Cartagena de Indias ya no huele a pólvora de independencia, sino a protector solar de 50 FPS y café de especialidad a precios de la Rue de Rivoli.
En el epicentro de este huracán de estética boho-chic se encuentra Getsemaní, el antiguo arrabal de esclavos y artesanos que, tras siglos de resistencia, ha caído bajo el asedio más letal de todos: el algoritmo de Instagram y el capital inmobiliario de este 2026.
El mural como epitafio y proclama.
El arte urbano en Getsemaní no es un mero adorno; es el sistema nervioso del barrio. Al caminar por la Calle de las Maravillas o la Calle de San Juan, los muros gritan en tecnicolor.
Pero hay una ironía amarga en estos murales. Mientras los turistas hacen fila para fotografiarse frente al rostro de una palenquera o un líder afro, el sujeto real de esa pintura probablemente ha sido desplazado a la periferia de la ciudad, incapaz de pagar el alquiler de una zona que ahora cotiza en dólares.
El grafiti aquí es una danza de contradicciones. Por un lado, artistas locales han recuperado la memoria visual de la gesta libertaria de 1811; por otro, el arte se ha convertido en el «caballo de Troya» de la gentrificación. Es la estética de la expulsión: muros hermosos para casas sin gente.
Los últimos bastiones del alma.
Sin embargo, bajo la capa de barniz turístico, el Getsemaní real sobrevive en pequeños actos de insurrección cotidiana. Si uno quiere huir de la mímica del «lujo tropical», debe buscar los nodos donde el tejido social aún no se ha desgarrado:
- La Plaza de la Trinidad: El corazón latente. A pesar de los cocktail bars circundantes, al caer la tarde la plaza sigue perteneciendo a los niños que juegan fútbol y a los vecinos que sacan sus sillas de plástico para ver pasar el mundo. Es el último parlamento abierto de la zona.
- Calle de la Sierpe: Donde el arte urbano se siente menos como una postal y más como una herida abierta, con trazos que narran la verdadera identidad del arrabal.
- Puestos de fritos de las matronas: En algunas esquinas estratégicas, el olor a arepa de huevo y aceite hirviendo derrota al perfume de los hoteles boutique.
Esos pequeños puestos son embajadas de la Cartagena que se niega a ser un museo de cera. Getsemaní es hoy la joya de la corona, el barrio «más cool» según las revistas de aviación.
Pero cuidado: cuando el último residente nativo apague la luz, lo que quede no será un barrio, sino un cascarón vacío con Wi-Fi de alta velocidad.
La libertad que se gritó aquí hace siglos hoy se negocia en el mercado de las experiencias «auténticas».

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