brillan como luces de escenario. Todos queremos huir.

    No a un resort con buffet y animación, sino a una cabaña sin señal, en un bosque cuyo nombre no sepamos pronunciar.

    El turismo de naturaleza ya no es un lujo: es una necesidad biológica. Pagamos por aislarnos. Qué paradoja: compramos silencio como si fuera vinilo de colección.

    Pero vale. Porque el silencio, en estos tiempos, es el último riff que no ha sido sampleado.

    Aislarse del todo. Ahora. No esperar vacaciones, ni fin de mes, ni que baje la inflación. La montaña no entiende de KPIs.

    El río no actualiza estado. El bosque no tiene algoritmo. Allí no llega el jefe, ni la ansiedad de responder “ok” a un correo.

    La naturaleza no te pregunta qué tal el fin de semana. Te pregunta si puedes estar quieto. Y ahí fallamos. A los veinte minutos buscamos el celular. No hay.

    El pulgar se rebela. Entonces miramos arriba. Un árbol. Otro. El viento. Un pájaro. Y algo se afloja.

    No es huida. Es volver. El turismo de aislamiento no debería ser tendencia, sino derecho.

    Necesitamos barro, frío, fogata, silencio. Necesitamos aburrirnos hasta que el cerebro deje de pedir estímulos como un adicto.

    En 2026, desconectar es un acto punk. Apagar el router es sabotaje poético. Váyase. Aunque sea un día. Cierre los ojos. Respire. Escuche el feedback del mundo real: no es perfecto, pero suena mejor.

     

     

  • El amor no se negocia.

     

    Hay una escena que se repite en cada ciudad, en cada bar, en cada madrugada que se resiste a terminar.

    Un hombre mira a una mujer y entiende, sin necesidad de explicaciones, que está perdido. No por debilidad. No por costumbre. Sino porque ella tiene algo que no se compra ni se finge: pureza. Y la pureza, cuando es real, desarma.

    El verdadero amor no lleva máscaras. Es sincero porque no sabe ser de otra manera. No calcula, no mide, no guarda silencio estratégico.

    Cuando alguien ama de verdad, se le nota en la forma de mirar, en la paciencia con la que escucha, en cómo defiende lo que siente incluso cuando nadie lo está viendo.

    Y sí, existen hombres capaces de todo por una mujer así. No hablo de gestos vacíos ni de promesas de humo. Hablo de esos que cambian rutas, horarios, ciudades enteras.

    Que aprenden a cocinar mal, pero cocinan. Que se quedan cuando lo fácil sería irse. Que eligen cada mañana a la misma persona, aunque el mundo les ofrezca mil puertas abiertas.

    Porque una mujer pura y sincera no se encuentra todos los días. Es de esas que dicen lo que sienten, que no juegan a hacer daño, que aman sin pedir permiso.

    Y cuando un hombre se topa con eso, algo se rompe dentro. Se rompe el ego, se rompe la costumbre de huir. Se vuelve, sin querer, alguien dispuesto a todo.

    No es debilidad. Es reconocimiento. Es saber que enfrente hay algo verdadero, y que lo verdadero no se deja escapar.

    El amor auténtico no es un ideal de canción triste. Es una decisión diaria, silenciosa, terriblemente humana. Y hay hombres que, por una mujer así, cruzarían el fuego sin pensarlo dos veces.

    No porque sean héroes. Sino porque saben que eso —eso que ella tiene— no se repite.

  • El gobierno desembolsa a los artistas.

     

    Bogotá, 19 de septiembre de 2026. Una fecha que, en sí misma, posee una cualidad profética. En la Casa de Nariño, bajo la atenta mirada de bronce de los próceres, un hombre con gafas y traje impecable se dispone a hablarle a la Patria.

    La Vocería de Presidencia, en un alarde de generosidad administrativa, nos informa que el Ministerio de Cultura destina 40.000 millones de pesos para saldar compromisos con artistas y gestores. Una suma magnánima, sin duda, destinada a paliar las veleidades del sector creativo.

    Sin embargo, la Patria, ese ente etéreo y sublime, parece tener la atención fragmentada. Mientras el egregio funcionario despliega su retórica, el algoritmo de la plataforma de videos nos revela una cruda realidad: 241 vistas y 64 «Me gusta».

    La Patria, al parecer, estaba ocupada comprando productos o traduciendo texto con Google Lens. Uno se pregunta si los ilustres gestores culturales habrán podido siquiera costear el transporte para ver este magno anuncio.

    Pero he aquí el detalle que desestabiliza toda la casuística gubernamental. Sobre la solemnidad del atril, flota una frase inquietante, un axioma superpuesto que dice: «colombianos les dijeron que había ganado, pero nunca».

    ¿A qué victoria se refiere? ¿A los 40.000 millones? ¿A la licitación? ¿A la presidencia? La ambigüedad es un arte que el Estado domina con maestría.

