Encuentro de medios alternativos en cartagena. Algoritmos y desinformación.

El aire de Cartagena no solo arrastra el salitre pesado del Caribe; hoy arrastra una urgencia distinta.

En los pasillos del Centro de Convenciones, lejos de las postales turísticas de carrozas y murallas coloniales, se congregan más de mil almas que sostienen la comunicación desde las orillas:

emisoras comunitarias del Catatumbo, colectivos digitales de la Amazonía, reporteros barriales de Cali y portales independientes que disputan la narrativa diaria en un país hiperconectado pero profundamente desinformado.

Es el Encuentro Nacional de Medios Alternativos y Digitales. El ambiente es un hervidero de acentos colombianos y lógicas de resistencia.

Sin embargo, el gran enemigo de la jornada no tiene rostro, ni fusil, ni sede política visible. Se esconde detrás de líneas de código y pantallas brillantes.

El debate central quema: los algoritmos de las grandes corporaciones tecnológicas y la sorda, pero letal, marea de la desinformación.
La paradoja se instala temprano en las mesas de discusión.

Estos mismos creadores que democratizan la palabra en las regiones dependen de las plataformas de Silicon Valley para existir en el espectro público. Pero las reglas del juego digital están trucadas.

Varios ponentes coinciden en un diagnóstico crudo: las matemáticas del *engagement* (ese enganche forzado) no premian la rigurosidad ni el tejido social; premian la furia. El algoritmo es un cazador de atención que descubrió que el odio y la mentira indignan más rápido y, por ende, facturan mejor.

—»Nosotros gastamos tres días verificando un dato sobre la restitución de tierras en el territorio», comenta una radialista del Cauca en los pasillos de las salas de comisiones.

«Luego viene un perfil anónimo con un montaje burdo, el algoritmo lo infla porque genera miles de comentarios de odio, y nuestra verdad queda sepultada bajo un millón de interacciones falsas».

La desinformación se analiza aquí no como un error del sistema, sino como un modelo de negocio altamente eficiente.

Las pantallas del auditorio proyectan mapas conceptuales que exponen cómo las cajas negras de la Inteligencia Artificial y los sesgos algorítmicos terminan por fracturar los debates democráticos locales.

En las regiones más apartadas, donde el acceso a la conectividad es precario y los paquetes de datos solo permiten navegar en ciertas redes sociales «gratuitas», la realidad de una comunidad entera la decide el diseño de una interfaz a miles de kilómetros de distancia. Si la red dice que hay guerra, el pueblo se paraliza, aunque las calles estén en paz.

Frente a este panorama sombrío, el encuentro en Cartagena no se queda en la queja estéril. Hay una mística insumisa en el aire. Las propuestas para «hackear la polarización» empiezan a rodar por las mesas de trabajo.

Se habla con insistencia de la necesidad de una alfabetización mediática e informacional que desmonte la ciber-trampa desde las escuelas rurales.

La consigna implícita es clara: si el algoritmo aísla y radicaliza, el periodismo de base debe humanizar y enraizar.

La contranarrativa propuesta por los medios alternativos pasa por colectivizar la tecnología. Descentralizar la verdad implica que la comunidad entienda cómo se produce la información que consume.

No se trata de competir en volumen contra granjas de *bots* automatizados, una batalla perdida de antemano, sino de blindar los territorios con credibilidad y redes de verificación comunitaria a escala humana.

Al caer la tarde, el sol caribeño se oculta tiñendo de fuego las murallas. Dentro del recinto, los micrófonos se apagan lentamente, pero las libretas quedan llenas de alianzas estratégicas.

Los más de mil comunicadores regresarán a sus regiones con la certeza de que la soberanía digital es la nueva frontera de la libertad de expresión.

La batalla contra los fantasmas algorítmicos ya empezó, y se librará con la única herramienta que las máquinas no pueden replicar: la terquedad del periodismo que pone el cuerpo en el territorio.

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