La pantalla se enciende y el resplandor azulado baña los rostros de quienes, desde la clandestinidad de sus hogares, se preparan para el rito.
No hay contraseñas susurradas en callejones oscuros, pero el fervor es el mismo. En una ciudad donde el ruido del tráfico y la premura del siglo XXI intentan asfixiar el pensamiento crítico, un grupo de elegidos ha decidido levantar un muro de resistencia hecho de papel y tinta digital.
Ellos no portan placas ni uniformes, pero su misión es innegable: custodiar la palabra ante el avance del olvido.
Se reúnen bajo el signo de la transmutación, convencidos de que un libro no es un objeto estático, sino la materia prima para una transformación del alma.
En este espacio, la lectura no es un pasatiempo solitario, sino un acto de insurgencia colectiva.
El encuentro comienza. Los micrófonos se activan y, de repente, la geografía de Cali se expande hasta volverse infinita.
Hay una mística especial en el orden que imponen. No permiten que la mediocridad se filtre en sus análisis; diseccionan cada párrafo con la precisión de un cirujano y la pasión de un creyente.
Son guardianes de una llama que consideran sagrada. Si el mundo exterior se empeña en la rapidez y la superficialidad, ellos responden con la lentitud reflexiva de quien sabe que la verdadera sabiduría requiere tiempo.
Se les ve debatir con una elegancia férrea. No hay espacio para la claudicación intelectual. Cada recomendación, cada «post» en su vitrina virtual, es un proyectil lanzado contra la ignorancia.
Han creado una red donde la lealtad a los clásicos convive con el descubrimiento de nuevas voces, formando una estructura inquebrantable de conocimiento compartido.
Son, en esencia, una fuerza de choque contra el vacío cultural.
Al observar la cuadrícula de videos en la sesión, se percibe una hermandad silenciosa. Saben que afuera, la realidad es caótica, pero dentro de este círculo de «alquimia», el plomo de la rutina se convierte en el oro de la comprensión.
No buscan fama ni aplausos vacíos; su recompensa es la claridad que surge tras una discusión profunda, el clic mental que ocurre cuando una idea finalmente encaja.
Cuando la sesión termina y las cámaras se apagan, el eco de sus voces persiste. Han cumplido, una vez más, con su deber. No han permitido que la indiferencia gane la partida.
Mañana volverán a sus rutinas, a sus trabajos y a sus calles, pero llevarán consigo el secreto de los que no pueden ser corrompidos por la desidia: la certeza de que, mientras exista un libro y alguien dispuesto a defenderlo, la resistencia seguirá viva en cada rincón de la red.

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