El estadio es una cápsula de helio y millones de dólares. Luces LED, cámaras que cuestan lo que un hospital de barrio y el rugido de una multitud que, en su mayoría, no entiende que lo que está escuchando es una sentencia de desalojo.
Allí, bajo el foco, la voz no solo canta; denuncia. «Quieren quitarme el río y también la playa…». Es el eco de Puerto Rico, pero también el de la Condesa en CDMX, el de Palermo en Buenos Aires y el de Getsemaní en Cartagena junto con el cerro de la popa, el poblado en medellín y cali va en camino con san Antonio…..
La gentrificación es el colonialismo con filtro de Instagram y café de especialidad.
Vimos la coreografía perfecta, el brillo de la piel y el orgullo de la bandera. Pero detrás del espectáculo, la realidad de América Latina es un plano secuencia de camiones de mudanza y abuelas llorando frente a una notificación judicial.
La «Ley 60» y sus primas hermanas en toda la región han convertido nuestras costas en el patio de recreo de evasores de impuestos que compran el paraíso, pero desprecian al paraíso.
Quieren el barrio, pero sin los vecinos. Quieren la estética del «mural colorido», pero no al artista que lo pintó cuando la zona era «peligrosa».
Es la paradoja del nómada digital: busca lo «auténtico» hasta que su propia presencia lo destruye, convirtiendo calles con historia en pasillos genéricos de Airbnb donde nadie se saluda por las mañanas.
«Nos dicen que ‘el progreso ha llegado’, pero el progreso que no te incluye es, sencillamente, una invasión elegante.»
El verso sobre Hawaii no es una metáfora, es una advertencia histórica. Es el espejo de un futuro donde los nativos son solo decorado para el turismo de lujo, sirviendo tragos en la tierra que antes les pertenecía.
Cuando Ricky y Benito soltaron el «letolai» frente al mundo, estaban marcando una línea en la arena.
No es solo música; es la resistencia de una identidad que se niega a ser empaquetada y vendida como un souvenir barato.
sabemos que el brillo del Super Bowl se apaga, pero la lucha por el territorio es diaria. Gentrificar es intentar borrar la memoria con una capa de pintura blanca minimalista.
Pero la memoria, como el río y la playa, tiene fuerza propia. No soltamos la bandera, porque si perdemos el barrio, perdemos el derecho a decir quiénes somos.
El show terminó, los fuegos artificiales se disolvieron, pero el grito quedó flotando en el aire: el barrio no se vende, se defiende.

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