El asfalto todavía guarda el calor de los aplausos y las tablas de los teatros parecen vibrar con un eco que no se apaga.
Si usted ha caminado por estos días entre la multitud, habrá notado que algo cambió: la ciudad dejó de ser un mapa de afanes para convertirse en un organismo que respira, grita y baila.
El Festival Internacional de Artes Vivas (FIAV) no es solo un evento; es un asalto a la cotidianidad que nos recuerda que estamos vivos, aunque a veces se nos olvide entre tanto trámite y semáforo.
Hasta este 12 de abril, el país se ha transformado en un epicentro de lo que llaman «artes vivas». ¿Y qué es eso?
Para los puristas, una amalgama de teatro, danza, performance y circo. Para el que pasa por la plaza y se queda con la boca abierta, es simplemente la magia de lo irrepetible.
Porque a diferencia del cine o de la pantalla del celular que nos tiene hipnotizados, aquí el error es parte del arte y el sudor del actor se siente desde la primera fila.
Crónica de un rito colectivo.
La descentralización ha sido la gran protagonista. No se trata solo de las grandes salas con terciopelo rojo; el arte se ha filtrado por las grietas de 15 territorios, desde el Teatro Santander en Bucaramanga hasta los rincones de Quibdó y las calles de Riohacha. Hemos visto de todo:
Espectáculos de gran formato:
Esas estructuras gigantes que desafían la gravedad y que hacen que hasta el más escéptico mire al cielo con asombro.
La fuerza de lo local: Agrupaciones nacionales como el *Matacandelas* o *El Colegio del Cuerpo* demostrando que aquí la creatividad sobra, aunque a veces falte el presupuesto.
El diálogo global: Compañías de China, Nueva Zelanda y Ruanda que, sin hablar nuestro idioma, nos han contado historias que entendemos perfectamente porque el dolor, la alegría y la resistencia son lenguajes universales.
¿Por qué importa quedarse hasta el último aplauso?
En un mundo que parece desmoronarse en fragmentos digitales, el FIAV propone el encuentro físico.
Es la política del cuerpo presente. La ministra lo ha dicho y el público lo confirma: la cultura no es un lujo de pocos, es un derecho de todos.
Estos «Circuitos Vivos» han demostrado que el arte es el mejor antídoto contra la indiferencia.
Si usted no ha ido, le quedan las últimas funciones para ser testigo de cómo una calle se convierte en un ring de boxeo poético o cómo un teatro patrimonial recupera su alma con una obra contemporánea.
No busque el festival en los libros de texto; búsquelo en el brillo de los ojos de la gente que sale de una función sintiéndose un poco menos sola.
El 12 de abril se cerrará el telón, las luces se apagarán y los artistas empacarán sus bártulos. Pero el rastro de lo que vimos se queda. Porque cuando el arte es «vivo», no muere cuando se acaba la función; se queda a vivir en la memoria de los que se atrevieron a mirar de frente.
Mirá, leé y, sobre todo, viví. Que para eso es la vida, y para eso es el festival.

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