Parpadea el ojo insomne del proyector.
No, no hay alfombra roja. Hay sillas que crujen el himno del frío y una sábana blanca colgada como bandera de guerra. Esto NO es Hollywood. Esto es la trinchera. Los cerdos de la taquilla te ven como un número, un combo de gaseosa, un algoritmo que engorda sus bolsillos. ¡Pues que se atraganten!
Aquí no hay clientes. Hay CÓMPLICES.
Gala del Sol lo escupe claro: educar la mirada es hackear la Matrix. Porque si el territorio se ve a sí mismo, el narrador oficial puede irse a la m… Autogestión, c…. Ni un fondo estatal ni una marca te van a salvar. La única garantía se llama COMUNIDAD ORGANIZADA. El espectador deja de ser esponja y se vuelve puño: debate, cuestiona, trae el almuerzo para los talleristas o difunde el boca a boca como quien pasa un fusil.
Y luego llega LA CIRCULANDER. La pantalla que camina, nómada. Mientras el circuito comercial te encierra en una butaca de centro comercial, esta red te devuelve el cine y la cultura como DERECHO, no privilegio. Trueque, apoyo mutuo, narrativas subalternas de barrio a barrio. Así se teje el tejido social invisible.
Cuando se apaga la sábana y se encienden las bombillas amarillas, no hay créditos de mierda. Hay un micrófono abierto. Una madre dice “eso soy yo”. Un anciano recupera su memoria. Un joven pregunta cómo se hizo.
Esa es la victoria.
El cine comunitario es terquedad, rabia y dignidad.
Mientras haya un público dispuesto a despertar, la luz del proyector JAMÁS se apagará.

Deja una respuesta