    Uno querría, en su fuero interno, pulsar el botón de «Resume el video». Pero teme que el resumen sea aún más extenso y laberíntico que la alocución original. La Patria, mientras tanto, sigue esperando. O no.

  • La película todo por la plata puede verla en cinema local.

     

     

    Días enteros frente al espejo. Repasando. Perfeccionando. Sintiéndote el puto amo de la oratoria. «Señores, buenos días, hoy vengo a presentarles…» Una y otra vez. Hasta el gato se lo sabía mejor que tú.

     

    Llega el día. Traje planchado, café en mano, esa seguridad falsa que te da haber dormido cinco horas pensando en diapositivas. Entras en la sala. Caras serias. El jefe asiente. Momento de gloria. Abres la boca y… nada. Cero. Vacío absoluto. Como cuando intentas recordar el nombre de tu ex en plena discusión.

     

    El silencio se hace espeso. Alguien tose. Tú sudas. La presentación que era una obra maestra se convierte en un accidente ferroviario en cámara lenta.

    Las diapositivas avanzan solas, tú balbuceas algo sobre «sinergias» y «paradigmas» mientras tu alma abandona el cuerpo y se va a tomar cañas.

    Y ahí estás. Riendo por no llorar. Porque el caos tiene su gracia. Porque a todos nos ha pasado. Porque esa sensación de descontrol absoluto es puto cine.

    Y hablando de cine, esto es exactamente el espíritu de #PeliculaLocosXLaPlata de cinemalocal.co. Porque cuando tu presentación se cae a pedazos frente a quince personas, solo te queda una opción: reírte de ti mismo antes de que lo hagan los demás.

    El bloqueo escénico es democrático. Le pasa al becario y al CEO. Al que estudió Comunicación Audiovisual y al que improvisa. Todos hemos sido ese meme andante que mira al horizonte preguntándose dónde cojones se metió la dignidad.

    Así que sí, ensaya frente al espejo. Pero prepárate para el desastre. Porque la vida no es PowerPoint. Es un directo sin guion donde tu cerebro decide hacer huelga justo cuando más lo necesitas. Y eso, amigos, es humor de oficina en estado puro. Pánico escénico nivel Dios.

    Menciona a ese amigo que un día se quedó en blanco en plena reunión. Ese que aún lo recuerda con vergüenza ajena. Ese que hoy ríe. O finge que ría.

     

  • La contratación en los territorios será una realidad?

     

    Por un cronista que llegó tarde y se quedó para siempre.

    Corría el año treinta después del destierro —o treinta años, que para el caso es lo mismo— cuando un grupo de artistas, artesanos y sabedores decidió que ya estaba bien de mirar el Ministerio de Educación desde la ventana, como quien mira un banquete ajeno. Se reunieron, pues, en Asamblea, con esa mezcla de solemnidad y bohemia que solo los creadores saben fabricar.

    —¡Compañeros! —gritó alguien desde una tarima que bien pudo ser un cajón de madera—. ¡Hace tres décadas nos excluyeron! ¡Hoy tenemos la oportunidad histórica!

    Y todos aplaudieron, porque en Colombia aplaudimos hasta cuando nos excluyen, que es una forma muy nuestra de resistir.

    El primer punto era claro, casi telegráfico: activar la contratación en los territorios. Lo repitieron como un mantra, como un bolero que se canta desafinado pero con sentimiento. Los profesores de música asintieron con sus batutas imaginarias.

    Los de danza marcaron el compás con los pies. Los de teatro hicieron mutis por el foro y volvieron a entrar, porque para eso están. Los artesanos tejieron canastos mientras escuchaban. Los sabedores guardaron silencio, que es su manera de hablar.

    —¡Trabajo digno! —corearon todos, y la palabra «digno» retumbó en las paredes como un tambor de gaitas.

    Alguien propuso un manifiesto. Otro propuso una marcha. Una señora de artes plásticas propuso pintar el Ministerio de colores y nadie supo si hablaba en sentido literal o metafórico, pero todos estuvieron de acuerdo.

    Y es que treinta años esperando es mucho tiempo. Es tiempo suficiente para que un niño aprenda a tocar el tiple, se vuelva maestro, y descubra que su maestro tampoco tenía contrato.

    Es tiempo para que una bailarina se vuelva profesora y luego se vuelva cansada. Es tiempo, en fin, para que la cultura se sostenga con hilos de voluntad y no con presupuesto.

    Pero esta vez, dicen, es distinto. Esta vez la Asamblea no se disuelve en café y abrazos. Esta vez el primer paso no es un paso al costado. Es un paso al frente, con partitura, con aguja, con barro, con verso.

    —¡Unidos lo haremos realidad! —cerró el coro.

    Y aunque nadie sabe si mañana habrá contratos, lo que sí hay hoy es algo que no se firma: un pueblo de artistas que decidió dejar de esperar a que le abran la puerta, y empezó a construir la suya.

