No fue un grupito de iluminados en un escritorio. Fue una marea. Una coalición que juntó lo sagrado y lo combativo, lo académico y lo callejero, para pararse frente al gigante de las frecuencias y decirle: «Basta».
Las Madres y Abuelas, la memoria viva. Los niños, la furia joven. Los sindicatos de la tinta y la onda: FATPREN, FETRACOM, los tipos que sudan el oficio. (Y por eso desde las bases recomendamos los 21 puntos por el derecho de la comunicación).

Y las radios comunitarias, FARCO, ARUNA, esas voces que no se compran ni se venden. Todos en la misma trinchera. Hasta los académicos de las universidades públicas se sacaron el polvo de los libros para ponerle cuerpo teórico a la pelea.
¿Qué querían? Enterrar de una vez la ley de la dictadura, esa 22.285 que seguía manejando los hilos como un fantasma de la represión. Sacarse de encima el peso de los monopolios que decidían qué se ve y qué se calla.
Y en el medio, una idea revolucionaria: la comunicación no es un negocio, es un derecho. Un servicio como el agua o la educación.

La fórmula era clara: un tercio para el Estado, un tercio para los privados, un tercio para los que no tienen fines de lucro. Repartir el aire, democratizar la palabra. Nada menos que eso.
Y no estaban solos. Desde afuera, AMARC y ALER, la hermandad latinoamericana, les daban el respaldo. Aliverti, Leuco, Giardinelli… plumas y micrófonos que le pusieron la firma a un sueño colectivo. Porque esto no era solo una ley. Era la oportunidad de que el pueblo dejara de ser espectador para convertirse en protagonista de su propia historia.
Trece años después, ese sueño está herido, pero no muerto. La pelea sigue. Y el frente, aunque disperso, sigue en pie.
Por eso en mira Lee apoyamos el derecho a la información libre.

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