    Fin del primer acto. El segundo, como toda obra colombiana, está por escribirse.

  • Mora anunciada? Crónica de la cultura.

     

     

     

     

    A las 11:00 a.m. del lunes 21 de septiembre, frente al Ministerio de las Culturas, Las Artes y los Saberes, en la Carrera 8 #8-55, Bogotá, se respiró un aire de expectativa y de mora. La convocatoria no era un comunicado cualquiera: era una movilización con tipografía rojo y negro. Rojo de rabia, negro de deuda.

    El afiche lo anunciaba todo: exigir el reconocimiento y respeto al trabajo de los artistas y gestores culturales, y proclamar la dignificación de su oficio. Pero el reclamo central era uno: el cumplimiento en el pago de los desembolsos de los proyectos ganadores del año 2026. Sí, 2026. Los ganadores ya ganaron, pero el dinero sigue en el limbo.

    La escena era digna de Les Luthiers. Un artista plástico sostenía un cartel con la consigna «El arte y la cultura no viven de milagros». A su lado, una gestora cultural coreaba «Sin artistas no hay cultura».

    Y un músico, con un instrumento informal, entonaba: “Desembolso, desembolso, por qué no me desembolsas…” La multitud respondía: “¡Porque no hay plata!”. Otro, con voz de tenor desafinado, añadía: “La mora es un estado del alma, pero también es un estado de cuenta”.

    De pronto, un funcionario asomó por una ventana del Ministerio. Los manifestantes contuvieron la respiración. El funcionario dijo: “Vuelvan en 2027”. Y cerró la ventana. Entonces, el coro de gestores, en tono de zarzuela, cantó:

    “El arte no vive de milagros, pero los milagros tampoco viven del arte”. La tipografía roja y negra, mientras tanto, seguía ahí, llamativa, como recordando que la mora en la entrega de estímulos económicos asignados al sector cultural en Bogotá no es una abstracción: es un drama con fechas y nombres.

    La crónica se escribe sola: a las 11:00 a.m., en Bogotá, los artistas y gestores culturales recordaron al gobierno que sin artistas no hay cultura, y que la cultura no se financia con buenas intenciones.

    Se necesita desembolso. Y mientras el Ministerio de las Culturas, Las Artes y los Saberes no pague, la movilización seguirá. Porque el arte puede ser abstracto, pero el arriendo no. Y el mercado no acepta milagros como moneda.

    Así terminó la jornada: con pancartas rojas y negras, consignas, y la certeza de que el lunes 21 de septiembre quedará en la historia no por el pago, sino por la mora. Como decía un gestor cultural: “Nos deben desde 2026. A este paso, nos van a pagar en 3026”. Y no era un chiste. Era una crónica.

  • El amor no duele de Doly Enriquez.

     

    El amor no debería hacerte sentir pequeña-o. Léelo otra vez. Si en esa relación te sientes sin voz, con miedo de hablar, con la sensación de que siempre tienes que adaptarte para evitar el conflicto… eso no es amor. Eso es dominación disfrazada de cariño.

    El amor sano te da espacio, no te lo quita. Te deja ser quien eres sin reducirte para encajar. Si estar con alguien significa callarte por miedo a su reacción, sentir que nunca tienes la razón, que tus emociones no importan… ahí no hay amor, hay control.

    Y lo peor es que empieza sutil. Primero cedes en pequeñas decisiones. Luego vienen los comentarios que minan tu confianza. Hasta que un día despiertas y descubres que en esa relación solo hay un protagonista, y tú te convertiste en espectador-a de tu propia vida.

    El amor que vale la pena es el que te hace sentir grande. No superior, sino pleno. Un amor donde te sientes visto, escuchado, valorado. Donde puedes expresarte sin miedo, donde tu opinión importa, donde no tienes que moldearte constantemente para no incomodar.

    Desde la psicología lo sabemos: una relación saludable se basa en equidad, respeto mutuo y seguridad emocional. Las relaciones donde uno domina y el otro se anula deterioran la autoestima, desequilibran el poder y confunden la dependencia emocional con amor.

    Si el amor te hace sentir pequeña-o, algo no está bien. Y aunque duela admitirlo, no es tu trabajo hacerte más fuerte para soportarlo. Es cuestionarte por qué sigues ahí.

    El amor no debería ser una lucha constante por ser visto. Si tienes que pedir reconocimiento, si cada palabra tuya pesa menos que las del otro, si el vínculo te consume en vez de nutrirte… eso no es amor. Es sometimiento emocional.

    Mereces un amor que te haga sentir grande. No porque te endiose, sino porque te respete. Un amor donde puedas hablar sin calcular cada palabra. Donde no tengas que luchar por un espacio que debería ser tuyo desde el principio. Alguien que te valore sin que tengas que demostrar nada. Que no te pida achicarte para brillar más.

    Porque el amor de verdad no te reduce. Te expande.